JEAN-MICHEL DUMAY El País, 29/12/2002

Hace 29 años, el 13 de diciembre de 1973, un francés, Claude Vorilhon, alias Rael, ex cantante y periodista deportivo y fundador del movimiento, aseguró haber visto, en las alturas volcánicas de Clermont-Ferrand, a un extraterrestre que le había revelado el secreto de la humanidad: los hombres fueron creados en laboratorio y exportados a la Tierra hace 25.000 años. Rael aseguraba que la Biblia recoge esa historia, pero una traducción errónea ha hecho que la palabra “Elohim” (“los que vinieron del cielo”, según él) se convirtiera en el término místico “Dios”. Rael se propuso una doble misión: difundir los mensajes de los Elohim y recaudar fondos para la construcción de una embajada destinada a acogerles de aquí a 2035, a ser posible cerca de Jerusalén.

El raelismo convierte la ciencia en religión. Se basa en el amor, la búsqueda del placer, la libertad total de pensamiento y sexual. Es rabiosamente individualista y ateo. Rael se denomina “el último de los profetas” en la línea de Jesús -dice ser hermano a medias de él, porque nació de una madre terrícola y un extraterrestre- y muchos otros, a los que declara haber conocido en 1975, durante un viaje al planeta de los creadores. Durante ese segundo contacto, afirma que se vio a sí mismo reproducido en un laboratorio: un proceso de clonación acelerado.

En el raelismo, la clonación es un elemento fundamental, la clave de la vida eterna. No es de extrañar que el movimiento participe desde hace cinco años, al menos mediáticamente, en la carrera hacia la reproducción asexuada. El propio Rael defendió en marzo de 2001 la clonación humana ante una comisión del Congreso estadounidense.

“Somos ordenadores biológicos autoprogramables”, explica el jefe espiritual, a sus 56 años, durante un encuentro a dos horas de Montreal, en un rincón de la Estrie nevada. El papa de los raelianos está vestido de blanco, con un estilo intergaláctico y vanguardista y un gran medallón sobre el pecho. La barba, recortada; la frente, despoblada; los cabellos, recogidos en un moño, como una antena en lo alto de la cabeza.

El movimiento afirma tener 55.000 miembros repartidos en 84 países, sobre todo en Japón, Francia y Canadá. Cuenta con una base de simples “creyentes” y una estructura jerarquizada y secularizada (en la que entran, según dicen, 2.000 miembros) de guías-sacerdotes y obispos. Todos se reúnen en las fiestas o en las sesiones de “despertar”, dedicadas a la “meditación sensual”.

Los dirigentes de esta iglesia en Francia se indignaron cuando, en 1996, la comisión parlamentaria creada a tal efecto la calificó de “secta”. Al otro lado del Atlántico prefieren hablar, sin estigmas, de “nuevo movimiento religioso”, como hace la socióloga anglófona de Montreal Susan Palmer, que estudia a los raelianos desde hace 14 años.

Después de una violenta diatriba contra el sectarismo de los franceses, el guía de los guías explica: “La clonación no es más que una etapa, igual que la fecundación in vitro fue una etapa. En su momento, trastocó todas las ideas religiosas y éticas. Hoy se considera políticamente correcta”.

Y continúa: “La etapa siguiente es la clonación mediante el crecimiento acelerado”. Es decir, la capacidad de reproducir un cuerpo adulto y transferir “nuestra personalidad, nuestra memoria, esas informaciones que se acumulan en el cerebro en forma de impulsos electroquímicos”. Rael presiente que ése es el camino hacia la vida eterna. “Pero todavía no es la meta definitiva: la creación de un ser vivo totalmente artificial, producto 100% de laboratorio. Eso llegará enseguida”.

Rael es un jefe carismático especialmente creativo que reivindica la provocación como forma de acción: “Estoy aquí para provocar; si no, habré fallado”. En Canadá se puede seguir su trayectoria salpicada de momentos espectaculares: en 1992 ordena distribuir preservativos delante de los centros escolares para los alumnos de 13 a 16 años; en 1993 organiza una conferencia sobre la masturbación; este año, en otoño, incitó a los jóvenes católicos a apostatar y quemar cruces. La diócesis de Quebec todavía no ha salido de su asombro. Jacques Côté, secretario personal del arzobispo: “¿Qué podemos hacer frente a unas personas que nos parecen bufones?”.

El jefe de los raelianos tiene ideas tajantes. Defiende la mayoría de edad legal a los 15 años, la eutanasia, la eugenesia, aplaude los alimentos genéticamente modificados y la multiplicación de las minorías religiosas. “El hombre es un animal religioso”, dijo en una ocasión. “Necesita creer y esperar, aunque sus creencias puedan parecer falsas o completamente irracionales”.

Entre sus creaciones es posible que el programa Clonaid sea, con mucho, el más resonante. En 1997, tras el nacimiento con éxito de la oveja clónica Dolly, encargó a una científica francesa, Brigitte Boisselier, la tarea de experimentar con la clonación humana. ¿Era un farol? ¿Un golpe comercial? ¿Una realidad tecnológica? Clonaid siempre ha sido una entidad secreta, tanto respecto a la situación de su laboratorio como a sus recursos humanos y financieros. Una clonación podría costar 200.000 dólares. Los primeros no tendrían que pagar nada.

En un momento dado, un abogado norteamericano, de Charleston (Virginia), que tenía un hijo de 10 meses muerto a causa de un accidente quirúrgico y deseaba lograr una reproducción idéntica de él, se ofreció como socio con el dinero obtenido en la demanda contra el hospital. En 2001 se retiró. Entonces intervino directamente la FDA (Food and Drug Administration, el organismo estadounidense responsable de los alimentos y las medicinas) y le prohibió a Boisselier que llevara a cabo sus investigaciones en territorio de Estados Unidos.

Brigitte Boisselier, de 46 años, está presente en la entrevista junto a Rael. Esta guía-obispo del movimiento es especialista en biología molecular, posee un doctorado francés y otro norteamericano en química analítica, estudió administración de empresas en el Insead y luce el collar de plumas de la Orden de los ángeles de Rael, un subgrupo en el que las mujeres hacen voto de “poner conscientemente al servicio de sus creadores y sus profetas su belleza interior y exterior”.

Boisselier se incorporó al raelismo en 1993 y fue despedida por Air Liquide, la empresa en la que había trabajado 12 años, cuando se enteraron de su integración en el grupo y de que se había comprometido a realizar investigaciones sobre la clonación humana. “¡Vaya ejemplo de tolerancia!”, dice.

Así que emigró “hacia una mayor apertura de espíritu”. Su propia hija, Marina, de 22 años, dice que está dispuesta -como otras 50 raelianas- a prestar su útero para la próxima tanda de inseminación. ¿Se siente moralmente comprometido Rael? “¡En absoluto! Nuestra filosofía es la responsabilidad individual”.

“El objetivo”, continúa el guía de guías, “es no depender de los Elohim, ser capaces de darnos la vida eterna por nosotros mismos. Estamos en un proceso de elohimización. Empezamos a visitar otros planetas, empezamos a clonar, pronto crearemos vida en otros planetas. Y los seres que creemos nos considerarán Dios. El proceso es infinito”.

En Francia, en la comisión interministerial de vigilancia y lucha contra los desvíos sectarios se califica al movimiento raeliano de “secta peligrosa”, sobre todo porque a varios miembros de la estructura se les ha condenado por agresiones sexuales y corrupción de menores. Rael se rebela. Se trata de errores que han desembocado en la exclusión de los transgresores. Y habla de los casos de pedofilia en el seno de la Iglesia católica.

“No veo ninguna prueba sólida para decir que existe peligro”, declara Mike Kropveld, director general de la asociación canadiense Infosecte, una valiosa base de datos sobre centenares de movimientos. La socióloga Susan Palmer destaca un rasgo perculiar del raelismo: que la gente puede adherirse, dejarlo y luego volver, sin que nadie se lo impida. Aunque los dos advierten cierto endurecimiento del discurso en los últimos años.

En Internet (http://www.rael.org) existen varios sitios que estigmatizan al movimiento (www.membres.lycos.fr/tussier/rael; www.%20pros-n-cons.net/sciure; www.rael.fr). Critican ciertos aspectos de la filosofía, como la geniocracia, que pretende promover la inteligencia hasta el poder; la cruz gamada contenida inicialmente en la estrella de David para formar el símbolo del movimiento (“la esvástica de los orientales”, dice Rael, que cambió el logotipo en 1990); y las cuestiones financieras.

A los raelianos se les invita a que coticen del 3% al 10 % de sus ingresos netos, a los que hay que añadir el 1% directamente destinado a Rael (“para aquellos que me quieran ayudar”). Es posible también que deje toda su herencia al movimiento (“con la excepción de la casa familiar”). No hay nada obligatorio, dicen, salvo una cotización mínima de varias decenas de euros. “Nosotros estamos a favor del dinero y en contra de la pobreza”, dice Rael. “El lujo es un motor para el progreso de la humanidad”.

Para explicar su apego a la clonación, Rael vuelve a insistir: los niños nacidos artificialmente están seguros de haber sido fruto del amor, “verdaderamente seguros de ser niños deseados”. Hay que preguntarse sobre el pre-Rael, cuando todavía no era más que Claude Vorilhon, un hijo único criado por su tía y su abuela, que pasaba de una pensión católica a otra, que todavía recuerda con emoción la casa de enfrente, perteneciente a un druida misterioso que, un día, le impuso las manos sobre la frente en Ambert.

El supuesto medio hermano de Jesús es un niño ilegítimo, fruto de una relación adúltera entre un refugiado judío casado -su padre (“amigo de mi madre, por fin”, puesto que es hijo de un Eloha)- y una mujer llamada Marie. Su biografía indica que fue concebido el día de Navidad de 1945. ¿Y su madre? “Desprende emoción en la voz y hace arabescos con la muñeca: a veces se iba con su amigo de viaje (…) A mí no me gustaba que no estuviese conmigo”.

¿Quiere Rael que le clonen en la Tierra? “Da igual. Los Elohim, desde allí arriba, me han garantizado que me clonarán”, asegura.