La Nación (Argentina), 27.05.2017

nadie le gusta que lo critiquen, y eso es natural. Pero saber aceptar o resistir una crítica civilizadamente, sin que se desaten nuestros demonios internos, es un buen signo de tolerancia que, lamentablemente, pocas veces se aprecia.

Un buen parámetro de salud democrática de una sociedad, precisamente, depende de su capacidad para aceptar de buen grado las críticas que puedan hacerse miembros de la misma entre sí sin perder los buenos modales ni declararse la guerra.

Los orígenes autoritarios de la conquista española de nuestra América latina, los distintos autoritarismos que supimos erigir a través de repetidas dictaduras militares de distinto signo (de Pinochet a Castro) o democracias paternalistas que propiciaron (o propician ahora mismo) el recorte constante de la libertad de opinión, o la censura lisa y llana han cincelado nuestra verdadera tolerancia hacia la diversidad y todo aquello que no coincide con lo que cada uno piensa.

En este contexto, la crítica periodística de espectáculos toca una de las zonas más sensibles y que mayores controversias despierta, máxime desde hace unos años en que a la opinión de cada crítico se le adosan estrellitas que califican de “malo” a “excelente”, como una suerte de síntesis dramática de su texto.

Así como a nadie le gusta que lo critiquen, de los excesos en que pudiese incurrir un exagerado “excelente” no hay reclamo por parte de quien lo recibe por una cuestión más que obvia: favorece y prestigia (aunque es como quedarse con un vuelto mal dado).

En el extremo contrario, el “malo” casi nunca es recibido en silencio como un humilde reconocimiento de las propias falencias, condición indispensable para enmendar los errores si eso es todavía posible (y lo es en una representación teatral, televisiva o musical en curso, que podría ser ajustada si corresponde, pero que no es posible en el caso de una película o un disco, cuyos productos son expuestos a la consideración pública cuando ya están terminados aunque, de todos modos, las observaciones podrían ser tenidas en cuenta para futuros trabajos).

Con todo lo diferente que parecen el “excelente” y el “malo”, sin embargo, ambos tienen un mismo denominador común: pretenden ser absolutos. Así el “excelente” se aplica a aquel espectáculo en el que todos sus elementos convergen, sin excepción, en una combinación asombrosamente buena en la consideración del crítico que lo ve (estamos hablando, desde luego, de cuestiones muy subjetivas que varían de la percepción y del entendimiento de una persona a otra) y el “malo” se aplica a aquel espectáculo en el que, por el contrario, todos sus elementos convergen, sin excepción, en una combinación asombrosamente mala, según así lo haya percibido el crítico que le tocó cubrirlo.

Es muy importante señalar que la condición indispensable del “excelente” es que todo sea absolutamente grandioso, porque cualquier mínimo matiz hacia abajo lo convertiría automáticamente en un “muy bueno”, así como resulta indispensable de la calificación “malo” que todo sea absolutamente espantoso, porque cualquier mínimo matiz hacia arriba lo convertiría automáticamente en un “regular”.

Nadie niega lo discutible del asunto, máxime cuando “lo absoluto” en sí mismo es un territorio fuera del alcance humano, materia reservada al mundo exacto e infinito de las matemáticas y a los misterios insondables que los creyentes les asignan a sus religiones, pero así funciona.

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En la semana que pasó, dos “malos” de varios medios (también de LA NACION) aplicados a sendos espectáculos han levantado la esperada polvareda que suele dejar tras su paso tan devastadora calificación.

Muy curiosas han sido las reacciones frente a los “aplazos” sufridos por la versión de La traviata , presentada por el Teatro Colón en el Coliseo (en contraste notable, la misma ópera de Verdi, en la versión exhibida paralelamente en el Teatro Argentino, de La Plata, recibió un “excelente” por parte de LA NACION) y la película hispanoargentina ¿Infidelidad?

En el primer caso hasta debió intervenir la Asociación de Críticos Musicales de la Argentina, que repudió la “actitud profesionalmente irrespetuosa y carente de toda objetividad” de un periodista que juzgó severamente a un colega, sin antes reconocer ante su público estar tan inauditamente involucrado en el asunto, ya que su esposa integra el staff de la ópera. Un verdadero papelón.

En el segundo episodio la reacción fue (es) más desopilante todavía: desde que el jueves de la semana pasada se publicaron en distintos medios críticas tan adversas a su película, su director, Miguel Oscar Menassa Chamli, ha puesto a escribir a sus parientes, amigos, conocidos y a sí mismo incesantes libelos contra la crítica que, aunque están firmados por distintas personas y números de documentos, provienen de idéntica dirección de mail (grupocero@fibertel.com.ar).

En ambos casos se esgrimen muy parecidas posturas desvalorizantes del público al suponer que éste es un rebaño de dóciles ovejas que hacen obedientemente lo que los críticos les indican. La idea de que la crítica “hace” la cabeza de la gente es un pensamiento elitista y rancio que, paradójicamente, suelen enarbolar sectores autodenominados progresistas (que se reservan para sí la mayor “libertad de creación”, pero que después pretenden fijar pautas muy férreas de cómo debe comportarse la crítica, a la que desean como una triste aliada publicitaria).

El público sólo se deja influir por aquellos textos que condicen de alguna manera con su forma de ver las cosas. Si no fuese así algunas películas del nuevo cine argentino que tuvieron calificación “muy buena” hubieran llevado mucha gente al cine (algo que sólo ha sucedido muy excepcionalmente) y films populacheros, del tipo de Bañeros , con calificaciones deficientes, no habrían arrastrado a los cines, como lo hicieron, a cientos de miles de espectadores.

Las calificaciones de la crítica a La traviata y a ¿Infidelidad? podrán discutirse y enhorabuena que así lo sea, cuando hay buena fe y el debate enriquece, sin resentimientos evidentes u ocultos.

Lo incontrastable, lo objetivamente comprobable son los comentarios cargados y hasta abucheos que recibió la primera por parte de sus espectadores en algunas funciones y las salas vacías que no supo llenar la segunda.