Clarín (Argentina), 4.11.2020

Jessie Shedden estaba aterrada. Después de años enfrentando a sus padres y cuestionando a los líderes de la secta religiosa que la tenía cautiva, por fin había llegado el día de cambiar su vida. “Mientras guardaba algo de ropa en una mochila, mi corazón latía con fuerza”, recordó. Es que había pasado demasiado tiempo sufriendo y tenía la certeza de que ya era hora de conocer el mundo que todo su entorno le había prohibido.

Desde el día que nació su destino estuvo marcado. La menor de ocho hermanos, fue incluida en un culto cristiano evangélico llamado los Hermanos Exclusivos en Inglaterra en el que su familia había estado por generaciones. Secreto, conservador y extremadamente apartado de la sociedad, allí solo hay espacio para pensar en la Iglesia y todo lo relacionado al entretenimiento es considerado frívolo.

“Desde afuera, la casa de mi infancia parecía normal. Pero adentro, no teníamos televisión ni radio, y no se permitían libros de cuentos, solo folletos religiosos. La música pop estaba prohibida y no tenía carteles en las paredes de mi dormitorio”, relató al diario The Sun.

La vida allí estaba digitada por “una interpretación estricta de la Biblia” con reglas muy estrictas que apuntaban fundamentalmente a evitar el contacto con “forasteros malvados”. “Cada familia se veía a sí misma como una burbuja de pureza autónoma, con mujeres que se cubrían la cabeza en público y tenían prohibido usar pantalones, maquillaje y joyas, o cortarse el pelo. Nuestras vidas fueron vividas para Dios, y cualquier cosa ‘frívola’ como cumpleaños, vacaciones o mascotas fue prohibida”.

Similar a la historia que se relata en la popular serie de Netflix “Poco Ortodoxa”, aunque en este caso ubicada en otra corriente religiosa, la educación de cada miembro se realiza en sus casas. No hay escuelas, clubes, grupos de amigos, ni nada que implique socializar con alguien externo a este culto. “Mi vida se estructuró en torno a la iglesia desde el momento en que me despertaba a las 4 de la mañana”, explicó Jessie.

También se incluía la asistencia a la iglesia cuatro veces los domingos y todo lo relacionado al mundo laboral quedaba en manos de los hombres, que tenían sus propias pequeñas empresas y empleaban a las mujeres. “Toda la socialización era con otras familias de la secta, y muchas veces comíamos juntos después de la iglesia”.

“Para aquellos que se rindieron a las reglas, la vida era casi fácil, ya que nunca tenían que cuestionarse lo que estaban haciendo. A pesar de que mi familia era estricta, ellos se preocupaban y yo me sentía segura, pero nunca sentí que encajara y tenía miedo constante de que el infierno estuviera a solo unos pasos en falso de distancia”, señaló la mujer que rápidamente comenzó a pensar en la vida exterior.

Adolescencia: abusos y prohibiciones

“Cuando llegué a la pubertad, no tenía ni idea de lo que era el sexo opuesto y ni siquiera nos permitían sentarnos en un coche con nuestros primos varones. Cuando era adolescente, me sentía sola, confundida y deprimida y no tenía a nadie con quien hablar”, contó Shedden, que inexperta y deseosa de conocer los detalles del amor se convirtió en un “blanco fácil” para un hombre de 60 años que trabajaba en el supermercado local.

“Me veía con él cuando mamá me enviaba a buscar algunos comestibles y comenzó a prestarme mucha atención. Yo pensaba que me estaba enamorando de él, por eso iba en paseos secretos en bicicleta para verlo, donde abusaba sexualmente de mí”.

“Toda la socialización era con otras familias de la secta, y muchas veces comíamos juntos después de la iglesia”. Foto: Jessie Shedden.

A pesar de su gran confusión, ella entendía que algo no estaba bien en ese vínculo y le contó lo que le sucedía a su hermana, pero eso solo empeoró las cosas: “Se lo contó a mis padres y las consecuencias fueron espantosas. Saquearon mi habitación, luego llamaron a los sacerdotes, quienes me hicieron confesar todo para expiar mis ‘pecados'”.

Nadie se preocupó por el abuso: “No hubo ninguna sugerencia de que llamemos a la policía. Después de esto, me convencí de que estaba arruinada y que ningún hombre me querría. Me pusieron bajo supervisión constante, no podía ir sola a ningún lado y me hundí en la depresión”.

Como pudo, esta joven adolescente siguió adelante: “A los 17 empecé a trabajar en el almacén de la empresa de mi padre. Fue allí donde conocí a Ben, un cartero de 42 años. Estaba estrictamente prohibido para nosotros ser amigos, pero eso solo hizo que nos acercáramos más. Yo hablaba por el teléfono de mi oficina y luego nos reuníamos en secreto en mi hora de almuerzo en su casa o en mi auto, donde nos besábamos. Pronto comenzamos a planear un futuro juntos”.

“Nunca fue un plan detallado, pero hablábamos del día en que huiría para poder estar juntos. Esto duró cuatro años, hasta que en 2008 me siguió alguien de la secta, que me vio con Ben y se lo contó a mis padres. Me obligaron a escribirle una carta poniendo fin a nuestra relación”.

Nuevamente la estrictas reglas frenaban su vida y ella comenzó a analizar la idea de romper con el inquebrantable mandato familiar: “Sin Ben, luché durante más de diez años. Sabía que quería una vida diferente, pero también sabía que eso significaba no volver a ver a mi familia nunca más. A pesar de todo, los amaba demasiado como para considerar irme. Se sugirió que me casara con un hombre de la secta en Australia, pero como los matrimonios concertados no se cumplían, me negué”.

El punto de inflexión

En febrero de 2016, Shedden tuvo un fuerte impacto que la llevó a replantearse todo. “A mi madre le diagnosticaron cáncer de colon a la edad de 66 años y me di cuenta de lo corta que era la vida. Vi todo con claridad por primera vez y fue aterrador: sabía que mis únicas opciones eran el suicidio o dejar el culto”.

Entonces tomó la decisión e ideó un plan para emprender la retirada de su carcelaria vivienda: “Mi escape tomó meses de cuidadosa preparación. Había ahorrado seis cifras trabajando para mi padre, que podía gastar en lo que quisiera, dentro de las reglas de la secta”.

Lentamente, preparó el terreno: “Compré un nuevo teléfono móvil que escondí y en secreto puse un depósito en una casa alquilada cercana. Pero justo antes de irme a principios de diciembre de 2017, la oficina de correos le escribió a papá, que era dueño de nuestra propiedad, para confirmar la redirección que había configurado para mi publicación”.

Su plan había salido a la luz y no tuvo alternativa más que confesar, pero no pensó en retroceder: “Cuando admití todo, mis padres estaban desconsolados. Los líderes de la iglesia trataron de presionarme para que me quedara, y mamá se paró en la puerta, suplicándome que no me fuera, pero yo sabía que tenía que mantenerme fuerte y me obligué a irme”.

La nueva vida

Una vez que cruzó la frontera de su casa se encontró en un planeta diferente, donde todo era completamente nuevo. De alguna manera tenía que reeducarse para conocer las cosas que la mayoría de las personas vio desde su infancia.

“Cuando llegué a mi nuevo hogar, estaba en shock. Fue aterrador, pero también emocionante. Viví de mis ahorros y usé los siguientes dos años para viajar y leer libros, familiarizándome con el mundo ‘normal’. Desde los 31 tuve muchas primeras cosas, como la primera vez que me puse jeans (la mezclilla entre mis muslos se sentía tan extraña) además de maquillarme”.

“Me corté el pelo por primera vez, celebré la Navidad y me fui de vacaciones a Estados Unidos, además de entrar en un pub, que me pareció monumental. Descubrí el gimnasio, que me parecía tan abrumador que solo lo visitaba a las 6 de la mañana cuando estaba realmente tranquilo, y me mantuve bien alejado de las duchas comunes. Las primeras veces que fui al cine fueron alucinantes. Me sentí como ver la vida real al principio, ya que no tenía ningún concepto de ficción”.

Su partida le generó una enorme cantidad de sentimientos encontrados. Es que ya no podría convivir con su familia a la que no entendía pero sin dudas todavía quería: “Me mantuve en contacto con mi familia y me sentí devastada cuando mamá murió el 29 de junio de 2018. Tuve que volver a ponerme el pañuelo en la cabeza para visitar la tumba, lo cual generaba resentimiento entre ellos, y sabía que otros de la secta me estaban mirando y chismeando, pero me dije a mí misma que tenía que mantenerme fuerte por el bien de mamá”.

Entre las cosas que debió aprender en su libertad, Jessie tuvo que lidiar con los vínculos tóxicos: “Desde que me fui, en mi ingenuidad me he sentido atraída por cualquiera que me haya prestado atención, lo que significa que he luchado con muchas relaciones y amistades que no eran buenas para mí. Tuve que aprender que está bien alejarme de las cosas que no me hacen sentir bien”.

Dai, un amor real

“En diciembre de 2019, conocí a Dai, de 63 años, un trabajador de la construcción jubilado, en Facebook. Cuando le hablé de mi pasado, fue increíble y me apoyó mucho. Me mudé a Gwent para vivir con él y en marzo nos comprometimos”, contó la mujer que tiene en claro que no llegará al altar acompañada de su padre.

“Aunque todavía estoy en contacto ocasional con mi papá y mi hermano, no los invitaré a mi boda. Los extraño, pero cualquier contacto significa más presión para regresar, e incluso si los invito no se les permitiría venir porque soy una ‘forastera'”.

Sin embargo, a pesar de lo compleja que fue su vida una vez que escapó de la secta, Jessie está convencida de que tomó la mejor decisión: “Tres años después de escapar, no ha sido fácil encontrar mi lugar en el mundo, pero ahora trabajo como oradora y consultora, y escribí un libro sobre mi vida llamado El mañana no prometido“.

“No es mi plan tener hijos. En cambio, quiero ayudar a otras personas que se sienten atrapadas a darse cuenta de que pueden generar un cambio. Tomar el control de mi vida fue aterrador, pero ahora soy yo quien decide mi futuro, y es una sensación increíble “.