El País (España), Georgine Zerega, 14.09.2020

Irse de la Legión de Cristo para Elena Sada se planteaba como una decisión de vida o muerte. No tanto en un sentido literal, sino en uno espiritual. Tenía una carrera prominente dentro de una de las congregaciones más importantes del cristianismo romano, en la que estuvo casi dos décadas y llegó a ser parte de las altas esferas, pero sentía que si se quedaba iba a “dejarse morir lentamente”, recuerda. Ya no estaba dispuesta a vivir en un entorno “tan opresivo”, a “renunciar a su propio juicio” o acatar “órdenes inhumanas”. Cuando finalmente decidió marcharse, una madrugada de noviembre de 2001, llevaba semanas sintiéndose completamente aislada de sus compañeros, estaba mucho más delgada de lo normal y había sido medicada por depresión. “Ese fue el momento en el que dije me estoy muriendo aquí dentro, yo tengo que vivir. Escogí vivir y me fui, herida pero viva”.

Sada (56 años, Monterrey) formó parte de las Consagradas, la rama femenina de los Legionarios de Cristo, durante 18 años, en los que llegó a ocupar el puesto de directora vocacional para Norteamérica, Australia y Nueva Zelanda. “A mí me toco ser la primera en llegar a Estados Unidos a reclutar. Mi trabajo era buscar gente que quisiera entrar, entrenar a las reclutadoras para conseguir la mayor cantidad de personas”, dice por teléfono desde EE UU la sociolingüista, que actualmente trabaja como profesora de la Universidad Estatal del Este de Connecticut. Tras su salida en 2001, le tomó otros 18 años reconstruir su historia y armarse de valor para contarla. La exconsagrada publica ahora en España Ave Negra (Madre Editorial), una novela en la que repasa su experiencia, pero con “una mente liberada de la estructura manipulativa” de la orden.

El daño que le provocó su paso por la institución fundada por el sacerdote mexicano Marcial Maciel, acusado de abusar de al menos 60 menores, ha dejado heridas que llegó a pensar que nunca iba a poder curar. “Tardé mucho tiempo en recuperarme. Cuando entras en la Legión, hay un proceso de quitarle credibilidad a tu propio juicio, poner a tus pensamientos como inferiores. Entrábamos muy jóvenes, y le creímos a Maciel, en virtud de la confianza que le teníamos a la sociedad, porque era la sociedad la que lo patrocinaba, y en virtud de la confianza que le teníamos a nuestros padres y al Papa, que también lo patrocinaba”.

Su primer contacto con la congregación fue a través de sus padres, cuando ella era apenas una niña. Su familia, miembro histórico de la elite económica mexicana, formó parte de un grupo de empresarios que fundaron varias instituciones, entre ellas, el Tecnológico de Monterrey, una de las universidades privadas más importantes del país. “Uno de los sacerdotes que llegaron a Monterrey a principios de los sesenta a abrir brecha tocó un día la puerta de casa pidiendo ayuda porque supuestamente había tenido una falla técnica con el auto. Se quedó horas hablando con mamá hasta que llegó papá. Y ahí fue cuando tuvo la oportunidad de explicar quién era y hablar de los colegios que querían montar”.

Sada, que por su profesión se toma el trabajo de elegir sus palabras con precisión, inunda ese recuerdo de “supuestos”. Tras convertirse en una de las principales reclutadoras, pensar en ese momento le desata una risa desconfiada. “Quizás no se le descompuso el auto. Ellos sabían que mi papá era una figura pública y que, junto con otros familiares, estaban muy interesados en la educación. La Legión usaba artimañas para conseguir sus fines”. La poderosa estructura económica de la orden se basa en la extensa red de escuelas que comenzó a formarse a finales de los sesenta y que actualmente llega a 19 países.

La práctica del ‘blackbirding’

El nombre del libro, Ave Negra, abrió una disputa que llevó a algunos fanáticos de la orden a acusarle de hacer referencia a la antítesis del espíritu santo, representado por una paloma blanca. Sada explica que es una referencia al blackbirding, una práctica del siglo XIX en la que se recogía a gente en las costas para usar como mano de obra esclava. “Yo en la Legión hice esa trata, atraje a muchas personas, fui esa ave negra y, a la vez, muchos de nosotros fuimos recogidos bajo la excusa de una vida mejor, cuando en realidad fue una vida de muchas limitaciones y trastornos”.

El reclutamiento era una labor “horrible”, asegura. “La idea era que hiciéramos lo posible para que esa gente llegara a nuestros centros y una vez dentro empezaba el lavado de cerebro”. Después de un tiempo como directora vocacional, empezaron a llegar las “órdenes inhumanas” por parte de sus superiores, que la forzaban a rechazar a personas porque “estaban muy gordas” o porque “habían tenido una experiencia homosexual”.

A Maciel lo describe como un “narcisista abusivo” y “un psicópata que se creó su propia realidad en la que se permitió toda tipo de perversidad”. Sada recuerda cuando las primeras denuncias públicas por abuso contra el fundador empezaron a trascender. “Él decía que tenía muchos enemigos dentro de la Iglesia”. En una ocasión, Maciel, que acababa de librarse de una investigación interna, los citó. “Nos dijo que el espíritu santo le inspiró para adelantarse a una carta difamatoria que había enviado un sacerdote que le tenía mucha envidia, él fue a la oficina de correos y convenció a alguien para recuperar la carta y que no llegara al Vaticano. Ahora veo que lo que hizo es un delito. Esa carta pudo haber salvado a muchos, pero nunca llegó”.

Los Legionarios de Cristo admitieron en diciembre de 2019 tener registro de 175 casos de abuso a menores dentro de la congregación. Unas semanas después, en una junta de Gobierno que se celebra cada seis años, eligieron a un nuevo director y emitieron un comunicado en el que afirmaban que querían “convertirse” y resarcir a las víctimas, algo que para Sada no es más que un lavado de cara. “La Legión ha hecho una infinidad de daño, no solamente mientras Maciel estaba vivo. Siguen desacreditando a las víctimas y minimizando las faltas, al no llamar las cosas por su nombre”.

La escritora saca su lado más académico y analiza el discurso de la congregación. “Yo detecto su lenguaje porque se me educó para usarlo. Las palabras que escogen son ambiguas, no mencionan que las víctimas son menores de edad o hablan de violación de límites pero no dicen que ese límite es sexual”. Para Sada, el daño más grave es el que provoca “la traición institucional”. “Cuando las víctimas se acercan a la institución que le prometió protegerlas y esta responde con aparente caridad, porque en el primer momento las escuchan, pero no lo hacen con la intención de cambiar algo, eso provoca una herida muy difícil de sanar”.

Tras la publicación de la versión del libro en inglés en 2018, al menos seis víctimas se han acercado a contarle sus experiencias. Ave Negra es para la autora un grito de alerta a quienes “todavía puedan estar sufriendo” y no se animen a marcharse, como lo hizo ella aquel 2001. “Maciel nos decía que íbamos a enfrentar una gran prueba después de su muerte y que solo los fieles iban a permanecer en la Legión, esto sigue afectando a muchos que optan por quedarse”.