MANUEL CASTELLS  El País, 07/07/1995

La lluvia de junio lava la angustia de la ciudad. Tokio busca el pulso de la vida en el ritmo natural de sus estaciones. En mi barrio, Kunitachi, los tenderos conversan con los parroquianos, los niños corren por la calle sin ensuciar sus impecables uniformes (¿cómo lo hacen?), las bicicletas coexisten con los coches, y los semáforos desgranan la musiquita de una tradicional balada. El centro que conocen turistas y ejecutivos españoles vibra de nuevo, con esa agitación y esa diversidad que lo hacen parecido a Madrid en muchos aspectos, bares de tapas incluidos. Y sin embargo, algo profundo se ha rasgado en esta sociedad. El ataque con gas de la secta Aum Shinrikyo (Suprema Verdad en la Eternidad), el secuestro del avión de ANA y, sobre todo, las raíces de la secta entre jóvenes de la élite científica y profesional japonesa revelan un mal difuso, una crisis de nuevo tipo para Japón.Una sociedad acostumbrada a construir su identidad frente al resto del mundo y a movilizarse como comunidad nacionaI, de pronto encuentra un enemigo interior. Algunos estudiantes me dicen que, aun condenando el ataque, comparten la reacción de la secta contra el absurdo de la vida cotidiana y su búsqueda de una espiritualidad que dé sentido al vivir. En su editorial del 11 de junio, el Japan Times advertía sobre las ramificaciones sociales de la secta y sobre el hecho sorprendente de la comprensión de algunos medios. La televisión sigue dedicando, obviamente, sus titulares a la secta y al guru Asahara. Tal publicidad es un arma de doble filo, pues, como es bien sabido, para el impacto social es más importante salir en la tele que la razón por la que se sale,¿De qué abismos ignorados surge el síntoma de Aum Shinrikyo? Después de todo, el Japón de los años noventa puede considerarse una sociedad afortunada. Un país en ruinas en 1945 es hoy el más rico del mundo, después de Suiza, con una renta de 28.000 dólares per cápita (el doble que España). Y esa renta se distribuye con relativa igualdad: tras Escandinavia, Japón es la sociedad con menor desigualdad social. En mayo cundió la alarma por registrarse un nivel de paro sin precedentes: un 3,2%… Un sistema mixto público y de empresa asegura una cobertura decente de servicios de salud, pensiones y jubilación. La educación es el valor fundamental de la sociedad, y las escuelas funcionan.

Japón es una de las sociedades más seguras del mundo: la tasa de robos y asaltos es 200 veces menor que la norteamericana. Todo el mundo, niños incluidos, anda por la calle y el metro tranquilamente en cualquier sitio y hora. La larga recesión económica iniciada en 1991 parece superada, y la competitividad y la productividad de la economía japonesa siguen estando a la cabeza mundial, como saben los capitales que fluyen hacia el yen. Aunque Estados Unidos sigue siendo el centro tecnológico mundial, suelen ser las empresas japonesas las que, con su capacidad de fabricación y desarrollo de productos, han introducido las nuevas tecnologías de información en nuestra vida cotidiana, del chip de la lavadora al vídeo.

Ciertamente, hay serios problemas materiales y sociales en Japón: las condiciones de vivienda son las peores de cualquier país industrializado (él 47% de las viviendas carece de conexión de alcantarillado); sólo hay una o dos semanas de vacaciones al año, y los ritmos de trabajo pueden alcanzar tal intensidad que, en Japón, matarse a trabajar no es un dicho, sino un hecho: se llama karoshi. Los escasos trabajadores extranjeros sufren discriminación. Y han aparecido vagabundos en el metro. Más aún, todo el sistema (social y económico) reposa sobre un punto clave cuyo futuro puede ser incierto: la condición de la mujer japonesa. Mientras los expertos en management buscan el secreto del éxito japonés en la gestión de la empresa, los sociólogos japoneses hace tiempo que han identificado la piedra angular del sistema. La mujer, altamente educada, trabaja por menos salario y horario diverso cuando hace falta, se va a casa cuando no se la llama, se ocupa de todo, asegura la estabilidad de la familia y de la sociedad, educa a los hijos en buenos ciudadanos y trabajadores, maneja un piso minúsculo, no se divorcia (últimamente, un poco más), y apenas protesta, aunque las cosas están cambiando.

El sistema japonés de empleo a vida, tan necesario para la estabilidad de la empresa y la productividad del trabajador, concierne tan sólo un 50% de la fuerza laboral, sobre todo las grandes empresas y los trabajadores hombres. Más de la mitad de las mujeres trabajan a tiempo parcial, sin seguridad de empleo y sin beneficios sociales. En realidad, quiere decir ‘ un 80% del tiempo de los fijos, con un 60% del salario, sin primas anuales y entrando y saliendo del trabajo según le vaya a la empresa. La flexibilidad de la mujer es lo que permite la estabilidad del hombre. Y esa lógica se transmite a la familia, puesto que, en general, sólo el hombre tiene empleo seguro. Pero, en fin, mientras dure, pareciera que Japón tiene solucionado su problema: a diferencia de otras sociedades, asegura su tecnología,- su economía, su prosperidad, su relativa igualdad, su seguridad, su estabilidad social y familiar, su identidad cultural, su fuerza como nación. Sobre esa base, podría acabar mejorando la vivienda y disfrutando de vacaciones en cuanto un Gobierno más fuerte se atreva a dar un giro social, puesto que la economía lo permite. Entonces, ¿de qué se quejan? ¿0 no se quejan y Aum Shinrikyo es simplemente un grupo de locos?

De hecho, el creciente descontento popular se ha expresado ya políticamente. En 1993 entró en crisis, probablemente definitiva, el famoso sistema 1955, basado en un partido-coalición, el Liberal Democrático, creado con apoyo norteamericano y de las grandes empresas japonesas para cerrar el paso a socialistas y comunistas, con gran fuerza hace 40 años, en un sistema muy pare cido a la Democracia Cristiana italiana. Como en Italia, el partido era en realidad una agrupa ción de familias políticas (la más importante de las cuales fue, y aún es, aun después de muerto su líder, la facción Tanaka), financiado en buena parte por corrupción institucionalizada, en par ticular a través del Ministerio de la Construcción. Se conocen con tactos estrechos entre diversos líderes políticos y la Yakuza, la mafia japonesa. Más allá del sistema político, la burocracia de Estado, organizada en tomo al Ministerio de Finanzas y al fa moso MITI (Industria y Comercio Internacional), fue, y es, la que dirigió el país, en directa colaboración con las grandes empresas. Pero el desarrollo de una sociedad pudiente y educada, el fin de la tensión internacional y la creciente influencia autónoma de los medios de comunicación, llevaron a exponer abiertamente la podredumbre del sistema y a que los ciudadanos reaccionaran. En 1993 perdió el poder el partido de gobierno, se dividió en varias fracciones, ninguna de las cuales puede gobernar por sí sola, y tuvieron que aceptar una colaboración con los socialistas en el actual Gobierno. Pero los socialistas también se están dividiendo, y el fraccionamiento e inestabilidad del sistema político continuarán en el futuro. Este año, las elecciones municipales de Tokio y Osaka dieron triunfo en ambas ciudades a alcaldes populistas independientes, fuera del sistema político, conocidos por ser en ambos casos profesionales de la televisión. No hay emergencia de nuevas formas políticas, sino rechazo de las existentes. Pero la protesta política es sobre todo reflejo de la insatisfacción social. La nueva generación japonesa está cansada de pasar exámenes y obedecer órdenes para poder llegar a una vida de más órdenes y más exámenes. Las mujeres empiezan a rechinar los dientes. La internacionalización del modo de vida comporta un individualismo en contradicción con la tradición confuciana familiar. La sociedad se siente suficientemente rica y segura como para salir de una actitud defensiva en situación de cerco. Y la corrupción e ineficacia de la clase política hace escépticos a los ciudadanos sobre las instituciones. En cuanto a la burocracia, honesta, competente y eficaz, empieza a pesar demasiado tanto a las empresas japonesas, que hoy se sienten con poder global, como a los individuos que reclaman sus derechos.

Con ese trasfondo de buscar algo nuevo, algo en que confiar, algo en que creer, pero más allá del modelo consumista, en ese umbral entre la vieja identidad y la superficial americanización de la vida, es donde germina Aum Shinrikyo entre jóvenes graduados científicos, médicos e ingenieros de las mejores universidades. No es una secta típica: reproduce de algún modo, en. mueca esperpéntica, el mundo estatista y tecnológico japonés. Busca la espiritualidad, pero por el atajo de las drogas químicas y los dispositivos electrónicos en el cerebro. Medita con ayuda del vídeo. Se funda a partir de escuelas de yoga, pero se convierte en cadena comercial de venta de ordenadores y software pirata. Se organiza en ministerios, compra tanques rusos, desarrolla armas químicas, proyecta armas láser, nucleares y bacteriológicas y, al verse amenazada, declara el fin del mundo y trata de provocarlo. Es la pirueta trágica de las peores tendencias del modelo japonés, en búsqueda de la espiritualidad perdida. La suprema verdad de Japón es que no sabe cómo volver a vivir al final del túnel del desarrollo en donde entró para sobrevivir. Por eso los jóvenes experimentan y experimentarán. Y de los resultados de esos experimentos, en un mundo en buena parte dependiente de la economía japonesa, nos vamos a enterar.

Manuel Castells es profesor visitante de Sociología en la Universidad Hitotsubashi de Tokio.