El País, Mónica Ceberio, 23.03.2010

De los seis imputados en el caso del Kárate, sólo uno, la ex esposa de Fernando Torres Baena, ha admitido los abusos ante el juez. Los otros cinco han negado haber mantenido relaciones sexuales con menores en el laureado gimnasio de kárate de Gran Canaria que, según se desprende del sumario, funcionaba como una secta que combinaba deporte y abusos. Pero sus declaraciones son contradictorias en algunos puntos. Torres Baena, por ejemplo, ha reconocido haberse acostado con su actual pareja (y también imputada) María José G. P.; con otra acusada, Ivonne G. H; y con una alumna que ha declarado como víctima. Eso sí, asegura que lo hizo cuando ellas eran ya mayores de edad. Las tres empezaron a entrenar en su escuela cuando eran adolescentes. Ivonne, sin embargo, negó que hubiera mantenido jamás relaciones sexuales con Torres Baena. Sólo ha admitido que las tuvo con otro imputado, José Agustín G. P., «porque era su novio desde los 16 años». Cuando le preguntan por una menor que también la acusa de abusos, dice que le dio «algún morreo», pero que no hubo más. El juez de Las Palmas que lleva el caso volvió a decretar ayer el secreto de sumario y ha llamado a declarar a nuevas presuntas víctimas.

Todos los imputados hablan de que muchos de los menores tenían relaciones sexuales entre ellos y reconocen una cierta promiscuidad entre los mayores, pero aseguran que no había nada entre los mayores y los chavales. Sobre el tema de los supuestos besos en la boca entre monitores y alumnos, que según múltiples testimonios se producían de forma habitual, como saludo, Torres Baena señala que sucedía a veces entre los monitores porque «muchos de ellos son pareja». Ivonne G. H. lo saca del ámbito de la pareja para afirmar que pasaba entre los profesores que tenían «confianza». La otra imputada María José G. P., también habla de que era una «cuestión de confianza» entre los maestros.

Los imputados dan explicaciones sobre el hachís y los consoladores que se encontraron en la casa de Playa de Vargas en la que hacían las concentraciones -reuniones que, según el principal acusado, «siempre» se han llevado a cabo gracias a «subvenciones del Cabildo y del Gobierno»-. Dicen que los juguetes sexuales eran de uso privado y que nunca se utilizaron con menores y que tampoco se les invitaba a fumar hachís. Pero, mientras María José G. P. afirma que lo llevaba ella a la casa y que lo fumaba «de forma esporádica por el doping», Torres Baena, asegura que la droga era «de gente que iba a casa a visitarlos». Sobre la pistola Derringer del calibre 22 encontrada en su casa, afirma que la recogió «en una casa abandonada hace más de 20 años» y que no sabía «que fuera una pistola de verdad».

Torres Baena asegura que en las concentraciones en Playa de Vargas se llevaban a cabo distintos tipos de actividades. María José G. P. dice que eran «campamentos» para la «convivencia juvenil», pero que «no tenían que ver con el kárate». Finalmente, intentan explicar por qué tantos menores y mayores les han acusado de abusos. En algunos casos dicen que no se lo explican. En otros, que ha sido por venganza, porque esa víctima en concreto estaba enfadada por alguna razón. Torres Baena acaba diciendo que «quiere hacer constar que todo es una campaña orquestada por una persona de una federación y un club deportivo» cuyo nombre no quiso dar.

Los alumnos de Fernando Torres Baena no respondían a un perfil concreto. Había de todo: familias con dinero, de clase media y más humildes; desestructuradas y perfectamente en armonía, según fuentes cercanas al caso. El gimnasio en el que entrenaban los chicos estaba en la calle Juan Carló, en el centro de Las Palmas. Es una calle angosta con edificios de ladrillo de cinco o seis plantas, poco lujosa, de clase media. La escuela compartía espacio con un centro de baile que ha colocado un cartel en la puerta para dar fe de que ellos no sabían nada de lo que allí pasaba. En el barrio del gimnasio hay tres institutos conocidos, centros a los que los captadores de la escuela acudían para buscar alumnos con potencial. Buscaban también en escuelas de primaria, porque muchos niños empezaban a entrenar con seis o siete años.