ANA FERNÁNDEZ. – Ginebra El País, 06/10/1994

La Confederación Helvética se despertó ayer por la mañana aturdida con las noticias. En la historia de este pequeño país no ha ocurrido nada igual. Amantes de la libertad, del individualismo a ultranza y del respeto a la vida privada, los ciudadanos de la Confederación no podían creerse los boletines de la radio que a partir de las seis de la mañana empezaron a contar lo que no sólo iba a ser el suceso del día, sino probablemente de toda la historia de dos apacibles pueblos: Cheiry, en Friburgo, y Salvan, en Valais.

La actividad de las 48 víctimas de este suicidio colectivo ha sorprendido a propios y extraños. “En este paraíso terrestre”, decía un vecino de Cheiry, “no nos ocupamos de la gente que viene de fuera, poco deseosa de establecer contactos con los autóctonos”. Ni la indiferencia de los habitantes del chalé ni los numerosos coches, muchos de ellos con matrículas de las compañías de alquiler situadas en el aeropuerto de Ginebra, que llegaban los fines de semana a la casa de Albert Giacobino -muerto también, pero en su cama y con una bolsa en la cabeza-, despertaron su curiosidad. “Hace tiempo que nos hacíamos preguntas, pero siempre decíamos que no era asunto nuestro”.Y es que los montañosos cantones del Valais, de Friburgo y del Jura, son un terreno propicio para todo tipo de actividades de pequeños grupos iniciáticos que van en busca del aislamiento que proporciona el campo, para poder practicar tranquilamente sus actividades ocultas.

Según el fundador de la Unión Nacional de Asociaciones para la Defensa de las Familias y el Individuo, Paul Renc, aunque es difícil saber con precisión el número de sectas asentadas en Suiza, se contabilizan unas 200, “la mayoría pequeñísimos grupúsculos” que prefieren los parajes de los cantones católicos.

En los cantones de tradición protestante proliferan los movimientos cristianos nacidos en el siglo XIX, como los bautistas o los pentecostistas. Aunque no responden al sentido tradicional de secta, todos ellos tienen sus propios lugares de culto y cuentan cada día con más seguidores.

Tanto en Suiza como en Francia están floreciendo las órdenes neotemplarias, la mayoría disidentes de órdenes establecidas y dedicadas al culto de la naturaleza y el sol, aunque la gente “no tiene nada que ver con los templarios de antaño”, señala Renc. Muchos llegan a este “esoterismo a la occidental” decepcionados de las iglesias tradicionales y de la religión en general.

Pero Suiza también conoce el fenómeno del retorno al misticismo de la Edad Media. La Orden Soberana y Militar del Templo de Jerusalén oficializó su existencia en la Confederación el pasado mes de julio y cuenta ya con unos 400 miembros repartidos en 11 comunidades.

El presidente suizo, Otto Stich, declaró ayer en Madrid que el suceso era “horrible”, informa Efe. Stich regresó a su país interrumpiendo su asistencia a la reunión del FMI y del Banco Mundial.