Francisco Chacón| El Mundo, UVE| 17.07.2008

Masacre / Casi 40 años después, Susan Atkins, asesina de Sharon Tate, esposa de Polanski, ve denegada su petición de salir de prisión para morir en casa pese a tener un tumor cerebral.

Los fantasmas del lado más negro del hippismo se dejan sentir en pleno siglo XXI. Profecías apocalípticas. Diabólicos exterminios. Mensajes subliminales. Psicodelia sin fin. El caso del asesinato de Sharon Tate el 9 de agosto de 1969 está muy lejos de caducar.

Siguen con vida varios de los criminales que se ensañaron con la esposa de Roman Polanski y las otras seis víctimas de la masacre perpetrada en la mansión del cineasta francés de origen polaco, en el número 10050 de Cielo Drive (Los Ángeles). El satanás más mitificado del último medio siglo e instigador de la matanza, Charles Manson, se pudre en la cárcel a sus 73 años. A ningún magistrado en su sano juicio se le ocurriría conmutar su cadena perpetua.

Y otra autora material de la carnicería que puso los pelos de punta a toda una generación, Susan Atkins, salta al primer plano a sus 60 años después de realizar un patético llamamiento el mes pasado para que, víctima de un cáncer de cerebro, le permitieran salir de prisión y morir en su casa. Ayer mismo le denegó la petición el Comité de Evaluación de la Libertad Condicional del Estado de California.

Lleva 37 años entre rejas y su tumor incurable le ha provocado una parálisis parcial y la amputación de una pierna. Con todo, el fiscal del distrito del condado de Los Ángeles, Steve Cooley, se opone a que sea liberada por razones humanitarias. Ni siquiera le apiada que los médicos le den sólo unos meses de vida.

«Esa señora debería morir con dignidad en el cumplimiento de su pena. Mi tío murió con dignidad, pero en la peor de las circunstancias», ha declarado a la agencia France Presse Jay Sebring, sobrino de uno de los asesinados aquella noche.

Pesa demasiado la brutalidad de la fatídica sesión de crueldad, superior a la de cualquier película de horror extremo, y la alarma social que se desató como un efecto dominó. Charles Manson y Susan Atkins, acompañados de Patricia Krenwinkel y Leslie van Houten, penetraron en la Polanski’s house y se liaron a cuchilladas con Sharon Tate -embarazada de ocho meses- y otras cuatro personas. Un día después, el gurú de la secta (o «familia», como a él le gustaba denominar a su enloquecido clan) y sus compinches femeninas repitieron su macabro ritual con el empresario Leno LaBianca y su mujer. El LSD les cegaba aún más en su delirio y la utopía hippie se deshacía en una cadena de sueños rotos.

Tan sólo una semana después de la orgía de sangre, abría sus puertas el mítico Festival de Woodstock, donde Joan Baez, Janis Joplin, Sly and The Family Stone, Grateful Dead, Creedence Clearwater Revival, The Who, Joe Cocker, Jefferson Airplane y Jimi Hendrix -entre otros muchos, claro- proclamaron que la peace and love revolution todavía era posible. Un sarcasmo con los asesinatos aún frescos.

Woodstock tomó el relevo de otro festival legendario, el de Monterrey, puesto en pie dos años atrás por personajes como John Phillips, un agitador musical de la época que había trabajado para los Beatles antes de engrosar las filas del grupo The Mamas and The Papas y de convertirse en un conocido camello que tenía entre sus clientes a Roman Polanski, Sharon Tate y… algunos adeptos de la secta de Manson. Incluso el propio Phillips llegó a acercarse al peligroso colectivo, mientras el nombre del cineasta y su esposa aperecían vinculados a las bacanales de sexo, drogas y satanismo que se organizaban entonces en Hollywood.

Pero es en la película La semilla del diablo (Rosemary’s baby, 1968), donde se encuentran las verdaderas claves de una masacre que guarda más de un punto en común con el guión cinematográfico que el propio Polanski adaptó basándose en la novela de Ira Levin, que le subyugó en su periplo estadounidense.

La protagonista del largometraje, Mia Farrow, estaba embarazada, como Sharon Tate en la realidad. Y la secuencia que cierra el filme muestra una reunión de adictos al satanismo (amigos del marido de Rosemary) en un salón donde hay un cuchillo. La similitud resulta evidente, pues la mujer de Polanski se hallaba en compañía de unos invitados en la dining room de su domicilio la noche de los cuchillos largos, que se clavaron hasta 16 veces en su cuerpo. El asesinato se produjo un año después del estreno de la endiablada criatura del controvertido director.

Charles Manson se obsesionó con el no menos alucinado Roman al no gustarle que plasmara en la pantalla los entresijos del satanismo, la doctrina que guiaba el despropósito de sus actos. Por eso, se la tenía jurada y no había ninguna duda de que él se encontraba detrás de los anónimos que Polanski comenzó a recibir con frases como «vas a pagarlo muy caro». Y vaya si lo pagó.

Hace apenas cuatro meses, la policía californiana dio una vuelta de tuerca a todo el embrollo ordenando excavar en los alrededores del rancho Barker, en el llamado Valle de la Muerte, donde Manson y su «familia» fueron capturados en octubre de 1969.

Según informó el diario británico The Times, los investigadores dieron crédito a unas insinuaciones del propio psicópata desde la cárcel para buscar bajo tierra restos humanos de otras víctimas de su secta, con lo que el número de muertos podría aumentar. «En aquellos días, las técnicas forenses eran muy limitadas para realizar hallazgos de este tipo. Pero hoy la tecnología puede ayudarnos mucho», declaró el sheriff de la zona.

Las prospecciones se han venido desarrollando desde el pasado mes de marzo, aunque aún no se han hecho oficiales las conclusiones ni ha salido a la luz una sola tumba más. De ser así, la extraña fascinación que continúa despertando Charles Manson crecería aún más.

Lo que está claro es que en absoluto puede considerarse descabellado que aparezcan nuevas pruebas o cadáveres. De hecho, los rumores sobre otras víctimas no han dejado de circular nunca ya que Manson, un inequívoco natural born killer (sí, como en la desmedida cinta de Oliver Stone), aspiraba a hacerse famoso como asesino en serie.

El inusitado culto a su figura hizo que se multiplicaran los visitantes al rancho donde se refugiaba. Más de un autoestopista fue visto por allí, pero su rastro quedó sepultado en la oscuridad de la ciénaga. También hubo quien ingresó voluntariamente en la secta y, posteriormente, quiso abandonarla. Ni lo consiguieron ni volvió a saberse nada más de ellos.

La locura que, con premeditación y alevosía, desató Charles Manson se convirtió en uno de los detonantes del fin de la era hippie. El axioma de que la música y el amor tenían capacidad para cambiar el mundo se reveló como toda una promesa quebrada.

El negocio, eso sí, no baja la guardia y las tiendas de las calles de Haight y Ashbury, en San Francisco, siguen vendiendo memorabilia relacionada con este iluminado hoy septuagenario.

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El psicópata y su desquiciada música

Allá por 1970 necesitaba urgentemente Charles Manson fondos para financiar su defensa. Y no se le ocurrió otra cosa que grabar un disco, ‘LIE’, no precisamente un superventas, pero elevado al altar de la mitificación ‘trash’. Cercano en su estilo a los también subproductos de Daniel Johnston, el convicto se ha descolgado con más discos a lo largo de estas décadas. El último de ellos, ‘One mind’, data de 2005, pero la pasada primavera saltó la sorpresa cuando se anunció que sus 16 canciones podían descargarse gratis en internet. Temas grabados intramuros, en la Corcoran State Prison, donde aún hoy arrastra su macabra leyenda, amplificada por nombres tan ilustres como el de Brian Wilson, de los Beach Boys, quien vivió muy intensamente aquella época de desvaríos y hasta grabó una versión de ‘Cease to exist’, una de las piezas que contiene ‘LIE’.

Axl Rose, el atribulado líder del grupo Guns n’Roses, ha lucido en más de una ocasión camisetas con la cara de Charles Manson impresa, e incluso se atrevió a recrear ‘Look at your game’, girl’, composición (sic) del psicópata que aparecía escondida al final del álbum ‘The spaghetti incident’. Y lo más obvio, claro, el pretendidamente satánico Marilyn Manson eligió el segundo apellido de Charles Milles Manson para subrayar que lo suyo es la atracción fatal. En el arranque de su carrera, llegó a decirse que bebía los vientos por conocer a tan idolatrado asesino múltiple, pero él mismo se encargó de desmentirlo. Seguro que a B33920, el número de preso que le corresponde a este siniestro individuo, le habría encantado estrechar la mano de su caricatura.

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INTERROGANTES

Visitas anteriores: Cuando se desveló la trama diabólica ideada por Charles Manson, se conoció que había estado en casa de Polanski antes del crimen. ¿Cómo pudo ser que nadie sospechara de un personaje así?

Graves antecedentes: Si fundó su «familia» tras una larga carrera de robos, violaciones y otros delitos, ¿por qué pudo desarrollar su ‘doctrina’ a sus anchas durante dos años?

¿Más víctimas?: Aquellos siete asesinatos podrían no ser los únicos si dan fruto las nuevas investigaciones. ¿No se podía haber indagado mucho antes?

Ídolo ¿para quién?: El culto a Manson no deja de crecer, aunque parezca increíble. Los familiares de sus víctimas han sugerido que debería comprobarse quién está detrás de ciertas webs que lo idolatran.