El País (España), Alberto Palomo, 12.01.2020

La tarde arranca con una asistencia heterogénea. Está Fernando, un monitor de pisos de acogida de Ciudad Real, que, cumplidos los 55 años, se ha querido regalar un fin de semana para “ordenar su vida” y no sentirse “descontento” por el ser humano. También Franka, que a sus 52 años arrastra una ruptura sin cauterizar y solloza en cuanto reconoce una adicción al tabaco y la marihuana que no consigue domesticar. O Taylor, un estadounidense de 22 años que viaja por Europa sin planes y quiere encontrar un rumbo vital.

Cuentan estas impresiones en un chalet de Fuente el Saz de Jarama, al noreste de la Comunidad. Han venido a un “retiro de evolución interior” que ofrece Inner Mastery International. Pseudoterapias que venden como “revolución personal” y que pasa por el consumo de ayahuasca (una liana amazónica) y kambó o bufo alvarius (dos tipos de veneno de sapo), sustancias que promocionan como útiles para la introspección y que uno puede encontrar fácilmente con un simple rastreo por internet. Se promueven como catalizadores de un “autoconocimiento” que ayuda superar traumas o incluso enfermedades graves, algo sin sostén científico. Los expertos consultados, de hecho, advierten del peligro de estas sustancias, desde dolencias físicas hasta posibilidad de trastornos psicológicos.

Inner Mastery International es la empresa líder en este tipo de actividades y cobra entre 168 y 190 euros por cada jornada, según la duración de la estancia. Está comandada por Alberto Varela, bonaerense de 59 años que se hace cargo de un entramado de empresas en España y otros 39 países de cinco continentes desde hace más de una década. Aunque, en realidad, él solo aparece como titular de Evolución Interior S.L. en el registro mercantil, mientras que en Inner Mastery International figura su mujer, Paula Carmona, colombiana de 45 años. Y en Gracias Ayahuasca S.L., otra de esas compañías, la designación corresponde a María José Torrabadella González, que hace funciones de abogada.

Todas las firmas tienen su sede en Fuente el Saz de Jarama, en el chalet donde han acudido los congregados a pasar el fin de semana. “No es relevante cuánto facturamos”, ataja Varela, que solo indica un gasto de 500.000 euros al año en publicidad y que, hace años, en un artículo en el El Confidencial, aseguró que alcanzaban una facturación de dos millones anuales. “Tenemos todo en orden y un equipo de abogados para quien nos quiera meter pleitos. Además, contamos con 150 trabajadores dados de alta en la seguridad social”, dice, refiriéndose a los autónomos que pululan por la casa gestionando la clientela, promocionando los cursos o ejerciendo de guías o facilitadores en la ingesta de las sustancias.

Situación legal

Varela incide en que él no es ni psicólogo ni médico, alaba la función de la ayahuasca y alega que no está prohibida. Este hombre pasó 14 meses en la cárcel —entre 2008 y 2011— por introducirla en España, pero luego quedó absuelto. Insiste en que todo lo que manejan es legal, pero que extreman las precauciones porque “están deseando echarles la mano encima”.

En España, la situación de esta sustancia no está contemplada como ilegal: no hay sentencias por atentado contra la salud pública, aunque aparece en 26 casos en juzgados de toda España desde 2007, según el Consejo Superior del Poder Judicial.

En todos se nombra esta planta como elemento “estimulante” y “psicotrópico”, aunque tanto la Federación de Ayuda a la Drogadicción (Fad) como Reguera Abogados, un bufete especializado en tráfico de drogas, señalan que apenas conocen casos de dependencia o de negocio por venta de ayahuasca, kambó o bufo alvarius.

La Consejería de Sanidad de Madrid no responde a la situación de estas drogas o a las consecuencias de su ingesta. Sin embargo, Gonzalo Haro Cortés. director de la Sociedad Española de Patología Dual y profesor de la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Castellón, apunta que no están consideradas drogas por el Convenio de Viena de 1971 de la Organización Mundial de la Salud. Por eso, y porque aún no son de uso extensivo, no están ilegalizadas.

En el caso de la ayahuasca o el bufo alvarius, el elemento controvertido es el dimetiltriptamina (o DMT), que provoca alucinaciones igual que otros enteógenos como el LSD, el peyote o algunos hongos.

En el chalet, a los participantes se les presenta antes de las sesiones al “equipo médico y psicológico”. Sergio Sanz es uno de ellos, es quien guía las “integraciones” durante las mañanas, las sesiones en que expresan desasosiegos y trances con las citadas sustancias. “Proponemos llegar a un punto de entrega más profundo. La ayahuasca es sólo un preludio. Mucha gente viene con la cultura del castigo y la idea es ser inocente. Aquí te das cuenta de que lo mejor que puedes hacer por la humanidad es no dañarte a ti mismo”, explica mientras da acordes a una guitarra y abraza con ojos cerrados a quien se asoma. Este joven de 27 años terminó de estudiar en Barcelona y se ha convertido durante un lustro en uno de los empleados de la empresa, residiendo de forma fija en las instalaciones por unos 200 euros la litera.

Va a tener lugar la toma de ayahuasca en breve y hay que trasladarse al salón, un amplio espacio decorado con velas, figuras de Buda, altavoces en varios puntos estratégicos y 12 colchones en el suelo.

Cuando aparece la jarra de cristal llena del parduzco brebaje, el veterano Pancho Vázquez aprovecha para preguntar quién va a probar el kambó al día siguiente. Supone 125 euros más y quieren asegurarse de que todo el mundo responde sereno.

A este extra se apuntan cuatro y se inicia la ronda de presentaciones en la que Fernando, Franka o Taylor narran sus vicisitudes individuales. Vuelve el silencio tras los 12 testimonios de esta velada, traducidos al inglés para un grupo procedente de Bulgaria y Moldavia.

La toma

Mientras uno de los trabajadores toca el yembé, otro de los llamados facilitadores, Fernando Álvarez, de 25 años, entra en escena. Da las instrucciones para digerir mejor la ayahuasca. Aconseja tumbarse y, en el caso de que les provoque náuseas, usar el cubo que cada uno tiene delante del catre. “Todo lo que os salga (sudor, vómito, caca) es lo que teníamos que liberar. El vómito es un vómito energético. Simboliza algo muy especial. Por eso les invito a que, antes de limpiar el balde, lo observen. A mí me suele apetecer agradecerlo. Limpiar el balde es limpiarte a ti mismo”, espeta antes de terminar la ronda de “medicina”.

Ambientan la sala con incienso y música suave. Es poco antes de medianoche y la sesión durará unas cinco horas. En ese tiempo predomina el sueño: salvo quienes se debaten entre las arcadas o las visitas al baño, todos permanecen en horizontal, tapados en aparente narcosis. Los facilitadores se van turnando para intercalar vídeos de Youtube con más dosis de ayahuasca o con una porción de rapé, un tabaco que se inhala por la nariz gracias a una pequeña pipa.

Se oyen bostezos mientras Álvarez intercala oraciones a modo de mantras: “Me abro al loco plan que tiene este misterioso amor”, “apurando cada abrazo, apurando cada beso, apurando cada instante”, corea. La música varía desde temas instrumentales a éxitos de Pablo Alborán o Ludovico Einaudi. La sesión se levanta y existe la posibilidad de quedarse en el colchón o ir a la cama. Casi todos se marchan. Antes, Karim Pascua, de 48 años, pregunta: “¿A qué hora es el desayuno?”. “He tenido un momento muy sensitivo. Pero, aparte de la diarrea, nada”, esgrime este participante fumando un pitillo antes de dormirse.

“PUEDE CAUSAR BROTES PSICÓTICOS”

Guillermo Fouce, doctor en Psicología y presidente de Psicología Sin Fronteras, considera que productos como la ayahuasca o el kambó son directamente “perjudiciales”. “Se suelen usar en sectas y se vende como algo que genera una búsqueda, pero en realidad lo que hace, como cualquier droga, es generar una alteración en el cuerpo y crear enganche. Además, puede desarrollar brotes psicóticos”, declara.

“Ahora hay un tipo de consumidor que es el psiconauta, un viajero o investigador a través de las drogas”, relata Haro Cortés, que añade que estas sustancias tocan una de las tres hormonas de la felicidad (la dopamina, la noradrenalina o la serotonina) y provocan una supuesta introspección o visiones externas. “Es falso que no sea alucinatorio. Es como un salto en paracaídas: puede no pasar nada o que te choques con una piedra”.