Fabricando a un yihadista

El País Semanal (España), Guillermo Abril y Carlos Spottorno, 16.04.2017

El primer condenado por autoadoctrinamiento en España. Un hispanomarroquí captado a la antigua usanza. Un yihadista criado en Madrid. Y una familia acusada de querer enviar a sus hijos a pelear en Siria. En el viaje a la radicalización, fueron seducidos por una versión del mundo en blanco y negro. Buenos, malos. Fieles, infieles. Un mensaje amplificado por Internet y la propaganda del ISIS. Así fabrican los extremistas a sus soldados para la yihad 3.0. Y así trata de frenarlos el Estado.

1. Los gemelos

El edificio se encuentra en un suburbio de Barcelona con un 20% de extranjeros. El telefonillo no funciona. No hay ascensor. Y en el 4º piso de este bloque de Babel viven los Amrani, originarios de Tetuán (Marruecos). Rachida, de 20 años, abre la puerta con hiyab. Son poco más de las tres de la tarde y su madre, Aicha, ha preparado comida. Su hermano pequeño, Farid, acaba de llegar del módulo de electricidad. Viste como cualquier joven del barrio: jersey, vaqueros comidos, deportivas. Moreno, con ojos oscuros y 18 años, Farid es idéntico a su hermano gemelo, Faris, que también estudia electricidad y está al caer. “Solo se distinguen por un lunar junto a la nariz”, dice su hermana. Son iguales en casi todo. Pero Farid se adelantó y terminó la ESO en el reformatorio. Hasta entonces, habían hecho casi todo juntos.

Una de las primeras veces que los separaron fue de camino a Madrid, cada uno en el interior de un vehículo de la Guardia Civil. A uno de ellos, el agente que le custodiaba le preguntó:

–¿Tú te quieres inmolar?
–Yo qué sé, me duele la cabeza.

Y el chico durmió casi todo el trayecto hasta el calabozo.

Los gemelos fueron detenidos en marzo de 2015 y condenados en el juzgado central de menores por un delito de integración de organización terrorista. Reconocieron los hechos. Han pasado nueve meses en un centro de reforma. Se encuentran en libertad vigilada. Su madre, Aicha, también fue detenida y acusada de colaboración con organización terrorista. En su mirada apagada se percibe el año y nueve meses encerrada en aislamiento. Se encuentra en libertad provisional, a la espera de juicio. Al padre también lo detuvieron. Lo soltaron sin cargos. Los titulares de aquel día centraron el foco en los progenitores: “Detenida una familia que enviaba a sus hijos menores a la yihad en Siria”.

El radar policial se posó sobre ellos en marzo de 2014. Uno de los gemelos, que entonces tenía 15 años, colgó en Facebook una foto de su hermanastro, barbado y sonriente: “Te amo, mi hermano, pronto voy a ser como tú. Si Dios quiere”. Era hijo de la misma madre pero distinto padre. Apenas lo conocían, nunca vino a España, les sacaba 14 años; tenía mujer, dos hijos y un nombre de guerra: Abu Yasser. Acababa de morir en Siria. Duró un mes en el frente. “El mártir”, lo llama la madre en las conversaciones registradas en la instrucción del caso. Su primogénito.

Con aquel mensaje, la Guardia Civil solicitó intervenir las comunicaciones de los Amrani (se ocultan sus nombres y apellidos reales) como parte de una investigación del entorno radicalizado de Badalona, donde vivían: habían detectado varios yihadistas procedentes de esta localidad y comenzaron a seguir a un grupo de ciudadanos magrebíes. En las calles, en las casas, en las mezquitas se hablaba de la guerra. Las conversaciones eran jugosas, cada reunión sospechosa. Algunos jóvenes alardeaban de ardor guerrero, unos pocos se planteaban marchar a Siria. Los gemelos comenzaron a meterse en vena vídeos del ISIS. En YouTube, Faris pasó de seguir un canal de tutoriales de videojuegos a otro de propaganda yihadista.

Son los días de expansión de las banderas negras por Irak y Siria. Su ejército crece con legiones de extranjeros –sumarán unos 30.000, 5.000 europeos; más de 200 desde España–. Y en el Viejo Continente ha cobrado forma lo que Gilles Kepel, uno de los mayores expertos en la materia, denomina “la tercera oleada de yihadismo”, cuyas raíces se remontan a 2005. Ese año, el terrorista sirioespañol Abu Musab al Suri publica en línea Llamamiento a la resistencia global. “Una mezcla de enciclopedia militante y manual de instrucciones de la yihad 3G”, lo define Kepel en su libro El terror entre nosotros (2016). Propugna “un terrorismo de proximidad que penetra en las sociedades por la base […], apoyado en los jóvenes inmigrantes mal integrados, tras adoctrinarlos convenientemente”. Sus tesis encuentran el mejor aliado: Internet.

Se abre la puerta en el hogar y aparece Faris. Viene de clase. “¡Me muero de hambre, brother!”, le dice a su hermano. Los gemelos nacieron en Tetuán. Su padre fue el primero en dejar Marruecos. Consiguió reagrupar a la familia. Los chicos llegaron con seis años. Hablan en español entre ellos; con sus progenitores, en árabe. Pero no saben leerlo ni escribirlo. Nunca fueron buenos estudiantes.

La muerte de su hermanastro los pilló en 3º de la ESO. Terminaron el curso. Y llegó el ramadán de 2014, cuando Abu Bakr al Bagdadi, líder del ISIS, proclama su califato en Mosul vestido como en tiempos de Mahoma. Esos días de efervescencia, los chicos se acercan en la mezquita a un predicador marroquí. Les propone ir a Marruecos a estudiar en una madrasa. Aicha, la madre, asegura que vio en el viaje una forma de que evitaran las calles: un año antes, otro de sus hijos, este sí del mismo padre, fue condenado por asaltar una vivienda. Le cayeron seis años.

2. El captador

En agosto de 2014, en lugar de matricularse en 4º de la ESO, los gemelos cruzaron el Estrecho en compañía del predicador. Pasaron por un par de madrasas de las que fueron expulsados por mal comportamiento. En la tercera, en la mezquita de Mesnana, en Tánger, estudiaban y rezaban cinco días a la semana. Durante las jornadas de descanso, cuando los alumnos regresaban a casa, los gemelos se quedaban con un grupo reducido. Allí conocieron a Mohamed Mouadin, de 28 años. Un hombre bajito, con barba, “el que más sabía”, según Faris y Farid. Les comenzó a hablar de lo que es ser “un buen musulmán”. Pertenecía a una red de captación en activo desde 2007.

Vuelve a abrirse la puerta: es el padre, consumido, vestido de obra. Los chavales lo besan. Y ahora narran cómo los sedujo el captador: “Descendimos a un terreno personal, nos hicimos amigos. Nos contaba las recompensas si morías allí. Íbamos a entrenar, a correr. Decía que no se lo contáramos a nadie. Mi hermano había muerto en Siria y nos hacía verle como un héroe. ‘Mirad dónde está, en el paraíso. Para ser buenos musulmanes, debéis ir allí’. Nos hablaba de dinero y mujeres. Nunca de la guerra. Sino de viajar y ganarnos la vida”.

El entrenamiento incluía artes marciales. Y visionado de vídeos. Los gemelos se engancharon a imágenes de críos como ellos, curtiéndose en campos de entrenamiento. Recuerdan uno: los niños desmontan y vuelven a montar un arma en segundos; lo hacen fácil, rápido, “como si estuvieran comiendo”. Esos días, Faris decora su facebook con fotografías de Abu Usama al Magribi, un comandante del ISIS muerto poco antes. En un vídeo elegiaco, Al Magribi cabalga por praderas, lidera columnas de milicianos, empuña lanzamisiles y sonríe en cada trinchera. Propaganda pura y dura destinada a permear la mente de los hijos de la inmigración.

–¿Qué os atraía de la yihad?
–El compañerismo, estar con tus hermanos musulmanes, la valentía, defender tu religión.
–¿Contra quién pensabais que había que combatir?
–Contra los infieles. Nos decían: este es infiel y este no. Mata a este y quédate con el otro.

Su hermana interviene: “Son muy influenciables”.

3. Los expertos

El ISIS ha aprovechado una gran falla en Europa: “Se ha colado por un hueco del sistema para hablarles a los jóvenes”, en palabras de la investigadora Carola García-Calvo, del Real Instituto Elcano. En noviembre, durante un congreso sobre terrorismo global organizado por el think tank español, la investigadora recordó una frase habitual entre islamistas: “Si vosotros no invertís en juventud, ya lo haremos nosotros”. Un negocio teledirigido a la segunda generación. “Por su crisis de identidad. No se sienten cercanos a los países de sus padres, pero tampoco se identifican con el de acogida”.

Entre los ponentes en la conferencia se encontraba el juez de menores que firmó la sentencia de los gemelos, José Luis Castro. Expuso las cifras crecientes de chavales seducidos por el fenómeno: solo un condenado entre 2003 y 2008 (de los atentados del 11-M); frente a los 24 casos que llegaron a su juzgado en los dos últimos años. Calificó a estos chicos de “víctimas y verdugos a un tiempo”. Y describió sus hogares: “Gente pobre, en situación calamitosa. Padres sin permiso de residencia. Ausencia de control familiar. Fracaso escolar”. Algunos, añadió, habían llegado a manifestar que el internamiento en centros de reforma había sido para ellos una situación “de acogida”.

El psicoanalista Miguel Perlado los llama in bet­weeners: chavales con una familia conservadora que choca con el entorno. Él es coordinador del Grupo de Trabajo sobre Derivas Sectarias del Colegio Oficial de Psicología de Cataluña y autor de un informe pericial sobre los gemelos Amrani, elaborado a petición de su defensa. En su opinión, la captación terrorista se parece a la de una secta. “Estos grupos, con su propaganda, los seducen con una idea de yihadismo cool”. Lo compara con el fenómeno fan de la música. “Un discurso pasional que engancha al adolescente: ofrece aventuras con fusiles Kaláshnikov, mujeres, superioridad espiritual. Les da una identidad prefabricada.

Desde el punto de vista psicoanalítico: se creen supermusulmanes. Se les infla el ego: ahora tienen algo diferente. Empiezan a deslizarse hacia un narcisismo más destructivo. Y como vivimos en esa cultura donde todo es retransmitido, cobra fuerza la idea de que quedará inmortalizado como un héroe”. Hay otros elementos: el instante en que empiezan a ser conscientes de que, por su origen, tienen menos oportunidades: “Eso te llena de ira. La humillación es clave”. El ISIS, en cambio, les ofrece “un paraíso sin necesidad de pasaporte”.

De la difusión de este mensaje se encarga una miríada de “sheiks del Facebook”, como los apoda Yusuf Fernández, secretario de la Federación Musulmana de España. Curtidos en el fundamentalismo salafista, adoradores de una vuelta a los tiempos del profeta. “Es como el refrán del ciego que guía al precipicio”, dice en un congreso sobre extremismos. El converso Ibrahim Miguel Ángel Pérez, fundador de la plataforma catalana Musulmans contra la Islamofòbia, explica que los musulmanes más jóvenes no han tenido buena formación religiosa “ni en la mezquita ni en la escuela”. Cuando les ha picado la curiosidad, han acudido a una olla en ebullición, virtual, donde encuentran un discurso de odio: “No son capaces de distinguir. Muchos no son conscientes de lo que hacen, creen que ejercen la libertad de expresión. No tienen idea de la gravedad”.

4. Facebook

Mohamed Akaarir, tangerino de 24 años, mostró su furia de inmigrante en un tema de rap que compuso, grabó y compartió en su perfil de Facebook en 2014: “Vivo en el extranjero / donde me siento perdido”. “Me odian / no me importa”. “Ten cuidado tío / yo soy chulo y guerrero”. “Mi sangre es árabe / te mato o me matas / pero no abandono”. Hay muchas formas de leer sus versos ahora. En diciembre, Akaarir se convirtió en el primer condenado en España por autoadoctrinamiento yihadista.

Una figura legal de nuevo cuño: persigue a quien “acceda de manera habitual” a Internet “con la finalidad de capacitarse” para cometer delitos de terrorismo. Fue introducida con la reforma del Código Penal de 2015, en la que se adoptaron medidas para frenar un amplio catálogo de “nuevas amenazas”: la captación, el adoctrinamiento pasivo (cuando alguien lo recibe), el adiestramiento, el desplazamiento a territorios de conflicto… La reforma, criticada por Amnistía Internacional, fue aprobada por amplia mayoría en el Congreso tras los atentados de París de enero de 2015 contra el semanario satírico Charlie Hebdo y un supermercado judío, que causaron 17 muertos.

Página de Facebook de Mohamed Akaarir, condenado por el contenido que subió al perfil.
“¡Yo solo estoy informando!”, exclama Akaarir. Es noviembre de 2016 y acaba de ser juzgado en la Audiencia Nacional. El material probatorio ha salido casi exclusivamente de su facebook. Aún en libertad (será condenado un mes después a dos años y medio), fuma de forma compulsiva en la terraza de una cafetería junto al tribunal. Viste zapatillas, vaqueros pitillo, camisa de cuadros. Con el pelo bien recortado, proclama: “Yo ya hice mi yihad”.

Cruzó a España en los bajos de un camión. En 2008 se declaró en desamparo en Rentería (Gipuzkoa). Tenía 13 años. Ingresó en un centro de menores. En su historial consta una denuncia contra un hombre que se le acercó en una plaza y le ofreció 20 euros por acompañarle al baño. Otra contra él por agredir a un vigilante de seguridad en una estación. Y una más por una pelea con un portero de discoteca. Ambos fueron condenados por lesiones. A los 18 tuvo que dejar el centro de menores. Vivió en casas abandonadas, robó comida, comenzó a trabajar de peluquero.

Resume un sinfín de catástrofes con sus empleadores. Conoció a su pareja, una española que un día se asomó a la peluquería para vender ropa interior. Ella trabaja en una fábrica y defiende a “Moha”, como le llama: “Sería incapaz de hacer daño a nadie”. Al juicio se presentó con una cruz al cuello y se declaró “cristiana”, para reafirmar la tolerancia de su pareja. El magistrado censuró toda intervención relacionada con la fe: “¡Se puede matar e ir a misa!”.

En el juicio, Akaarir aseguró que todo era fruto de un error: en la peluquería dejaba su teléfono a los clientes, y estos fueron quienes subieron a su perfil los mensajes de alto voltaje. La sentencia recoge el contenido de cerca de 50 vídeos y fotografías publicados en su facebook que muestran una evolución in crescendo entre agosto de 2015 y abril de 2016. Comienza hablando del maltrato a musulmanes en Myanmar. Y acaba con la difusión de vídeos del ISIS. Entre medias, cánticos llamando a la guerra: “Si intimidan a nuestro pueblo bajo el gatillo (…) en ese momento se van a subir las banderas de la yihad”. Durante la vista, un agente de la Ertzaintza habló de su fanatización exprés: “Nos preocupó seriamente y sugerimos que se acelerase la detención para pararlo”. En la sala quedó flotando la idea del lobo solitario.

Mientras fuma, Akaarir asegura que no es un radical. Pero que alguien tiene que ir a ayudar a los críos que asesinan en Siria. Se pregunta: “Si esas tierras no tuvieran petróleo, ¿nos estarían matando?”. Sobre el ISIS: “¿Quién les ha hecho existir?”. Y también: “Si a un niño le pegas desde pequeño, crece duro”. En un momento dado pide a su interlocutor que deje de tomar notas y endurece su discurso. Cara a cara no parece que vaya a salir a la calle con intenciones oscuras. Pero el día antes de su detención subió a Facebook un cántico: “Oh, alma mía. Todos hemos de partir. Mis ojos me delatan cuando pienso en la partida. ¿Dentro de cinco años? ¿Y si es dentro de dos? O quizás ahora”. Akaarir ha recurrido el caso al Tribunal Supremo, alegando que ejercía su libertad de expresión e ideológica.

5. La inteligencia

Los expertos policiales lo denominan “radicalización microondas”. El individuo atraviesa las cuatro fases del proceso como si su cerebro recibiera un calentón: victimización (los musulmanes están siendo agredidos), culpabilización (búsqueda de responsables: EE UU, Europa, Israel…); solución (la violencia como única respuesta) y activismo (cuando uno está dispuesto a dar el salto con lo que tenga a su alcance). En palabras de un analista de la policía vasca familiarizado con el caso Akaarir: “Bastan un par de meses. La carga teológica tiene menos peso. Se forman a través de Google y YouTube. Akaarir era el típico chaval de discoteca. Muestran falta de integración y buscan argumentos para justificarse. Es más una cuestión de frustración. En eso se parece a una tribu urbana”. Los yihadistas old school (vieja escuela) pasaban años memorizando pasajes. Se ­reunían en pisos. Rezaban juntos. Y finalmente daban el paso.

Sobre la mesa de Jon Ziarsolo, jefe de inteligencia de la Ertzaintza, descansa un gráfico de la policía de Nueva York con los estadios de fanatización de aquella época sin redes sociales: los terroristas del 11-S se radicalizaron a lo largo de una década. Ahora todo va más rápido. También los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado. Actúan de forma preventiva. “Y esto genera contradicciones”, confiesa. “Pero les tienes que detener antes de que ocurra un atentado. Si no, te pueden caer de pronto 50 o 100 personas. ¿Quién asume eso? La ley se ha adaptado. No te la puedes jugar. Aunque la sociedad tiene que dar también otro tipo de respuesta –social, educativa– sin dejar la policial al margen”.
En España no ha habido atentados desde el 11-M. El encargado de la instrucción policial de aquella causa, José Luis Serrano, es hoy el responsable del Área de Estrategia de la División Antiterrorista del CITCO, dependiente del Ministerio del Interior. Serrano menciona que este es uno de los países que más detenciones por yihadismo lleva a cabo en Europa: casi 700 desde 2004. En 2015, la Audiencia Nacional abrió 179 diligencias, un 69% más que el año anterior; se batió récord de detenidos: 75. “Nuestro éxito es que sabemos cuándo intervenir. Se aguanta hasta el momento justo. Si no, se te puede volver en contra porque genera frustración en el detenido y un efecto rebote”.

Entre los cometidos de Serrano se encuentra la implementación del Plan Estratégico Nacional de Lucha contra la Radicalización Violenta, aprobado en 2015, aún en fase piloto, y dirigido a la prevención y detección temprana. Pero él no cree en la desradicalización una vez se ha descendido a los abismos. Su experiencia cara a cara con yihadistas: “El diálogo es nulo. No discuten contigo, consideran que no estás capacitado para interpretar el mensaje de Dios. No puedes razonar con ellos sobre una masacre. Su única respuesta es que Dios lo quiere así. En todos estos años no he visto cambio o desradicalización. No conozco ningún caso. Y los que conozco no son reales”.

6. ‘Old school’

Bajo las palabras de Serrano se intuye a Lahcen Ikassrien: capturado en 2001 en Afganistán, pasó por Guantánamo, quedó libre en 2005 y fue trasladado a España, donde había residido. Se le juzgó, salió absuelto. Y en 2013 reaparece en los círculos de la mezquita de la M-30, en Madrid, como una autoridad moral. La voz de la experiencia. Se junta con un puñado de personas. Nacidos antes de los noventa, se radicalizan a la antigua usanza. Quedan a rezar, a comer cordero, hacen escapadas de fin de semana. Entre ellos hay un español de origen marroquí, casado con española y con dos hijos. Su suegro les presta la casa del pueblo, en Ávila. Y allí van juntos en coche, escuchando audiolibros de la yihad.

El hombre se llama Nabil Benazzou y tiene un buen empleo como director comercial de una empresa alemana de ingeniería con contratos con Airbus. Según su esposa: “Por eso a él lo fueron a buscar”. Lo cazó, según ella, el mielero en la mezquita de la M-30, hoy en paradero desconocido. Le propusieron rezar en grupo. Viajar a Siria. Lo más duro, cuenta la esposa, fue darse cuenta de que empezaba a radicalizar a su hijo.

Durante la instrucción del caso, al padre le colocan un micrófono en el coche. Se escuchan las conversaciones del interior. A su hijo, un menor, le explica: “No podemos creer en la democracia. Dios dice: no abortarás. Y la democracia dice: vamos a someterlo a votación. La gente del Parlamento vota: 100 a favor y 80 en contra. Ahora la mujer puede abortar, cuando Dios dijo que no. Por eso no creemos en la democracia. No la necesitamos. Porque nos dirigimos por nuestro Dios y tenemos nuestra Sunna, nuestros juicios y nuestro Corán”.

Benazzou fue condenado en 2016 a ocho años, como el resto de integrantes de la célula. A Ikassrien, el veterano, le cayeron 11 años y medio. Otro de los miembros logró llegar a Siria. Era Navid Sanati, de origen iraní nacionalizado español y criado en Madrid. Fue al mismo colegio público que el cantante Dani Martín. Trabajó poniendo copas. Solía llevar el pelo largo. Su radicalización se prolonga a lo largo de 10 años. Incluye viajes financiados a la Meca. En 2014 vendió sus posesiones, cerró sus cuentas, subió a su familia a una pick-up y se largó a hacer la yihad. Poco después, abrió una cuenta de Facebook y colgó fotos desde el frente. En una se exhibe a lomos de un caballo, con ropa negra y turbante.

Es diciembre y el sol golpea una casita al norte de Madrid. La madre del foreign fighter abre la puerta. Lleva velo. Se la ve hundida. Dice que desde mayo no sabe nada de su hijo. Ni de su nuera. Ni de sus nietos. Levanta una mano como diciendo “espera” y los ojos se le llenan de lágrimas. Avisa a otro de sus hijos. Le brillan los ojos negros cuando habla de su hermano. De cómo se le metió Alá en el corazón y se fue sin decir nada. “No lo puedes entender”. No con la mente de un europeo. Cita el Corán. Los surcos del destino. Lo que está escrito. Cuenta que a su hermano le iba bien en los negocios. Tenía carisma, una empresa de importación de azafrán, cinco inmuebles. Pero eso no le llenaba. “Estaba estresado”.

–¿Qué os decía cuando llamaba desde Siria?
–Que se sentía feliz. Libre.

Habla del individualismo de Occidente. De la dictadura del móvil. De cómo los atentados contra las Torres Gemelas fueron en realidad perpetrados por judíos. Menciona los designios de Dios. El infierno y el paraíso. Se fuma tres pitillos. Compara la resistencia de los espartanos con la situación estos días en Oriente Próximo. “Como en la película 300”.

7. ‘Reggaeton’

El 15 de marzo de 2015, mientras Faris y Farid seguían su espiral de adoctrinamiento en Tánger, TV3 emitió el documental A la búsqueda del paraíso. En él aparecen simpatizantes del ISIS de Badalona. Y también dos profesoras de instituto hablando de unos alumnos. Gemelos. El curso anterior, dicen, empezaron a cambiar. En clase de música se negaron a tocar instrumentos citando a Mahoma. “Decidieron dejar el instituto para ir a Marruecos a estudiar el Corán”, afirman. Y reconocen que no supieron reaccionar: “Es una realidad que no sabemos cómo funciona”.

Poco después de la emisión, un conocido alerta a la familia: los gemelos pretenden trasladarse a Castillejos, un epicentro de reclutamiento pegado a Ceuta. Tras el aviso, la madre, Aicha, vuela a Tetuán con la intención de traerlos de vuelta. Según uno de los hijos: “Llegó y nos cogió de una oreja”. Desde Marruecos, Aicha habla por teléfono con su hija: “Estos dos, madre mía, sus cabezas están mal. No escuchan y dicen que subirán [a Badalona] para renovar los papeles y se irán. (…) Solo si tu padre les mete miedo… Les dije de ir al colegio y me han dicho que no van a estudiar. Casi les rompo encima un plato”. Los chicos se enteran por su madre de que han salido en televisión: “¿Entonces somos famosos?”.

La estancia de los Amrani se ha ido quedando en penumbra. Hay té, pastas y un dulce llamado sfouf sobre la mesa. Es viernes y los gemelos tienen prisa por salir a la calle, han quedado. Miran sus móviles y a veces interrumpen con una carcajada. El padre asegura que le costó darse cuenta de lo que sucedía: en esa época trabajaba día y noche en una obra y en la vigilancia nocturna de la misma.

Según su reconstrucción de los hechos, en Marruecos la madre los engañó diciéndoles que regresarían a Badalona para renovar sus papeles y enseguida estarían de vuelta. A los dos días cruzaron el Estrecho en ferri de regreso a casa. Desde Algeciras, Faris habla por teléfono con su padre.

–Tú ríete. Estás contento, ¿no?
–Pero si no pasó nada.

En las dos semanas siguientes, desde Badalona, los chavales mantienen al menos 75 conversaciones con su captador. Hablan en clave de envío de dinero. De contactos en Marruecos, Turquía y Siria. Sus portátiles echan fuego con búsquedas de vuelos a Estambul. Y aquí el relato policial y el de la familia difieren. La madre asegura que escondió el pasaporte de los hijos para que no pudieran largarse. Pero las diligencias le atribuyen “la asunción de un rol activo en la planificación del viaje”, que parece cerrar con el captador. Habla la madre:

–Según lo que me ha dicho [Faris] lo tenéis todo bien, todo hablado, explicado y arreglado. No vais así por así.
–¿Qué se me pidió?
–Yo solo quiero sinceridad. Van, saben dónde van a ir, y tienen todo. (…) Soy su madre y ellos no son los primeros.
–Si yo tuviera 10 [hijos], no dejaría a ni uno sin ir.

La conversación se registra el 28 de marzo de 2015. A los tres días, la Guardia Civil irrumpe en su casa. La madre asegura que solo trataba de ganar tiempo hasta que su marido regresara del trabajo y hablara con los chicos. Los gemelos dicen que jugaban a dos bandas: pretendían que el captador les diera el dinero del viaje a Siria, “para quedárnoslo”. El relato es confuso. Hay pedazos que no encajan.

En sus primeras declaraciones, los gemelos y su madre negaron los hechos. Luego, asesorados por el abogado Jacobo Teijelo (defendió, entre otros, a Abu Dahdah, jefe de Al Qaeda en España), confesaron con detalle. Y al poco su captador fue detenido en Marruecos con otras siete personas. Habían reclutado, financiado y enviado un buen número de yihadistas a los frentes del Estado Islámico.

Uno de los gemelos dice que pasaron 48 horas incomunicados tras la detención. Había un ventanuco en la celda, pero no se veía nada. Solo aviones cruzar el cielo. Allí le sacudió: “¿Cómo hemos llegado a este sitio?”. Y le sobrevino el cargo de conciencia: “Había pagado toda mi familia. Me sentía culpable por haberlos metido en esto”. A su madre, encerrada en aislamiento, no la verían en casi dos años.

–¿Seguís pensando que ir a hacer la yihad es de héroes?
–Ya ni lo pienso.

Dicen que les ayudó juntarse con “gente normal” en el reformatorio. Hacían deporte, talleres, uno terminó la ESO. Y recuerdan que tras los atentados de París de noviembre de 2015, la educadora pilló a uno de ellos leyendo sobre los hechos. Le quitó el periódico y le hizo pasar el día a solas. A los seis meses, los tutores informaron positivamente de su conducta. A los nueve, en diciembre de 2015, salieron en libertad vigilada.

La madre pasaría un año más entre rejas. Poco antes de ser liberada, su historia apareció en un reportaje del canal europeo ARTE que cuestionaba la contundencia del sistema policial español. En él, el entonces fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Javier Zaragoza, justificaba la “respuesta preventiva y anticipada frente a actividades que, si las dejas impunes, se convierten en un caldo de cultivo en el que se van a preparar y cometer actividades terroristas”.

La familia vive en un nuevo domicilio. Los gemelos estudian un oficio. Su vida es supervisada por un equipo técnico del Departamento de Justicia de la Generalitat. El psicólogo que los examinó, Miguel Perlado, que ha trabajado con sicarios, dice que cuanto más se ha ejercido la violencia, más difícil es el viaje de vuelta. No parece el caso: “¿Hay riesgo de que cojan un fusil Kaláshnikov y salgan a la plaza de Cataluña? Pues no”. Ahora, añade, se trata de hacer un seguimiento, de darles herramientas, de trabajar con especialistas y servicios sociales.

Se hace tarde y los gemelos se cambian para largarse a la calle. Uno de ellos muestra su perfil de Instagram, orgulloso de sus 4.159 seguidores. Y les gusta la música. Con risa nerviosa, comentan sus artistas favoritos: Bad Bunny, Ñengo Flow. Trap latino con rimas tipo: “Me gusta como con la boca / me pones el condón. / Y te queda mejor mamá / cuando no me pones ná”. Sexo, barrio, tipos duros. Y cientos de millones de visionados en YouTube.

–Si os viniera uno a hablaros de la yihad, ¿qué le dirías?
–¡A bailar reggaeton!

Se marchan, la madre queda sentada. A ella le espera el juicio por colaboración con organización terrorista.