El Economista, México, Manuel Ajenjo, 16.12.2010

Dos avestruces hembras deambulan por la pradera. La fonación, emisión de ruidos propios de la especie de estas aves –struthioniformes-, las más grandes que existen sobre la tierra, es una especie de siseo de tono fuerte. Las avestruces de esta fábula hacen un alto en su paseo para ponerse a sisear –platicar-. Que si la comadre de una de ellas puso un huevo muy chico y con pecas, razón por la cual su celoso marido sospecha de un guajolote que se exilió en esa campiña huyendo de los hornos navideños citadinos. Que si la ventaja de ser avestruz salvaje y no doméstico es la imposibilidad de que su piel sirva para hacer botas de las que lucen los narcos. O algún expresidente de México, comenta la otra.

En ésas están cuando se acercan al lugar dos avestruces machos con intenciones de tener sexo, consensuado o no, con ellas. Sabrosas –dice el avestruz más atrevido-, ¿jugamos a los cieguitos? Ustedes son un libro en Braille y nosotros tocamos sus perforaciones. Más recatado, el otro avestruz se manifiesta ante la hembra que más le gusta con un piropo: Quisiera ser ardilla para comerte, bellota. El avestruz audaz y lúdico propone a la hembra, que ya supone para él, otro entretenido pasatiempo: Juguemos a los policías, yo soy el servicio secreto y tú la montada.

Dando por hecho que las apetitosas y, hasta el momento, reticentes avestruces, no aceptan sus requerimientos amorosos por no estar de acuerdo con la forma unilateral con que ellos compusieron las parejas o, dicho de otro modo, decidieron quién con quién, el macho piropeador con franqueza les hace saber: Miren, damitas, nosotros tenemos las patas planas, así que pisamos parejo, nos da igual una que otra. Ustedes escojan –propone el avestruz juguetón- y si no saben qué escoger, con gusto les enseñamos.

Los avestruces hembras, aparte, se secretean: Ay, manita, estos tipos son como Julian Assange, nos están acosando sexualmente. Tenemos que huir, no vaya a ser que nos desplumen y sin usar protección. Los avestruces corren despavoridos. Tras ellas van los machos. En pocos segundos, perseguidas y perseguidores, logran galopar a 90 kilómetros por hora. (La máxima velocidad que alcanzan estas aves terrestres, las más rápidas del mundo).

La persecución se prolonga por minutos, sin dejar de correr; de vez en cuando, las hembras voltean hacia atrás para ver si los avestruces las siguen. Ahí vienen, manita, ya están muy cerca -dice espantada una de ellas-.

Pronto, tenemos que hacer algo –propone la otra sofocada-. Sin previo acuerdo, por puro instinto de protección, las dos aves perseguidas hacen alto total y hunden su respectiva cabeza en la tierra a la manera proverbial. Cuando los cachondos machos llegan a ese lugar se detienen. Otean el panorama. Voltean a derecha e izquierda, al frente y a los lados, abajo y arriba. No ven nada. Sorprendido, uno le pregunta al otro, ¿cómo le harían las pinches viejas para desaparecer?

El Innombrable II

La fábula que el lector acaba de leer está inspirada en lo que está sucediendo al interior de la Iglesia Católica con motivo de la refundación de la Legión de Cristo. El director de esa congregación, Álvaro Corcuera, autorizado por el cardenal Velasio de Paolis, comisario papal a cargo de dicha orden religiosa, dio instrucciones para que las imágenes de Maciel sean retiradas de todos los recintos, seminarios y universidades de la congregación. La ordenanza incluye eliminar inclusive –sobre todo, diría yo- las fotografías donde el hoy reo del infierno aparezca en compañía de Juan Pablo II. También queda prohibido referirse públicamente al exlíder de esa comunidad como se acostumbraba llamarlo “nuestro Padre”. En lo sucesivo sólo se le dirá “Padre Maciel” o “el fundador de la Legión de Cristo y del Regnum Christi”. Además, las fechas de nacimiento, bautismo, onomástico, ordenación sacerdotal y muerte del hoy innombrable pedófilo ya no serán conmemoradas por este grupo religioso. Con lo cual –es mi percepción- están escondiendo la cabeza del avestruz creyendo que con eso la sociedad no verá jamás el resto del cuerpo –en este caso, la gran y diabólica cola que al paso del tiempo y en la medida en que infringía las leyes, humanas y divinas, le fue creciendo a Maciel hasta hacerla inocultable-.

Estas medidas forman parte de la reforma de este instituto religioso ordenada por el Papa Benedicto XVI el 1 de mayo y guiada por el cardenal De Paolis, luego que el Vaticano reconoció numerosos delitos cometidos por el clérigo, entre ellos abuso sexual contra menores. (Después del niño abusado tapan el pozo de la podredumbre aunque ésta siga hediendo).

Las medidas promulgadas el 6 de diciembre del presente año, pero divulgadas hasta el pasado lunes mediante la página web de la institución, son fruto de numerosas consideraciones según la Legión. Entre estas medidas se prohíbe la difusión y venta de los escritos de Maciel, decisión que surge a raíz del descubrimiento que el libro El salterio de mis días, firmado por éste, es un plagio de El salterio de mis horas, un texto escrito por el abogado católico Luis Lucía Lucía. (¡Ah, bárbaro! Sólo cambió días por horas y se plagió hasta el título. Era tremendo pillo, sin duda, en estos momentos sufre el fuego del infierno con una temperatura superior -en grados centígrados- al que quema a El Barbas y a El Chayo).

Alejandro Espinosa y Saúl Barrales, dos de los primeros ocho exlegionarios que denunciaron los abusos sexuales que cometió contra ellos el hoy indefendible Maciel, al conocer la nueva relación que los legionarios de Cristo proponen con su fundador opinaron. Para Espinosa, autor del libro El legionario de Cristo, publicado en el 2003 con testimonios sobre las agresiones de la que fue víctima, las disposiciones emitidas son “pura simulación para acallar los latigazos que les está dando la prensa internacional. Es una comedia. El Vaticano es tan hipócrita como la secta legionaria; el único mérito de Maciel es haber exhibido la podredumbre vaticana sin proponérselo”.

Barrales, calificó las medidas de “maquillajes elementales y sencillos”; aseguró que los exlegionarios víctimas de la lascivia del abusador sacerdote no se van a quedar tranquilos con esas acciones –acciones para ocultar la cabeza, reitero, del avestruz perpetrador de pecados y delitos-.

Espinosa y Barrales coincidieron en que no hay voluntad de resarcir el daño causado a los cientos de seminaristas abusados por Maciel y responsabilizaron al Vaticano de la demora para tomar cartas en el asunto y decretar medidas.

Entiendo que mientras no se reparen los daños ocasionados por la delincuencial vida de aquel del que hoy se esconde su cabeza de avestruz, en tanto no se resarzan sus perjuicios y compensen sus estropicios físicos y espirituales, el putrefacto cuerpo de este singular espécimen seguirá expuesto a la opinión pública y con ello seguirá causando el desprestigio de la orden religiosa que fundó.

Con el pretendido enterramiento de su cabeza sólo sus congéneres –los demás avestruces- piensan que los males causados por el siniestro personaje han sido perdonados y olvidados, algo que es imposible.

Oí por ahí

Al escribir la fábula de las y los avestruces me vino a la mente el cuento que su creador, el humorista Carlos León, pregonaba era el más corto del mundo: Había una vez… truz.