La extraña secta rusa que amputa penes y pechos en nombre de Dios

VICE (España), 14.06.2017

Desde el siglo XIX hasta antes de la Segunda Guerra Mundial, Bucarest y otras ciudades rumanas acogieron una extraña secta cuyos miembros tenían una costumbre horrorosa: a los hombres se les amputaba el pene y a las mujeres, los pechos. Sin embargo, a este grupo se le tenía en gran estima porque proporcionaban uno de los servicios más importantes y necesarios para una gran ciudad: el transporte público. Esta es la historia del grupo conocido como scopiți o muscali.

Una extraña costumbre originaria de Rusia

Los skoptsy eran los miembros de una secta religiosa que se formó en territorio de la Rusia zarista durante la segunda mitad del siglo XVIII. Practicaban mastectomías a las mujeres y castraban a los hombres. Creían que la mutilación corporal les podía ayudar a alcanzar la perfección espiritual de la que, creían, gozaban los primeros humanos del planeta, antes del pecado original. Para los miembros de la secta skoptsy, cuando Adán y Eva fueron expulsados del jardín del Edén, llevaban en su interior media manzana cada uno, lo que causó la formación de los órganos sexuales masculinos y femeninos. La salvación solo se podía alcanzar mediante su amputación.

Aunque el movimiento skoptsy fue obra de un campesino errante de la región de los montes Urales, se extendió rápidamente a las ciudades alrededor de la capital del Imperio ruso. Agrupó a creyentes de todas las clases sociales, incluso a pesar de que la autoridad del momento los calificara de “enemigos de la humanidad, destructores de la moral y delincuentes sometidos a las leyes divinas y civiles”. A su vez, el Santo Sínodo de la Iglesia rusa proclamó que la secta de los castrados era una herejía peligrosa y acusó a sus miembros de blasfemos. Aparentemente, Selianov, su líder, sufría demencia y lo internaron en un asilo varias veces.

Parece que a mediados del siglo XIX alcanzaron los 100.000 miembros. Iban a ser exiliados a Siberia, pero muchos de ellos buscaron refugio en otras zonas, como Rumanía. La mayoría de ellos se integraron en las poblaciones locales, pero buena parte de ellos siguieron fieles a sus creencias religiosas y vivieron en aislamiento, al margen de sus comunidades. Al llegar a Bucarest, fundaron su propia casta llamada los muscali, nombre que viene de Moscú, y conducían carros tirados por caballos.

En su libro Castration and the Heavenly Kingdom: A Russian Folktale (1999), Laura Engelstein explica que los skoptsy practicaban dos variantes del ritual: la castración parcial o menor, llamada “sello menor”, en la que solo se extirpaban los testículos, y la castración completa o “sello mayor”, que conllevaba la extirpación quirúrgica total del órgano reproductor masculino. En este caso, los hombres tenían que usar un cuerno de vaca o un tubo de plomo para orinar. La mutilación femenina era igual de horripilante. Y aunque no les hubieran eliminado los genitales, debían someterse a la amputación de ambos pechos.

Lo de “sellos menores” y “sellos mayores” es algo que se le ocurrió a Selivanov después de usar citas del Libro del Apocalipsis sobre los siete sellos que presagiaban el fin del mundo.

Ambas operaciones se llevaban a cabo sin anestesia local y las realizaban las mujeres más ancianas de la secta con un cuchillo normal y corriente. Algunos hombres también se autoflagelaban después de largas sesiones místicas de baile, que les ayudaban a alcanzar la cumbre del trance espiritual.

Después la herida se cauterizaba con un hierro candente, como hacían con el ganado. Este ritual se llamaba “el bautismo de fuego”.

Para los partidarios de Selianov, los órganos sexuales representaban las puertas al infierno, de lo que se aprovechaba el mismísimo demonio. Durante el ritual de mutilación, la persona que se convertía en un eunuco debía cantar e implorar el perdón diciendo: “¡Cristo ha resucitado!”. Después de esto, el castrado se preparaba para cabalgar a lomos del caballo amarillo, tal como dice la Biblia (ver Apocalipsis 6, 7 y 8).

Cabe destacar que este procedimiento solo se llevaba a cabo después de que los skoptsy hubieran conseguido tener dos hijos. También tenían que procrear para poder observar las leyes divinas. Según la Biblia, el segundo advenimiento de Jesús se producirá después de que el culto haya alcanzado la apocalíptica cifra de 144.000 miembros.

Incluso entonces, ya se les consideraba una secta extraña, como muestra este testimonio de un sacerdote de la zona:

“Los skoptsy o castrati llegaron a Rumanía cerca del año 1820. Entre ellos se llaman palomas blancas para parecer inocentes, que también es la razón por la que viven en una especie de comunidad con hombres y mujeres que se llaman “hermanos” y “hermanas” entre ellos. La característica que define su vida es la abstinencia sexual mediante la castración de los hombres y las mujeres. Confiesan que Cristo asumió el aspecto de un muscal llamado Selivanov, fundador de la religión skoptsy, y confían en que retornará a la Tierra para salvar el mundo”. (Anghel Constantinescu, Monograph of the Holy Bishopric of the Lower Danube, 2014)

En la zona del Danubio se encontró más información sobre la secta en el diario de una mujer canadiense que vivió en el puerto de Galaţi. Dice lo siguiente:

“Los conductores de carruajes rusos son algunas de las personalidades más llamativas de Galaţi. Visten abrigos largos de terciopelo azul, que les tapan hasta los tobillos, y camisas rosas de satén…. En la cabeza llevan gorros con visera… Todos esos conductores de carruaje son miembros de un pequeño culto religioso: los shopki, que fueron expulsados de Rusia con motivo de sus extrañas creencias y prácticas y que después se instalaron en Bucarest. Se dedican exclusivamente al negocio de la crianza y venta de caballos, y también a la conducción de carruajes”. (Ethel Greening Pantazzi, Roumania in the light and shadow, citado por Viața Liberă).

Los relatos de aquella época explican que a las damas jóvenes les encantaba que los enormes conductores de carruajes skoptsy las llevaran por la ciudad y, de hecho, sus maridos ricos estaban contentos de dejarlas al cuidado de los eunucos, quienes no pondrían en peligro ni su matrimonio ni su reputación. A final del siglo XIX, el negocio de los carruajes y de los conductores lo controlaba la secta skoptsy. Eran famosos por ser los mejores conductores y por tener los carruajes más bonitos y lujosos.

“Los muscali, o conductores skoptsy, como se les llamaba popularmente, tras haber tenido su primer hijo se sometían voluntariamente a cirugía para no engendrar más; eran todos enormes, corpulentos, de pisada fuerte y semblante serio, y sus caballos —negros o con manchas grises, con colas largas y crines abundantes— procedían de la estepa rusa”. (George Potra, Of the Bucharest of Yesteryear, 1990).

En su libro Mogoșoaia Bridge. The Tale of One Street, Gheotge Crutzescu retrata a los muscali de esa época:

“Puestos en fila con sus destellantes carruajes, arneses y bronces impolutos, como si fuera un desfile, con sus caballos negros con colas que llegan a tocar el suelo, más brillantes que los espejos, el muscali que conducía el carruaje, de apariencia imponente, esperó con paciencia y sin preocuparse. Parece que llegaron a nuestro país junto con los ejércitos rusos alrededor del año 1828 y fueron los conductores de los primeros carruajes de los oficiales rusos, después de lo que formaron una comunidad de pleno derecho cerca de Obor, en una calle llamada Birjarilor”.

Se les apreciaba y respetaba mucho, se forjaron un nombre gracias a la justicia y la humildad y nunca causaban escándalos. Conocían bien la ciudad y te podían llevar a cualquier rincón de ella. Dice la leyenda que solo las personas pudientes podían usar sus servicios y que cuando el cliente se subía al carruaje, todo lo que tenía que hacer era decir la palabra “casa”: el muscal sabría infaliblemente a dónde llevarlos.

La historia también ha dejado constancia de los nombres de algunos conductores de carruajes que eran populares en esa época —entre ellos, Alexa, Ivanov, Sasha y Mishka— una prueba más que avala sus raíces eslavas. De Mishka, por ejemplo, se dice que era muy popular entre las damas ricas de Bucarest porque sus carruajes los tiraban solamente caballos blancos. Eran una especie de coche deportivo de lujo de la época.

El número de carruajes muscali creció considerablemente en la segunda mitad del siglo XIX, y el tráfico se resintió. Esa es la razón por la que, al empezar el año 1879, el prefecto de Bucarest promulgó varias ordenanzas para regular el negocio que afectaron seriamente a la actividad comercial muscali. Todos los conductores debían usar paradas y rutas establecidas y respetar un horario. A los carruajes que no llevaban clientes se les prohibió pasar por la calle más concurrida de la ciudad.

Todas estas regulaciones llevaron a un descenso en el número de conductores de carruajes a principios del siglo XX. Una de las últimas referencias a los muscali aparece en una tirada de 1935 de la revista National Geographic Society, que incluía imágenes de los últimos miembros que quedaban en el culto. Poco a poco fueron pasando al olvido. Se desvanecieron junto con su extraña costumbre. Puede que gracias a la aparición del automóvil se evitara la amputación de muchos penes y pechos.