El Periódico de Aragón (España), Cándido Marquesán*, 08.10.2016

La convicción de que el mercado es justo, ya que premia a los mejores, una de las ideas básicas del neoliberalismo, llega al paroxismo en la obra de Ayn Rand, la cual ni es original ni tiene hondura intelectual. Fue un personaje pintoresco de los años 40 y 50. Juntando varias ideas desordenadas, forjó una «pseudofilosofía», a la que llamó «objetivismo», que en lo fundamental es una racionalización de la propaganda empresarial contra la New Deal de Roosevelt.

El objetivismo no es un sistema filosófico, sino una amalgama de afirmaciones dogmáticas de una gran ingenuidad. Sus principios: el mundo existe objetivamente, solo la ciencia permite conocerlo, y la vida es el fundamento de todo valor. A partir de esto, Ayn tiene explicaciones para todo: sexualidad, psicología… Lo más popular es su concepción de la moral: el egoísmo como valor absoluto, y a la vez el desprecio del altruismo, como causa de todos los males. En la práctica, el egoísmo es el motor del mercado y el altruismo aparece en las regulaciones, en la burocracia y en la redistribución de la riqueza.

Creó una secta, que se reunía cotidianamente en su apartamento para escuchar sus disertaciones y gozar de la sensación de estar entre los elegidos. Vivían en un mundo alternativo y de caricatura. La regla incuestionable: lo que dijera Ayn era la racionalidad, la verdad, la objetividad. Disentir irracional. Era el ser más perfecto, la cumbre de la sabiduría, y sus novelas obras maestras de la literatura universal. Una regla de la secta: solo podían mantener relaciones sexuales con quienes fueran iguales intelectualmente y compartieran sus ideas. Y, por supuesto, ella eligió a su amante entre los fieles: Nathaniel Branden, diez años más joven, persuadiendo a su marido y a la mujer de Branden, de que esto era lo racional. Como en las sectas, hubo expulsiones, juicios, herejías. Branden fue expulsado al tener otra amante.

En ese ambiente de invernadero intelectual el grupo prohijó una variada fauna de charlatanes, del tipo de Peikoff y Branden, gurús de la persuasión subliminal, como Roger Callaham y Lee Shulman. Y Alan Greenspan, que fue presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos de 1987 a 2006 y arquitecto de la desregulación financiera de Wall Street.

El gran apogeo de la secta fue en los años 60. Mas su obra, sus ideas, retornaron espectacularmente en los 80. El presidente Reagan la invitó a la Casa Blanca para rendirle un homenaje. Su defensa incondicional del egoísmo tiene mucho que ver con los tiempos actuales. La dureza y la insolidaridad son virtudes básicas del credo de Ayn, y la compasión un defecto, especialmente la institucionalizada desde el Estado. Sus planteamientos sirven de base del neoliberalismo en su versión más cruda y descarnada. Los ganadores, los que han tenido éxito, los ricos son los mejores, y hacen muy bien en olvidarse de los fracasados.

El Saxo Bank de Dinamarca para la formación de sus empleados tiene como base las Siete Virtudes de Ayn. Desde 2012, el Adam Smith Institute organiza y patrocina una Conferencia Anual Ayn Rand, para mantener vigentes sus ideas, en la que hablan ejecutivos de empresas, que anuncian la próxima rebelión de Atlas. Y la organización que vincula las fundaciones y centros de estudios neoliberales, la Atlas Fundation, debe su nombre a su novela La rebelión de Atlas, que tiene un argumento muy simple, que describo a continuación. La sociedad norteamericana ha caído en manos de una colección de parásitos y saqueadores, los altruistas: burócratas, políticos, sindicalistas, que exprimen a los creativos, es decir, a los empresarios. Literalmente los torturan para conocer sus secretos y robarles sus ideas. Encabezados por un personaje de opereta, Jhon Galt, empresario, aventurero, científico, ingeniero y hombre de acción, los empresarios deciden retirarse a un valle de las Montañas Rocosas, Galt´s Gulch, donde se vuelcan a disfrutar de su creatividad mientras el mundo de los parásitos se hunde, falto de creatividad. Es un panfleto de 1.200 páginas, que sublima el egoísmo y desprecia el mundo tal como es. Tales ideas producen su fruto. Christopher Lasch en La rebelión de las élites de 1995 nos describe el momento en el que los privilegiados económicos y políticos, representantes de los sectores más aventajados de las sociedades, se liberan de la suerte de la mayoría y dan por concluido unilateralmente el contrato social que los une como ciudadanos. Al aislarse en sus redes y en su mundo, abandonan al resto de las clases sociales a su albur, fragmentan los Estados y traicionan la idea de una democracia de los ciudadanos.

Como Lasch, Antonio Ariño y Juan Romero en su reciente libro La secesión de los ricos, señalan con un tono irónico que un fantasma recorre el mundo, no el comunismo ni la rebelión de las masas, sino la huida de las élites, la de los ricos, con sus capitales fuera de sus países de origen, desvinculándose de cualquier proyecto de sociedad integrada y cohesionada. Mas, cuando el dinero escapa al alcance de los poderes públicos, las sociedades se resquebrajan y las tentaciones autoritarias se otean en el horizonte.

*Profesor de instituto