PEPE RODRIGUEZ/ El Mundo, 21.04.1993

David Koresh y su caterva de ingenuos iluminados ya se han esfumado. Su efímero protagonismo en los medios de comunicación de todo el mundo ha sido reducido a cenizas por las gentes de orden, por las fuerzas policiales encargadas de velar por la paz de la ciudadanía. El recuerdo -y quién sabe si también sus espíritus (en caso de que tengamos)- de casi un centenar de muertos andan ahora buscando culpable. Pero es probable que no lo encuentren: hay demasiados responsables donde elegir. La gente de orden, hoy, anda empeñada en tomar la tragedia de Waco como un ejemplo demostrativo del supuesto poder y maldad que caracteriza a las sectas. Pero, siendo parcialmente acertada esta visión, no deja de ser sectaria, interesada y, en definitiva, manifiestamente falsa. La dinámica grupal que caracterizaba a los davidianos es la típica de una secta destructiva (similar a la de muchas sectas de este estilo que pululan también por nuestro país) y, como tal, se asienta en comportamientos psicosociales perfectamente claros, previsibles en buena medida, y estudiados por los científicos sociales desde hace ya décadas. No es de recibo, por tanto, la supina muestra de ignorancia y falta de sensibilidad que han demostrado las autoridades norteamericanas en el abordaje de este caso. Lo han hecho tan mal que su gesta es de manual.

SIGNOS APOCALIPTICOS

A nadie, salvo a un vándalo descerebrado, se le ocurre acorralar a un psicópata armado hasta los dientes y que no desea otra cosa que ser atacado para justificar la precipitación de su profecía autocumplidora. Koresh se creía la reencarnación de Jesucristo y no hizo más que seguir al pie de la letra los signos apocalípticos que se describen en el último libro del Nuevo Testamento. Su propia bandera -la estrella de David junto a la serpiente-, ondeante durante semanas ante todo el mundo, ya delataba claramente que su delirio le hacía tenerse a un tiempo por el Cordero -descendiente de David que puede abrir el Libro de los Siete Sellos- y por el ángel exterminador -que domeña la serpiente o Satanás- que se citan en el Apocalipsis de San Juan. El texto bíblico era el guión que seguía a diario Koresh mientras se «abrían» los sucesivos sellos que conducían al día del fin. Los policías y su parafernalia militar no podían jugar otro papel que el de enemigos de los «elegidos» (los davidianos) y cualquier acto de agresión sería interpretado por la comunidad como el inicio del Harmagegón, la terrible batalla final. El fuego, tal como relata, no sin aparente deleite, el apóstol Juan, puso el fin de fiesta profetizado. No ocurrió nada que no estuviese ya escrito. Pero, Biblia al margen, cualquier experto (o persona con mediano sentido común) podía adivinar las consecuencias de una acción agresiva global contra la secta. Los libros de psicología social están llenos de ejemplos. Y los cementerios ya empiezan a rebosar de aleccionadores cadáveres: rondan la docena las ocasiones en que errores de táctica policial han desencadenado muertes grupales en sectas estadounidenses. La masacre de Waco es la última de la lista -aunque no la última- y sus responsables son identificables: los mandos policiales y la fiscal general Janet Reno que autorizó la operación. Un centenar de homicidios partió de la mano y locura de Koresh, es cierto, pero los inductores materiales del drama fueron las autoridades. La señora Reno, que antes de ocupar su cargo gubernamental era una defensora de la durísima Policía de Miami, ha puesto su cargo a disposición del presidente. Eso la honra, pero no disculpa su irresponsabilidad de dejarse asesorar por el guionista de Rambo o por alguien aún peor.

LACRAS

Sin embargo, el drama tiene responsables anónimos. Las sectas de tipo destructivo son una consecuencia de la sociedad irracional que estamos haciendo entre todos. La insolidaridad, la competitividad, la destrucción de valores, la falta de comunicación y afecto dentro del marco familiar, la violencia (ampliada por el efecto de la TV) y otras mil lacras que todos ayudamos a mantener son el caldo de cultivo de todos los Koresh que son, han sido o serán. Ya no vale llorar o pedir justicia contra unos u otros. Ya no es posible resucitar a los muertos o rebajar el nivel de violencia y fanatismo que tiene la sociedad tejana en particular (y que va incrementándose también en la sociedad española). Ya no vale el dar morbo teñido de «denuncia social» desde los medios de comunicación y señalar el problema de las sectas como algo ajeno a nosotros (que nos suponemos, también, gentes de orden) y centrado en fanáticos de difícil comprensión. Las sectas, los sectarios, sus delitos y sus masacres, son hijos nuestros; bastardos quizá, pero hijos nuestros, ya que nuestra sociedad, cada día es más evidente, es la madre de todas las sectas.