The New York Times, Phillip J. Hilts, 9.01.1999 [Traducción de Miguel Perlado]

El pasado sábado falleció en su hogar de Los Ángeles a la edad de 74 años el Dr. Louis Jolyon West, el conocido experto en psiquiatría cuyo trabajo se centró en las personas que han experimentado los límites de la experiencia humana, como son los prisioneros de guerra sometidos a “lavado de cerebro”, las víctimas de secuestros y los niños que han sufrido abusos y malos tratos.

Según informaron miembros de su familia, la muerte se debió a un cáncer con metástasis.

La vida y la carrera del Dr. West estuvieron jalonadas por episodios que sugieren la amplitud y variedad de su trabajo. Examinó a Jack Ruby, el asesino de Le Harvey Oswald, y ayudó a convencer a los tribunales de que el Sr. Ruby no debía ser condenado a muerte. En una ocasión el Dr. West presenció una espantosa ejecución en Wisconsin, tras la cual lideró durante años un movimiento de médicos contra la pena de muerte. Fue elegido como testigo en la defensa por el tribunal que juzgó a Patricia Hearst tras su secuestro y aparente conversión en delincuente.

Durante los años cincuenta y a principios de los sesenta cooperó con quienes que trabajaban por los derechos civiles y posteriormente viajó a Sudáfrica para testificar a favor de prisioneros durante el apartheid.

El Dr. Milton H. Miller, colega durante mucho tiempo del Dr. West y director de psiquiatría de la Universidad Harbor de California en el Centro Médico de Los Ángeles, describe al Dr. West, apodado cariñosamente Jolly, como “sobre todo, una figura muy viva, una persona con una gran vitalidad a quien gustaba estar sobre el estrado”.

En los años cincuenta un experimento realizado por el Dr. West constituyó un acontecimiento nacional. Se privó del sueño al disc jockey Peter Tripp durante las 200 horas que pasó emitiendo un programa de música en vivo sin interrupciones. Durante este experimento Tripp sufrió trastornos físicos y mentales transitorios.

También se llevó a cabo otro estudio sobresaliente, también en los años cincuenta, cuando el Dr. West formaba parte de un grupo de expertos creado para descubrir por qué 36 de los 59 aviadores estadounidenses capturados en Corea confesaron crímenes de guerra o cooperaron en acusaciones de esa índole contra los Estados Unidos. Lo que parecía ser un fallo de la voluntad hizo que algunos tildaran de cobardes a esos soldados, y también se extendió el miedo de que los comunistas hubieran descubierto drogas o métodos misteriosos para inducir “el lavado de cerebro”.

El trabajo del Dr. West, que incluía entrevistas con los soldados, demostró que la explicación era a la vez más simple y más importante.

En una entrevista declaró: “Lo que descubrimos nos permitió descartar los fármacos, la hipnosis y otros trucos misteriosos. Se trataba simplemente de un elemento utilizado para confundir, desorientar y atormentar a nuestros hombres hasta que estuvieran dispuestos a confesar lo que hiciera falta. Y ese elemento es la falta de sueño crónica y prolongada.” Eso, combinado con el constante miedo a los castigos y la total dependencia de sus captores, hizo que los aviadores sufrieran cambios de personalidad terroríficos y de una duración considerable.

El trabajo del Dr. West salvó a los soldados de un tribunal de guerra y a la vez demostró la vulnerabilidad de la gente en general.

Según el Dr. West, ese principio también funciona en las familias, en las que los niños pueden volverse violentos cuando se ven expuestos a la coacción y a la violencia. Fue uno de los primeros psiquiatras en demostrar en artículos científicos que  el infligir castigos dolorosos no forma parte necesariamente de una buena educación de los hijos. Para ilustrar este hecho utilizó un estudio sobre un pueblo poco corriente, los Tarahumara de Sierra Madre, en el suroeste de Chihuahua, en Méjico. En su trabajo describe cómo ese pueblo mantiene la no violencia como uno de los principios básicos de su sociedad y nunca se castiga físicamente a los niños. Éstos crecen sin aprender expresiones de ira o de odio, y los delitos violentos son prácticamente desconocidos en su sociedad.

Los esfuerzos del Dr. West para estudiar la violencia dieron pie a principios de los años setenta a una confrontación pública. Propuso la creación de un centro que denominó “el primer y único centro del mundo para el estudio de la violencia interpersonal”.

Pero los primeros borradores de la propuesta incluían la psicocirugía, o cirugía del cerebro para cambiar el comportamiento, ante la cual se alzaron protestas rápidas y vehementes. En un esfuerzo por refutar las objeciones se reunió con el líder de las Panteras Negras Huey Newton en el apartamento de éste en Oakland: debatieron la ética de los experimentos humanos, pero ninguno de ellos cedió un ápice. Aunque el Dr. West consiguió el entusiasta apoyo del Gobernador de California, Ronald Reagan, la propuesta acabó por no prosperar.

Louis West nació el 6 de octubre de 1924, en Brooklyn. Hijo de un inmigrante ucraniano, Albert Jerome West, y de una profesora de piano de Brooklyn, Anna Rosenberg, se licenció en medicina en la Universidad de Minnesota y realizó la residencia en psiquiatría en el New York Hospital-Cornell Medical Center.

A los 29 años se convirtió en director del departamento de psiquiatría de la Escuela de Medicina de la Universidad de Oklahoma, donde permaneció hasta 1969, año en que fue nombrado director de psiquiatría y jefe del Instituto de Neuropsiquiatría de la Universidad de California en Los Ángeles, donde permaneció hasta su retiro en 1989.

Entre los familiares del Dr. West están su esposa, Kathryn, de Los Ángeles; dos hijas, Anne Kathryn, de Nueva York, y Mary Elizabeth Hawkins de Sacramento; un hijo, John Stuart, de Seattle, y una hermana, Nancy Wheeler, de St. Paul.