El Dia (Argentina), Facundo Báñez, 13.05.2012

A primera vista, cuando uno le ve esa sonrisa entre pícara y calma y esos mofletes que le dan una expresión campechana, algo andina, algo zumbona, Ricardo parece ser una persona como cualquier otra. Pero no: él dice ser Dios.

Y no sólo lo dice. También lo escribe: “Abandoné la escuela primaria porque, siendo quién soy, no necesitaba educación. Lo sé todo. No hay libro que ustedes puedan traerme que me sorprenda, porque yo los he inspirado a todos. He creado todo lo que ven. Manejo el sol y las nubes para regalarles días espléndidos. Nadie puede comprenderme, ni siquiera un gabinete de científicos puede decir quién soy, cómo soy, de dónde vengo o adónde voy. Soy hombre, soy mujer, soy niño, soy viejo y en mi vasta eternidad soy Dios”.

Ricardo Javier Ocampo tiene 37 años, pinta de cantante melódico y la costumbre de hacerse llamar Maestro Amor. Imputado en Catamarca y en la Rioja por cinco hechos de “abuso sexual con acceso carnal” -dos de los cuales ya prescribieron-, el gurú volvió estos días a ser noticia a raíz de un escándalo mediático que, aún por estas horas, incluye al conductor televisivo Claudio María Domínguez, al tema de las sectas en el país y a un grupo de personas que milita para que, como ocurrió en Francia, se sancione aquí una ley antisectas.

¿Pero quién es el Maestro Amor? ¿Qué denuncias pesan sobre él? ¿Qué dicen sus seguidores? ¿Qué historia, en definitiva, se esconde detrás del llamado Sai Baba argentino?

Había una vez…

En Meditazen, la comunidad que fundó en Catamarca hace ya casi diez años, se suele contar la génesis de este líder espiritual como si fuera una fábula infantil. La historia que se difunde allí -y que cualquiera puede conocer a través de los cientos de sitios dedicados en internet al Maestro Amor- cuenta que Ricardo Javier Ocampo nació en La Rioja un 28 de junio de 1974, y que el día que vino a este mundo emergió del vientre de su madre con tres pétalos de jazmín sobre el ombligo y, como símbolo de la divinidad, una llaga en su costado. Ese día, cuenta la historia, los vecinos del lugar se reunieron para cantarle al recién nacido coplas folklóricas y danzar con alegría. A los seis años, ese niño comenzó a materializar lápices y frutas y a curar enfermedades. Y a los trece, como sus padres no llegaban a entender su poder sanador, el joven Ricardo se fue de casa y nadie supo de él hasta que reapareció a los 22 años con el nombre de Maestro Amor o Ananda Baba.

Claro que detrás de esa semblanza hay otras memorias. Tal vez menos floridas que las que se difunden entre sus fieles como fábulas para chicos.

Es que los orígenes de Ricardo, según parece, tienen más de historia difícil que de parábola feliz. El relato que se escribe al margen de la fábula dice que Ricardo Javier Ocampo vivió en distintos hogares de menores durante su adolescencia porque sus padres no lo podían mantener. Quienes lo conocieron en aquellos años lo recuerdan como un tipo con chispa, entrador y amante de la música latina lo mismo que de las artes marciales y las acrobacias. También se lo recuerda como un tipo con carisma que empezó a trabajar como curandero y tirador de cartas en La Rioja y que viajó a Buenos Aires para, una vez en la gran capital, entablar contacto con los seguidores de Sai Baba, muchos de los cuales le enseñaron la doctrina del guía espiritual de la India. Ocampo aprendió rápido y, en poco tiempo, vivaracho y decidido, se convirtió en el símil latinoamericano del gurú más famosos del mundo: comenzó a usar túnicas naranjas, a materializar objetos como un prestidigitador y, al igual que el líder espiritual de Puttaparti, a convocar fieles de aquí y de allá bajo el mismo discurso: diciendo que él era Dios.

Martha Finelli, una publicista porteña que viajo siete veces a la India como devota de Sai Baba y que ahora integra la comunidad del Maestro Amor desde el 2003, lo explica de un modo muy natural: “Cuando conocí al maestro entendí que no tenía que viajar más a la India porque lo tenía aquí, al alcance de mi mano”.

La popularidad de este líder fue vertiginosa, y a fines de los años noventa la leyenda de sus milagros comenzó a crecer casi tanto como su número de seguidores. Algunos decían que materializaba Vhibuti pero también collares y relojes de marca, y hasta era comentado por sus adeptos que uno de los rituales de iniciación para acceder a él consistía en beber su propia orina. Mito o verdad, lo cierto es que muchos devotos locales de Sai Baba encontraron en Ocampo una encarnación divina más cercana que la del líder hindú, alguien que les hablaba en su mismo idioma, les cantaba canciones como un Armando Manzanero místico y les prometía tranquilidad espiritual en un paraje agreste y sin muchas diferencias al ashram que Baba había edificado en una de las regiones más pobres del mundo.

Ese paraje, como se mencionó, se llama Meditazen y fue levantado en 2001 entre dos cadenas montañosas. Es un predio de 75 hectáreas en Colonia del Valle, en el pueblo de Miraflores, a 40 kilómetros de la capital catamarqueña. Actualmente viven allí unas 150 personas, pero es constante el arribo de peregrinos itinerantes de todo el mundo que suelen llamar al lugar Residencia de la Buenaventuranza. En los cientos de videos que los propios fieles suben a Youtube, pueden verse gazebos blancos, escenarios coloridos montados al aire libre donde Ocampo predica su palabra y hasta barrios de casas austeras que, entre algarrobos y quebrachos, fueron construidas por los propios devotos para estar cerca de su guía espiritual como en una suerte de campamento bucólico y bien organizado.

Se dice de él…

Las indicaciones sobre cómo comportarse en el ashram del Maestro Amor quedan claras ya en la página oficial del gurú: no fumar, no beber alcohol, no tomar mate, no gritar, no escuchar música, no usar celulares ni ropa ajustada o pantalones cortos. Rafael Indlekofer, un alemán que se casó con una cordobesa y su fue a vivir a Catamarca, es uno de los coordinadores del lugar y se encarga él mismo de explicar la razón de ser de la comunidad: “Meditazen es el lugar donde el maestro vive con sus discípulos y sus devotos. El propósito de la vida aquí es el desarrollo emocional y el crecimiento espiritual”.

Las actividades en ese paraje son variadas. Desde cursos de meditación hasta seminarios de liderazgo o clases de wing chun. María Mosik, una abogada cordobesa y participante de uno de los seminarios, cuenta que el wing chun “es una especie de derivación del kung fu. El maestro siempre enseña y difunde artes marciales para que nos experimentemos nosotros mismos. No para atacar ni nada que se le parezca”.

Esa frontera un tanto borrosa entre curación y religión sui generis toma forma propia en las palabras del propio maestro. “Soy la encarnación del amor en forma consciente. Juego mi papel a mi manera. No soy masculino ni femenino. Pero estoy en un cuerpo masculino, ya que éste me permite lograr los deberes divinos. Pero cuando amo, no amo a un hombre o a una mujer. Cuando amo a otros me amo a mí mismo”.

Eso escribía Ocampo en un mail a sus fieles hace unos tres años atrás, para la época en que empezaron a conocerse distintas denuncias de abuso sexual contra su persona. Fueron esas denuncias las que lo terminaron llevando a la cárcel a fines de 2009. Aunque no por mucho tiempo: en abril de 2010, tras considerar que el delito por el cual estaba imputado ya había prescripto, la Justicia riojana decidió liberarlo. “Quienes me denunciaron me hicieron un bien, lo que me llevo es muy fructífero”, dijo Ocampo al quedar en libertad.

Según las denuncias, el Maestro Amor tenía modos particulares de “iluminar” a sus fieles: “Estaba asustado, por eso accedí a hacerle sexo oral. Luego de eso, él me lo hizo a mí”, aseguró Federico en su denuncia. Según ese relato, en el momento de la supuesta violación Federico preguntó por qué lo hacía, y el Maestro Amor, siempre según sus dichos, le respondió: “Para que llegués más rápido a la iluminación”. Federico tenía once años en ese momento. Hoy tiene 27 y es una de las cinco personas que denunciaron al gurú por abuso sexual.

Ahora, casi dos años después de su excarcelación, la historia de este líder espiritual afincado en Catamarca vuelve a florecer a partir de un escándalo mediático. Fue hace unos días en la Feria del Libro, donde el conductor Claudio María Domínguez fue escrachado por un grupo antisectas que le recordó a los gritos su pasado con el gurú riojano. Los vínculos de Domínguez con Ocampo son conocidos, y más de una vez se escuchó al difusor de las terapias alternativas defender la figura del Maestro Amor y sus supuestos milagros. “Más que las materializaciones en sí -dijo el conductor en su momento-, el milagro que yo veo en este ser es la transformación de las vidas de quienes llegan a su lado. Si por milagro entendemos, en el juego mundano, sanación de enfermedades, conflictos familiares resueltos, logros, sí, los veo a diario, pero lo que me hace llorar de amor es que uno ya no sea el mismo”. Para Domínguez, incluso, tampoco resulta raro que Ocampo diga ser el mismísimo Dios. “¿Por qué un ser consciente de su divinidad no puede nacer en Argentina? -se preguntó en una oportunidad- ¿Todos tienen que nacer en Oriente? Dejemos que la belleza de la encarnación del universo se manifieste donde quiera”.

Denuncias y defensas al margen, Ricardo Javier Ocampo vive en Meditazen y sus seminarios y cursos convocan por estos días a cientos de personas de aquí y del resto del mundo. Fieles que dicen amarlo. Seguidores que dejan todo para estar a su lado. Gente que no lo ve como un hombre común sino como alguien supremo, divino y celestial. Como Dios. Aquí y con nombre propio: Maestro Amor.

Testimonios…

“Estaba asustado, por eso accedí a hacerle sexo oral. Luego de eso, él me lo hizo a mí”.

(Federico, una de las personas que denunció al Maestro Amor por abuso sexual)

“El maestro siempre enseña y difunde artes marciales para que nos experimentemos nosotros mismos. No para atacar ni nada que se le parezca”.

(María Mosik, participante de uno de los seminarios dados por el Maestro Amor)