ENRIQUE GONZALEZ DURO PSIQUIATRA| El Mundo, OPINION| 23.04.1993

ESTA fuera de toda duda razonable que lo sucedido en Waco, en el estado norteamericano de Texas, ha sido un suicidio colectivo. Y parece que eso es lo que esperaba el FBI, ya cansado de que los davidianos llevasen cincuenta y un días resistiéndole, muy decidido a acabar de una vez por todas con tan comprometida situación y a no tener ninguna baja entre sus filas. Su líder, David Koresh, había dicho que se entregaría cuando terminase de escribir su interpretación de unos textos bíblicos. «No era más que otro juego», ha replicado Bob Richs, el portavoz del FBI: «El juego de ralentizar el proceso lo más posible para ir ganando tiempo e ir dejando salir a los seguidores que no le eran útiles o le eran molestos». Y por no seguirlo en ese juego, han muerto 87 personas. ¿Era esto lo que se buscaba? Parece que sí, dada la actuación de la policía -nada que ver con un golpe de sorpresa que permitiese salvar al mayor número posible de vidas humanas-, a juzgar por la simple secuencia de los hechos: A las 12,50 PM., (hora española) agentes federales conminan a miembros de la secta para que se rindan antes de lanzar gases lacrimógenos, y 14 minutos más tarde un tanque comienza a perforar agujeros en las paredes del edificio e introduce los gases. «Uno de los motivos por los que hicimos esos orificios en los muros del recinto fue precisamente para que los que así lo quisieran pudiesen salir», dirá luego el jefe de la operación oficial. ¿Acaso estaban secuestrados? Desde luego que no, porque nadie saldrá. Durante horas los tanques continúan haciendo agujeros, hasta que a las 7,08 PM., dos miembros de la secta prenden fuego al edificio. Cuando llegan los bomberos, el fuego ha arrasado la mayor parte de la granja. Y de este modo sólo hay siete supervivientes. Honesta aunque ingenuamente, la fiscal general, Janet Reno, reconoce el error: «La operación se basó en lo que sabíamos entonces. Basándose en lo que sabemos ahora, estuvo obviamente mal». Pero, ¿es que no era presumible el fuego, el suicidio colectivo? ¿Estaba la fiscal general bien informada y asesorada?

EL HOLOCAUSTO DE JONES.-

Al parecer, no se sabía lo ocurrido en 1978 en Guyana, donde los sectarios del Templo del Pueblo refugiados en su «paraíso terrenal» se suicidaron en masa, cuando su dios Jim Jones creyó que las tropas de la CIA estaban preparadas para asaltarles. Aquel tremendo suceso, no muy diferente al de Waco, ha sido estudiado con la suficiente objetividad y profundidad por diversos expertos. Y las pruebas indicaron que nadie había sido forzado a tomarse el veneno que los mató, y que los dos únicos disparos efectuados se cobraron las vidas del líder y de una de sus discípulas más dilectas, en lo que fue un doble suicidio. Algunos conversos que por casualidad no se hallaban allí, se mataron después: «Yo quería morir con mis amigos». Pero lo que más asombró a los que investigaron el caso fue que los miembros de aquella comuna no estaban locos, no eran enfermos mentales clínicamente hablando. Inicialmente, en aquella secta se habían integrado personas sencillas, menesterosas, perdedoras, marginales y socialmente despreciables, que creyeron hallar en el Templo del Pueblo un mundo mejor, trabajando juntos y unidos por el amor de Jim Jones, que los amaba a todos, cuidaba de todos, luchaba incansablemente y se sacrificaba por ellos sin buscar recompensas materiales. Escogieron vivir para siempre en aquella comunidad, y muchos preferían morir antes que abandonarla. En sus mejores tiempos constituían un grupo activo, viable y fuerte, que recibía numerosas donaciones económicas y que operaba en California, dentro del sistema para cambiar el sistema. Pronto se evidenció que tal pretensión era imposible, y se marginaron del sistema al que rechazaban por completo, trasladándose finalmente a la jungla de la Guyana, cuando tuvieron problemas con las autoridades. Aquella comunidad carismática e idealista evolucionó a pasos agigantados hacia la paranoia y el suicidio, no sólo como reacción a un entorno social negativo, sino también como consecuencia del peculiar carácter del líder que le daba forma, cuyas oscuras fantasías fueron progresivamente magnificadas por los deseos profundos de sus seguidores. A través de intensas prácticas de fusión grupal -confesiones públicas, confrontaciones constantes, estallidos emocionales, catarsis colectivas, sexo en grupo, etc.-, los conversos aumentaban sus necesidades de dependencia y diluían su identidad individual en una comuna centrada carismáticamente en su líder, cada vez más divinizado y autodivinizado. Era como una gran familia que se sentía cada vez más perseguida y por ende más cohesionada, de la que pocos se querían salir, que tenía que ser eterna y absorber el mundo, aunque fuera a través de la muerte colectiva.

HISTRIONISMO.-

Todo esto podía haber servido para mejor entender ahora a los davidianos. Pero la integración en un grupo carismático y minoritario fácilmente adquiere un valor enteramente negativo en una sociedad como la americana, masificada, impersonal y en exceso racionalizada. En este sentido la imputación automática de locura a los seguidores y líderes carismáticos tiene que ver con una configuración social que manifiesta una profunda ambivalencia ante la inmersión en experiencias comunales intensamente emotivas, inmediatas y trascendentes, que, por una parte, pueden ser muy deseables, pero que, por otra, son presentadas como algo inevitablemente negativo y amenazador. La atracción personal y el histrionismo del pequeño dios aparecen como contrarios a la autoridad institucionalizada, como si tuviese poder para encarnar los más temidos demonios del orden dominante, para rechazar el mundo tal cual es y ofrecer una comunión efectiva a los más desafectados por el sistema. Un sistema que reprime severamente la impresión que produce la vitalidad expansiva de un grupo carismático, y que alienta la expresión de la singularidad de un individualismo exacerbado y el antagonismo competitivo como vía hacia el éxito. Pero el deseo de comunión reprimido acecha bajo la superficie de los perdedores, intensamente distorsionado, para estallar cuando, donde y como los puntos débiles del marco social lo permita.

LA OPCION FATAL.-

A menudo las revelaciones carismáticas generan grandes presiones y grandes pasiones, cuando están grotescamente distorsionadas. La atribución social de locura y de maldad al visionario histriónico se contrapone a la exigencia de su grupo que le reclama la deificación absoluta, aquí y ahora. Tal dicotomía tensa el ánimo del líder, y de sus seguidores, que dicen cosas cada vez más extravagantes para compensar sus propias dudas y el oprobio social que pesa sobre ellos. Hay, pues, una correspondencia entre la etiquetación de los grupos sectarios como enfermos mentales y su real enloquecimiento, pues esa etiqueta, con todo lo que conlleva, estimula las fantasías psicóticas de una comuna que se automargina cada vez más del mundo real y que corre el riesgo de desintegrarse. Pero el hecho de que estén realmente enloquecidos no justifica que la sociedad no les ofrezca más opción que el suicidio, que suicidarlos. En ese sentido el loco de Antonin Artaud, cuando se refería a otro loco genial, Van Gogh, hablaba del suicidado de la sociedad.