El País (España), Eva Güimil, 18.11.2020

“Creo que mis padres pensaron que habían encontrado una comunidad que compartía sus ideales. Las sectas rara vez se anuncian como sectas. Por lo general, alguien dice: ‘Somos personas de ideas afines. Esta es una comunidad’, pero creo que en el momento en que mis padres se dieron cuenta de que había algo más, salieron”, reveló el actor Joaquin Phoenix a la revista Playboy en 2014 en una de las innumerables veces que los medios le recordaron su peculiar infancia en una secta.

Ese “algo más” al que se refiere el actor fue una carta en la que el líder de la secta, Children of God (Los niños de Dios) les pedía a las mujeres que practicasen flirty fishing o “pesca coqueta”, o sea, que se acostasen con el mayor número de hombres posibles con el fin de atraer hacia el culto más adeptos y más dinero. Los Phoenix, que por entonces todavía se llamaban Botton –cambiarían el apellido a Phoenix más tarde, en honor al pájaro mitológico–, llevaban años cantando y predicando en beneficio de Los niños de Dios por distintas ciudades de sudamérica en una pobreza absoluta y alejados del núcleo del culto. Aquella carta corroboró su sospecha de que la idílica comunidad en la que se habían refugiado huyendo de los convulsos Estados Unidos de Nixon ya no era su sitio. Cogieron a sus hijos y sus guitarras y abandonaron la comunidad.

La comunidad, que estaba en el punto de mira de la Interpol, había desatado el primer movimiento anticultos de la historia y acabaría siendo responsable de cientos de casos de abuso de menores e incluso de un asesinato. Todo se había erigido en torno a un hombre del que apenas nadie sabía nada pero al que sus seguidores consideraban el nuevo Moisés: David Berg (Oakland, 1919 – Costa de Caparica, 1994). Berg provenía de una familia de predicadores con dos siglos de tradición que se había criado entre iglesias y salmos. Su madre, una de las primeras radiopredicadoras, le había educado para que fuese el nuevo mesías, pero a los cincuenta años era un hombre desnortado sin ningún proyecto al que habían expulsado de su propia iglesia por un escándalo sexual que él disfrazó de diferencia doctrinal. Estaba muy lejos de cumplir las expectativas de una madre a la que idolatraba y a la que volvió en busca de refugio.

En 1968, Berg viajó a California junto a su mujer y sus tres hijos con los que había fundado un grupo de góspel gracias al que recaudaban algún dinero. Ese viaje cambió su vida para siempre. A finales de los sesenta la playa de Huntington, el lugar en el que durante décadas había predicado su madre, era un paraíso jipi, la tierra prometida del surf, las drogas y el sexo libre. Las tablas, la marihuana y los gritos contra la guerra de Vietnam se mezclaban con los carteles de “Jesús te ama” o “Jesús es tu colega”, el germen de una nueva espiritualidad cuyos seguidores empezarían a ser conocidos como jesus freaks.

Berg vio en aquellos jóvenes desubicados la energía que él necesitaba. Buscaban a Jesús, pero rechazaban a la iglesia tradicional, a la que él había llegado a despreciar profundamente. Para integrarse rompió con la imagen de pastor: se dejó crecer el pelo y la barba, iba descalzo y cambió los trajes por vaqueros y túnicas. Toda la familia se convirtió en un un grupo de jipis más. Desde el café Light Club empezó a lanzar un mensaje que conseguía cada día más adeptos: el mundo estaba en crisis, la iglesia estaba en crisis, sólo el amor podía salvarlos y sus grandes enemigos eran el sistema, los padres y la autoridad en general. “Allí apretabas un botón y había un discípulo dispuesto a seguirte a casa”, declaró su hija menor Faith en el documental The Love Prophet and the Children of God. Consiguió noventa discípulos en apenas unos meses.

Un rancho para miles de almas y un Fleetwood Mac

Los niños de Dios predicaban en la playa, en las calles y también en edificios públicos, lo que provocó que un grupo de sus miembros fuese detenido. Berg organizó una vigilia y decenas de sus seguidores se plantaron ante la comisaría vestidos con trajes de saco y la frente tiznada de ceniza en señal del apocalipsis que estaba por llegar. Al cuello llevaban yugos y sobre sus pechos lucían profecías bíblicas. A pesar de las preguntas de la policía, se mantuvieron en total silencio mientras golpeaban el suelo con cayados de pastor. Su peculiar happening empezó a ser habitual en todas las revueltas. Cuando el juicio de los siete de Chicago captó la atención del país, ellos también estuvieron allí. El fin se acercaba y ellos iban a gobernar el nuevo mundo.

El grupo, cada vez más numeroso, vivía en caravanas hasta que Fred Jordan, uno de los primeros telepredicadores televisivos, les ofreció comida y alojamiento en uno de sus ranchos a cambio de que apareciesen regularmente en su programa de televisión. Rehabilitaron los terrenos y lo llamaron El rancho para el alma. La repercusión mediática provocó que cientos de nuevos adeptos se sumasen a la causa, unos para rehabilitarse de sus adicciones –el principal gancho de la asociación– y otros para huir de sus padres y vivir en un ambiente aparentemente sano y juvenil, un lugar en el que los pecados eran expiados previa entrega de todos los bienes materiales en recepción. “La mayoría de nosotros éramos niños de clase media y media alta que descubrimos que perseguir el materialismo no funcionaba y sentíamos que tenía que haber algo más grande y satisfactorio”, declaró en 2005 a Rolling Stone una de aquellas adolescentes que se había unido al culto en 1969. “Como lo teníamos todo, buscábamos que el vacío fuera llenado por Dios. Queríamos cambiar el mundo”.

La comunidad fue creciendo y el culto comenzó a expandirse por otras ciudades de América. Su principal vía de difusión y recaudación era la música y los distintos grupos que se formaban recorrían el mundo dando conciertos. En esas giras participaba, entre otros, Jeremy Spencer, uno de los miembros de Fleetwood Mac, que un buen día había desaparecido antes de un concierto en Los Ángeles. Después de buscarlo durante cinco días lo encontraron en el rancho de Jordan. Les había dado todo su dinero, se había rapado la cabeza y había cambiado su nombre por Jonathan. Cuatro décadas después, sigue perteneciendo al culto.

El cambio de nombre era una práctica habitual. Al ingresar en el grupo todos cambiaban sus nombres por otros de referencias bíblicas, a veces en más de una ocasión, lo que hacía imposible reastrearlos y resultaba muy útil de cara a futuros problemas con la justicia. Berg, al que por entonces sus acólitos llamaban Moises David por haberles conducido desde el desierto a la Tierra Prometida, estaba especialmente preocupado por mantener el anonimato. Prefería quedarse en un segundo plano y evitaba aparecer en fotos, lo que hacía que los miembros del culto tuviesen la falsa sensación de que nadie les controlaba, de que eran pequeñas comunidades libres. Pero nada más lejos de la realidad: Berg mantenía un control total de todo lo que sucedía en la secta y dictaba sus normas en unas cartas conocidas como Las Cartas de Mo que se enviaban regularmente a cada comunidad y en las que adoctrinaba sobre lo divino y lo humano

Los padres de los adolescentes reclutados sí que eran conscientes de ese control y de la dificultad que tenían para acceder a sus hijos. En 1971 un grupo de ellos fundó el FREECOG (Comité de Padres para Librar a nuestros Hijos e Hijas de los Niños de Dios), la primera asociación antisectas de la historia.

Nada de sexo (excepto para mí)

De cara al exterior, la secta era muy estricta respecto al consumo de alcohol y drogas y a las prácticas sexuales. La homosexualidad estaba terminantemente prohibida, así como el contacto sexual en general: hombres y mujeres vivían en barracones separados. Pero empezó a resultar difícil disimular que Berg no era igual de estricto consigo mismo. Basándose en el lenguaje bíblico, había utilizado la metáfora de la Vieja Iglesia y la Nueva Iglesia para relegar a la mujer con la que había estado casado un cuarto de siglo por su nueva ayudante, Karen, de 19 años. No era su única amante. Por la cama de Berg pasaban todas las mujeres de la secta y el mensaje que el mesías transmitía a través de sus cartas se volvía cada vez más sexual. El versículo que usaba como salvoconducto para promover cualquier propuesta sexual estaba en la Epístola a Tito: “Para los puros todo es puro siempre que se haga con amor”. Y añadió de su cosecha: “Dios ama el sexo, el diablo lo odia”. Un eslogan imbatible.

Hay otro versículo que fue igual de determinante en su culto: “Síganme y los haré pescadores de hombres”. Inspirándose en el libro de Lucas escribió en una de sus cartas: “Mis pequeños pececillos, ¿harías cualquier cosa por Jesús para ayudar a vuestro pescador a obtener almas? ¿Incluso sufrir la crucifixión del anzuelo o los peligros del cepo? Pensadlo, ¿hasta dónde llegarías? ¿Hasta el final?”. Los dibujos que acompañaban el texto dejaban claro qué era el anzuelo (las mujeres del culto) y qué era el cepo (hombres que pudiesen ser futuros miembros). A finales de los setenta, la “pesca coqueta” fue tan habitual que se calcula que en 1981 nacieron cientos de bebés concebidos durante su práctica. Berg había prohibido los métodos anticonceptivos. Quería que naciese el mayor número de niños posible. Unos niños que al nacer eran separados de sus padres y cuidados por enfermeras. Berg quería dinamitar la idea de familia tradicional.

Esa fue la carta que ahuyentó a los padres de Joaquin, River, Rain, Liberty y Summer Phoenix. Por entonces, la laxitud sexual del culto ya estaba desbocada y los rumores sobre el contacto sexual indiscriminado tanto entre adultos como entre adultos y niños estaba en boca de todos. En 1993, el fallecido River Phoenix declaró en la revista Details que él había sido iniciado en el sexo con tan sólo cuatro años. No fue el único famoso criado en la secta: la actriz Rose McGowan vivió en una de sus comunidades en Italia hasta que a los 9 años su padre, por temor a que abusaran de ella sexualmente, cogió a sus hijos y huyó en medio de la noche. “El grupo te animaba a tener muchos hijos lo más rápido posible y si hacías planes para irte tal vez tus hijos desaparecerían”, declaró a la revista People en 2011. “Recuerdo haber visto cómo eran los hombres de la secta con las mujeres, y desde muy pequeña decidí que no quería ser como esas mujeres.”

Su padre era el encargado de realizar las ilustraciones que acompañaban a las Cartas de Mo. Cuando descubrió que el grupo empezaba a promocionar el sexo entre niños y adultos, decidió abandonarlo. “Le pidieron que realizase una caricatura para un texto que el fundador había escrito en uno de sus libros: ‘Dios hizo que los niños pudieran disfrutar del sexo, ¡así que debió esperar que lo hicieran!’. No abusaron de mí porque mi papá era lo suficientemente fuerte como para darse cuenta de que este amor hippie se había acabado”.

Del infierno hasta España

Por entonces, Berg estaba en paradero desconocido. En 1972 habían empezado los juicios contra ellos. La fiscalía de Nueva York les había declarado secta peligrosa y habían huído del país. Fueron acusados de poligamia, violación, incesto y secuestro de niños. También de evasión fiscal. El sexo está en primer plano, pero el dinero también tenía un lugar preponderante en los intereses de Berg. La presión de la policía llevó a los miembros a dispersarse por el mundo: unos a Sudamérica, otros al sudeste asiático y muchos a Europa, especialmente a Reino Unido y España, donde la figura de parejas de jipis repartiendo folletos sonrientes era habitual durante los setenta (así lo recogió EL PAÍS en una tribuna de 1977). Como sucedía con los krishna y sus túnicas naranjas, parecía ser una más de las señales de que el país se estaba abriendo al mundo y eso conllevaba también sus excentricidades.

“Una noche papá tuvo una revelación y vio pasar por delante de sus ojos unas letras rojas que decían Tenerife. Buscó en un atlas y vio que estaba en las Islas Canarias y supo que el Señor quería que fuera allí. Mientras estuvieron en el hotel había muchas camareras y otras personas se acercaron a ellos y papá sintió que quería evangelizarlos”, dice en el documental The Love Prophet and the Children of God uno de los miembros de Los niños de Dios. Berg aparecía siempre rodeado de dos docenas de chicas jóvenes y guapas y la expectación que generaron fue tan grande que la gente volaba de toda Europa para conocer “a aquellas chicas que te hacían el amor hablando de Jesús”.

Como recoge Carmelo Martín en EL PAÍS en el artículo Misioneros de discoteca, Berg pasó casi desapercibido tres años en Tenerife hasta que la prensa puso a la policía de nuevo sobre su pista. “Sus hoas, como denominaba a esbeltas mujeres despampanantes que invitaban a tomar copas a los clientes del local nocturno, formaban parte de una denominada Familia del Amor, cuya misión principal era ejercer el apostolado de Jesucristo: ‘Id y predicad por todo el mundo y no vayáis contra la ley del amor”. Todas las noches, de lunes a viernes, Los Caprichos se convertía en un santuario del ligue fácil. Se organizaban excursiones nocturnas desde todos los puntos de la isla para conocer a aquellas mujeres fáciles que ofrecían sexo gratis. Y añade: “Un ex miembro de la Familia, Emmanuelle Canevaro, duque italiano, confesó a un amigo de la isla, tras su salida de la organización, que David se bañaba desnudo, rodeado de sus mujeres. ‘Realizaba el acto sexual con todas ellas y hasta en una ocasión vi cómo masturbaba a una de sus hijas”.

El revuelo organizado por su aparición en medios internacionales como Times o Stern y las citaciones para comparecer en el juzgado de La Orotava contribuyeron a que un día se esfumaran sin dejar rastro, aunque los más cercanos creían que estaba en Libia protegido por Gadafi. Por entonces, la mayoría de sus seguidores no sabían nada más de él que lo que transmitían aquellas cartas cuya venta en la calle servía para financiar a la organización. Para muchos fue una gran sorpresa que aquel hombre que predicaba una vida humilde como la que ellos llevaban estuviese viviendo rodeado de lujos en uno de los mejores hoteles de Tenerife. En 1978, y ante la negativa de centenares de sus miembros a practicar la “pesca coqueta”, Berg disolvió oficialmente los Hijos de Dios y la nueva organización pasó a llamarse La Familia del Amor.

El nacimiento del mesías y el libro del terror

Aquella estancia en Tenerife acabó siendo determinante en la historia de la secta porque durante una de las jornadas de pesca Karen, la mujer de Berg, engendró a Davidito (de nombre real Ricky Rodríguez), a quien Berg tomó como heredero. Sería el príncipe que salvaría al mundo, el mesías… del mesías. A pesar de su obsesión por el sexo, el abuso de alcohol había dejado a Berg impotente, lo que impedía que pudiese tener el heredero que tanto ansiaba. Según documentó en sus cartas, Karen tuvo relaciones sexuales 137 veces con dieciocho trabajadores del hotel Bel Air de Tenerife, donde se alojaba el grupo. Su importancia era tal que cada momento de la vida del niño fue documentado en La historia de Davidito, un espeluznante manual de pornografía infantil que se convirtió en uno de los libros más difundidos de la organización.

“En 1982, una tienda en España imprimió varios miles de copias de un libro que luego se distribuyó a los miembros del grupo en todo el mundo. Encuadernado en piel sintética, ilustrado con cientos de fotografías, el tomo de 762 páginas narraba meticulosamente la vida de Ricky y estaba destinado a ser un manual de crianza infantil para familias. Su título, La Historia de Davidito, estaba estampada en oro. Con su combinación de prosa seria y pornografía infantil descarada, es quizás el libro más perturbador jamás publicado en nombre de la religión”, cuenta Peter Wilkinson en Rolling Stone.

A principios de los ochenta, las cartas de Mo empezaron a incluir vídeos que se distribuían por más de setenta países y que incluían desnudos de menores y escenas sexuales explícitas en las que Berg explicaba a las mujeres las mejores tácticas de seducción. En 1982 había más de 130 comunidades por todo el mundo y se calcula que medio millón de almas habían sido pescadas, muchas de ellas se habían unido al culto y le habían donado sus bienes. Entre los nuevos acólitos había muchos hombres adinerados. Berg siempre alentaba a sus mujeres a que se acercaran a los centros de poder. “Mis sexis pececillos están haciendo el trabajo: bromean con ellos, ligan con ellos, les follan hasta que no pueden más, ese es su modo de acercarles a Dios, olvidaos de formas de predicar el evangelio pasadas de moda”, escribía un exultante Berg en una de sus cartas.

La persecución de la Interpol empezó a ser implacable y Berg viajó por el mundo disfrazado saltándose los controles mientras las redadas en las comunidades de la asociación eran cada vez más frecuentes. En Barcelona, en Melbourne o en Argentina se organizaron operaciones policiales masivas, pero los miembros del culto sabían cubrirse. En aquellas casas no había nada más que niños sin escolarizar viviendo un estilo de vida discutible, pero no era suficiente para separarlos de sus padres.

Berg falleció en Portugal un día indeterminado de 1994. Tras su muerte empezaron a salir a la luz revelaciones sobre sus abusos continuados a menores, algo que no era una sorpresa para nadie. Deborah, su primera hija, reveló todo lo que sucedía en la secta en The Children of God: The Inside Story, donde confesaba como tanto ella como sus hermanas habían sido víctimas de abusos por parte de su padre. No fueron las únicas. En el documental de HBO Niños de Dios: perdidos y encontrados, dirigido por uno de aquellos niños que se criaron en la secta (Noah Thomson), Davida, medio hermana de Davidito, también cuenta las represalias que sufría por negarse a practicar sexo con Berg: “Con diez u once años nos castigaban por no querer tener relaciones con un gurú borracho”. Pero nada conmocionó tanto a la opinión pública como el retorno de Davidito a la primera línea.

Un último (y tristísimo) giro de la historia

En 2000, con 25 años, Davidito abandonó el culto en el que había sido tratado como un dios. Sin conocimiento del mundo real, se refugió en casas de antiguos miembros de la Familia que como él eran incapaces de adaptarse a la sociedad. Carecían de educación, habían sido víctimas de abusos y no tenían herramientas para enfrentarse a la vida. Ricky –su verdadero nombre, recordemos– era sonriente, muy educado y encantador. Después de todo, había sido tratado como un miembro de la realeza. Se casó, tuvo diversos trabajos e intentó reconciliarse con un pasado de abusos continuados y documentados, pero no lo consiguió. El 8 de enero de 2005 envió un vídeo a sus amigos: con música de Sum41 de fondo vemos como un hombre adulto, atractivo, musculado, con más pinta de participante de Geordie Shore que de un jesus freak, carga una pistola Glock y limpia un cuchillo, un taladro y un soldador mientras repite su plan a cámara: matar a su propia madre.

Al día siguiente se puso en contacto con Sue Kauten, una colaboradora cercana de su madre y una de las primeras pescadoras coquetas. Kauten había sido una de las niñeras que abusaban de él y aparecía en aquel libro infame. Quedaron en verse para hablar. Al día siguiente la encontraron con la garganta cortada en el apartamento de Ricky. Kauten, por entonces casada y con un nuevo nombre y una nueva vida, también había tratado de desvincularse del culto, pero acabó siendo víctima de su incontrolable onda expansiva. Tras asesinarla, Ricky condujo hacia el desierto, llamó a su exesposa para confesar el asesinato y se suicidó.

Karen Zerby, la madre de Davidito, se desvinculó del drama y negó los abusos que había sufrido su hijo. Actualmente es la líder del movimiento La familia Internacional, un culto que se ha blanqueado hasta el punto de actuar en la Casa Blanca para Barbara Bush en 1992. Según sus nuevos representantes, los antiguos miembros resentidos están tratando de desacreditar a la organización.

Pero a pesar de los esfuerzos de la asociación por borrar su pasado, cada cierto tiempo alguna de sus víctimas lo saca a la luz para exorcizar su recuerdo. En 2021 lo volverá a traer a la actualidad Cult following, el libro de memorias de Bexy Cameron –que abandonó la secta a los quince años dejando atrás a sus padres y a once hermanos–. Ya está previsto que se transforme en una serie de televisión protagonizada por Dakota Johnson y Riley Keough. A pesar de Karen Zerby –también conocida como Maria, Mama Maria, Maria David, Maria Fontaine o Queen Maria– todavía hay muchos niños de Dios que necesitan contar su historia.