INFOBAE (Argentina), Emilse Pizarro, 29.03.2019

Los perros advirtieron que algo pasaba. Sin embargo, sus ladridos no alcanzaron a despertarlos en medio de la madrugada de invierno de 1993. Cuando la policía entró a la casa, los 72 chicos dormían bajo las pesadas frazadas de lana en las camas cuchetas de la quinta de Pilar de 5000 metros cuadrados. Sería la última noche que estarían allí: la orden judicial pedía su custodia y la de 196 chicos más de otras 6 casas allanadas en simultáneo. La denuncia era por corrupción de menores y ellos eran los “Niños de Dios”.

David Berg era un pastor protestante en medio del flower power que todo lo podía a fines de los 60 en California, Estados Unidos. En el hippismo, la contracultura en efervescencia, harta del capitalismo y la violencia, encontró un espacio para predicar.

Decía ser un elegido de Dios, haber recibido su mensaje y tener la misión de reunir a los corderos –de Dios- para salvarlos del fin del mundo, dato que también tenía.

En 1969 creó la secta “Los Niños de Dios”, también conocida como “La Familia”, donde él (padre David, Moises David o Mo a secas) era el máximo líder. Con Las cartas de Moescribió la Biblia del movimiento a partir de su interpretación de las Sagradas Escrituras.

En 1972 comenzaron los problemas legales para Mo. En Estados Unidos “La Familia” fue acusada de evasión fiscal, poligamia, violación, incesto y secuestro de niños. Varios miembros emigraron a Europa, sudeste asiático y Sudamérica.

Entre los 30 detenidos en el operativo de 1993 dirigido por el juez federal de San Isidro, Roberto Marquevich, había canadienses, franceses, irlandeses, españoles, estadounidenses, brasileños, paraguayos, mexicanos, peruanos, venezolanos, colombianos y noruegos. La causa se había iniciado tres años antes, cuando Ruth Mc Kee de Frouman, una estadouniense que vivía en Argentina, denunció que sus 4 hijos de entre 20 y 12 años eran rehenes de la secta.

Los cargos iban desde corrupción y ocultamiento de menores y violaciones a la Convención sobre los Derechos del Niño a reducción a la servidumbre y asociación ilícita.

En el allanamiento se secuestraron folletos, casettes y videos listos para vender.Según José María Baamonde, presidente de la Fundación Spes (Servicio para el esclarecimiento de sectas), los “Niños de Dios” trabajaban de a dos y con una guitarra: así recorrían las calles, predicaban el amor y ofrecían sus revistas, videos y cassettes. Llegaron a tener un stand en la Feria de las Naciones.

De lo recaudado, el 40% quedaba para la colonia y el 60% se le enviaba a Mo, aunque nunca se supo dónde vivía. ¡Noticiero del futuro! y El tiempo del fin eran dos de las publicaciones. Algunos títulos de canciones: “¡Prueba, tal vez te guste!”, “¡Te quiero dar mi luz!”, “¡Los Modales!”, “¡Los sonidos de la noche!”. Todos editados por “producciones Chiqui video”.

“La historia de Davidito” que no estaba a la venta -era de consumo interno- era una suerte de manual de crianza y también de iniciación sexual. En una fotografía una mujer está recostada, boca arriba. Dos niños descansan sobre ella. Al pie, “A threesome at 3!” (Un trío a los 3). En otra, un niño pellizca el pezón de una mujer. Epígrafe: “He’s a ‘mechanic’ at heart!” (¡Es un mecánico del corazón!).

“Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mateo 4:19). Para Mo las mujeres debían ser las pescadoras. Ellas pescarían y llevarían a los hombres a través del flirteo al reino de Dios. Una de sus hijas, que abandonó la secta, se lo dijo así a la entrevistadora estadounidense Barbara Walters: “Era prostitución religiosa”.

En “La Familia” practicaron el “FF”, el “Flirty Fishing” (pesca coqueta) desde 1974 hasta 1987. Entonces Mo decidió que ya no lo usarían para conseguir dinero y fieles porque era demasiado peligroso. Tan sólo un año antes, en 1986, se le ponía nombre a un virus entonces mortal: Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH).

Al día siguiente del allanamiento el fiscal aseguraba a Crónica que tenía testimonios de gente que había recibido favores sexuales a cambio de dinero y el comisario Juan Carlos Rebollo decía que se habían secuestrado videos pornográficos, que los niños “se movían como autómatas” y que “había discriminación racial: rechazan a los de piel oscura y judíos”.

Dos meses antes la justicia española había puesto bajo custodia a 22 chicos que vivían en casas de la secta en Barcelona. Cinco meses antes, la policía francesa allanó 12 viviendas en Condrieu, cerca de Lyon. Se llevaron a 40 chicos. Y 6 meses antes, en Sidney y Melbourne, Australia, allanaron sedes de la secta en la que vivían 140 chicos de entre 2 y 16 años.

La causa de 1993 no fue la primera en Argentina: ya en 1989 la secta había tenido una y en el mismo juzgado de San Isidro, pero el juez no era Marquevich sino Alberto Piotti. La denuncia era por corrupción de menores y drogas. Se secuestró cocaína pero jamás se supo a quién pertenecía; tampoco si había sido encontrada dentro o fuera de la casa. La corrupción de menores no pudo probarse y los detenidos fueron sobreseídos.

Para cuando Marquevich trasladó a los 268 chicos, que los medios titulaban como rescate, en el Congreso de la Nación había tres proyectos de ley de culto en debate. Piotti era el impulsor de uno de los más duros, proponía penas de prisión y multas a las agrupaciones religiosas sólo por no estar inscriptas en el registro nacional de cultos. En la conferencia episcopal de nuestro país de 1992 el tema más importante fue “la proliferación de sectas en la Argentina”.

Aunque los videos de los que hablaba el comisario Rebollo nunca formaron parte de la causa, sí hubo cintas pornográficas. Las aportaron ex miembros de la secta de otros países que declararon en Buenos Aires. Entre ellos, una conocida ya del juzgado de San Isidro: Abigail Berry había testimoniado en 1989, pero entonces, dijo, el grupo la había forzado a decir que todo estaba perfecto. Entonces no se animó a contar que había sido abusada a los 7 años y violada a los 12 por el líder de la agrupación.

Poco tiempo después de esa visita al juzgado huyó de la casa de Pilar en la que vivía. Un “pez” de su mamá la ayudó a escapar. Le prometió salida directa a Estados Unidos pero antes la obligó a convivir con él durante más de un año. Durante todo ese tiempo abusó de ella.

Abigail le contó al juez que debieron extirparle las trompas de Falopio por una infección por la que casi muere. Cuando enfermó, en la casa, le ordenaron rezar; recurrir al médico era una falta de fe. Lo que tenía no eran gérmenes colonizándolo todo sino un maleficio del diablo.

Richard Dupuy fue otro de los ex miembros que declararon.  Hacía unos años había llegado desde Estados Unidos a  Argentina como líder de la secta. Dijo tener una noción muy idealizada del grupo, por lo que no veía “como algo negativo el abuso de chicos ni la práctica del FF”.

Edward Priebe acercó varios videos pornográficos filmados en Filipinas donde vivió durante 8 meses con el mismísimo David Berg (Mo).

Pablo Romone aseguró haber visto a una madre tener relaciones sexuales con su hijo de 5 años. También contó que en 1987 el grupo limitó el sexo con adolescentes por la cantidad de embarazos.

Guillermo Barberis habló de las “noches románticas”, donde chicos de 12 años en adelante veían cómo sus papás tenían relaciones sexuales entre sí y con otras personas.

Los médicos que revisaron a los 268 chicos hablaban de la alimentación. A base de leche y cereales, sostenían que la falta de carne roja en la dieta causaba una “insuficiencia en el desarrollo psíquico a partir de la que los líderes de la secta lograban discípulos obedientes y dispuestos a cumplir cualquier orden, por más repugnante que fuera”. El grupo era vegetariano.

Del total de 30 chicas sometidas a estudios con edades que iban desde los 12 a los 21 años, 25 conservaban el himen intacto. Entre los 156 menores varones, los médicos encontraron 9 casos de presuntos abusos sexuales. Para la Cámara Federal los exámenes no convalidaban la presunción de violación de menores; no había pruebas que determinaran que los detenidos habían sido autores de ese delito. La acusación de prostitución no pudo probarse: de los tres meses que estuvieron intervenidos los teléfonos no se obtuvo ni un dato.

En la puerta del instituto de menores donde estaban sus hijos y en la mesa de Hora Clave, el programa de TV que conducía el periodista Mariano Grondona, integrantes de “La Familia” denunciaban persecución religiosa y una intromisión en la vida comunitaria. Marquevich, el juez, había decidido desde la moral y sobre la vida privada: ordenó un examen de compatibilidad sanguínea para saber si cinco hijos de una pareja de la secta eran hijos de esa madre y ese padre. También pidió a Interpol la captura del líder David Berg.

Mientras la causa languidecía en los medios y pasaba de ocupar tapa y páginas centrales a recuadros en cuestión de días, Antonio Quarracino, arzobispo de Buenos Aires, llamaba al juez Marquevich para ofrecer toda la ayuda necesaria para la “recuperación”.

Un cable de la agencia Reuters transmitía las palabras de Juan Pablo II sobre el caso: “las personas que esperan encontrar felicidad en sectas que explotan a sus seguidores mostrando formas de esoterismo y magia fracasarán en su búsqueda, están expuestas a sufrir una gran desilusión”.

“Vicio sacrílego” fue el título que le puso Tomás Eloy Martínez al artículo que publicó en Página 12 y decía así: “Sólo entre 1988 y 1992 se han comprobado 475 actos de violación y perversión sin nombre cometidos por sacerdotes norteamericanos de apariencia bondadosa contra chicos que tenían entre 6 y 13 años”.

A tres meses de aquella madrugada de redadas en casas quintas todos los detenidos fueron liberados y los chicos restituidos a sus padres.

Luego del escándalo, “La Familia” se fue de la Argentina.

Actualmente la agrupación funciona en el mundo bajo el nombre “La Familia Internacional” (LFI). En su web se presentan como una comunidad virtual cristianaconstituida por personas de casi 80 países que se dedican a difundir el mensaje del amor de Dios. Berg falleció a los 75 años, en 1994. Ahora sí se sabe dónde está: fue enterrado en la costa de Caparica, en Portugal.