Cómo una secta puede anular la identidad y controlar la vida e intimidad de sus adeptos

By |2018-11-18T12:41:51+00:0018 noviembre, 2018|Fenómeno sectario|

Huffington Post (España), Paula M. Gonzálvez, 18.11.2018

Magali perdió a su pareja y encontró el apoyo emocional que necesitaba un año después en una mujer a la que conoció gracias a un familiar. Fue él quien le insistió para que la visitara. Buscaba la paz y la tranquilidad que siempre había perseguido: se consideraba una persona sensible a la que la vida no le había tratado bien. Sin saberlo, estaba adentrándose en una secta espiritual o ‘de autocrecimiento’. Magali no es el verdadero nombre de esta ‘exadepta’ de 40 años, simplemente es uno que le gusta y con el que quiere preservar su identidad, explica a El HuffPost.

Precisamente este domingo se cumplen cuarenta años de la masacre de Jonestown, el mayor suicidio colectivo de la historia. Las últimas palabras de Jim Jones, el supuesto pastor evangélico y líder de Templo del Pueblo, fueron: “Acabemos con esta agonía”. 918 personas —entre ellas 300 niños— le siguieron el 18 de noviembre de 1978 en Guayana (América del Sur) tomando cianuro. Después, él se pegó un tiro con una escopeta.

Aunque siga sonando como una historia de película, sólo en España hay más de 250 sectas, muchas de ellas con filiales internacionales, aparte de otros 100 grupos que pueden mostrar comportamientos sectarios, según el estudio Conocimiento y Percepción de la población española sobre las sectas, elaborado por Crimen+Investigación. El canal de televisión ha dado a conocer este trabajo, en el que participa el psicólogo clínico Miguel Perlado, durante la presentación de la programación Creencias peligrosasque comienza este domingo con un especial sobre Jonestown.El caso de Magali es un claro ejemplo de cómo son las sectas en España.

Magali veía a la líder de la secta en persona, a la que se dirigía por su nombre de pila. La conoció en una ciudad del Mediterráneo. La líder organizaba consultadas privadas y talleres. “Nunca te podías perder uno porque te hacía pensar que te faltaba algo, te presionaba para participar y te dejabas un pastizal”, explica. Los talleres se pagaban en efectivo, a menos que lo hiciera a distancia, una forma más de seguir sacando dinero.

Entre 30 y 50 personas conformaban las reuniones, sin percatarse de que la mujer lo tenía todo orquestado. “Son muy hábiles para que tú misma y tus compañeros digáis lo que ella quiere. Ella lo decía sutilmente y tú ya entendías la premisa. Así, éramos nosotros mismos los que marcábamos cómo debíamos actuar y ella se lavaba las manos, pero todo lo había dirigido ella”, relata. Otra de las cartas de la líder era jugar a engordar el ego de sus seguidores: les daba una información en privado y les hacía sentirse como unos privilegiados por ser los únicos a los que la líder le había confiado un secreto.

Miguel Perlado ha atendido más de 800 casos en toda España relacionados con sectas, entre ellos el de Magali. “Lo que pasa en una secta no es un lavado de cerebro. No es exactamente lo mismo. El lavado de cerebro es algo que comenzó a observarse en los sesenta, también llamada reforma del pensamiento. Pero lo que observamos en una secta son grados variables de control coercitivo. Es algo mucho más sutil”, explica el psicólogo. Se refiere con ello al control de la vida y la intimidad de las personas.

Además, Internet es una nueva variante para publicitar y atraer más miembros. “El target más atractivo para una secta es el de un joven idealista, con estudios universitarios, descontento con su entorno y fácilmente domesticable”. Aunque al igual que entre los miembros, también entre los gurús hay una gran diversidad, “aunque suelen ser personas narcisistas patológicos que se nutren de la capacidad de los demás”, es decir, responden a la premisa de “yo soy alguien mientras tú no seas nadie”, analiza Perlado. Entre ellos abundan cada vez más las mujeres.

Mujeres como la líder de la secta a la que pertenecía Magali, que acudía a reuniones dos o tres veces al mes y que siempre tenían deberes. De tal forma que, “aunque no estuvieses en el taller, estabas conectada a la dinámica constantemente”, revela. La gurú siempre conectaba lo que “sucedía en el mundo con lo que sucede en nuestras mentes”, indica: “Si en el planeta estaba ocurriendo algo era porque nosotros lo habíamos generado con opiniones o pensamientos negativos. En todos los talleres nos hacía sentir culpables por lo que generábamos, porque no éramos perfectos. Teníamos que trabajar porque si no pasaban cosas. El grupo era lo más puro y si salías de él era porque las entidades externas y malas habían ganado sobre ti”. Así, generaba la sensación de que había que luchar contra algo y creaba en todos sus adeptos un sentimiento de dependencia, porque ella era la salvadora. La gurú culpaba a la mente de todo lo malo que sucedía: “Según ella era la que atraía toda esa negatividad, por lo que decía que había que anular la mente. Así empezaba a anularte la identidad”.

Hoy en día, según cuenta el experto, hay muchos grupos de corte pseudocurativo, con supuestos sanadores. Si bien, en los últimos cuatro años estamos volviendo a los sesenta, cuando se utilizaban drogas alucinógenas o se potenciaba el contacto con la naturaleza. También existen muchas sectas religiosas, con mucha fuerza y penetración porque encuentran la fragilidad del adepto y se meten hasta el fondo de su intimidad. “Este tipo de sectas juegan mucho con la ansiedad de la muerte”, explica Perlado. El objetivo de los grupos siempre es el poder, porque el poder es lo que trae el dinero. Pero es el entusiasmo que consiguen generar en los adeptos lo que mueve la secta, a pesar de que en los grupos sean habituales el abuso o las humillaciones en público para doblegar la personalidad de la gente.

“Nos aislábamos. A algunos les costaba estar con la familia incluso una semana. La ‘matriz’ [en la jerga de la secta] que tenían ellos era diferente a la nuestra y ya no cuadraban. Mucha gente dejó de relacionarse con sus amistades originales”, relata Magali.

Guardar silencio era imprescindible. “La gente no estaba preparada para escuchar ese tipo de información”, era la principal excusa de la líder. “Ella (la líder) no era ella, era una energía superior que se conectaba directamente con Dios y nosotras la representábamos, y nuestro ego subía por ello”, desvela.

La secta “congela al miembro”. De hecho, cuando los expertos de la psicología los tratan en terapia, las primeras secuelas son la aparición de los problemas que existían antes de entrar en la secta. Y Magali comenzó a despertar. Estaba tan involucrada que siguió a la líder, como otros muchos miembros del grupo, hasta otra ciudad en la que estuvo instalada dos meses.

“Me empecé a encontrar mal, con migrañas. La nueva ciudad me decepcionó, había promesas de proyectos, como crear un centro antiestrés, que nunca se cumplieron. Las migrañas me dejaban tiritando, tenía vómitos”, explica. Todo ello era consecuencia del daño emocional. “Estaba rota, disociada, pero mi cuerpo me avisaba mucho afortunadamente y me dijo ‘párate”, recuerda.

De hecho, ya no tenía fuerza ni ánimo para levantarse. “No me di cuenta, pero entré en colapso. Fue esa pérdida de apetito y de fuerzas lo que me hizo parar, y gracias a ese parón, a pesar de que seguía haciendo los cursos a distancia, me di cuenta de que algo no encajaba. Dejé de hacer los ejercicios porque no tenía fuerzas y vi que me encontraba bien, que estaba igual o incluso mejor”, narra Magali. Y así llegó a Miguel Perlado, junto a otras dos compañeras que dejaron de ir. Una de ellas buscó un experto en sectas y lo encontró a él, aunque la recuperación de Magali fue mucho más paulatina que la de las otras dos chicas.

Además de este tipo de sectas, también existen grupos que viven en comunidad. Y en ellos también pueden existir “segundas generaciones”: niños que nacen dentro o que crecen ahí, como Juan Lledó, que cuenta su testimonio en el documental Sectas. Su mundo se reduce a la secta y si logran salir tienen que aprender a hacer todo y a desenvolverse en situaciones normales para el resto del mundo.

“Yo nunca celebraba los cumpleaños. Mi niñez fue diferente, fui creciendo como marginado del mundo, pero el grupo nos hacía pensar que éramos unos privilegiados por pertenecer a él”, desvela sobre la secta religiosa a la que pertenecía. En ella existía una forma estratégica para ir escalando puestos jerárquicamente, y mucha presión, porque “si lo hacías mal ibas bajando”, cuenta. La gente, añade, vivía con “terror” porque “si hacías algo que decían que era pecado te dejaban sin el amor de tu madre, que fue lo que al final me pasó a mí. Eres una marioneta en manos de ellos”.

Lledó apunta que precisamente por eso funcionaba el grupo, porque “teníamos miedo”: “Dudar era malísimo y si dudabas lo que jamás podías hacer era contárselo a otro”. El aislamiento, por supuesto, era otra de las normas. “Estaba muy mal visto leer otra información que no editara ese grupo religioso”, explica.

Respecto al tema de la sexualidad, la secta marcaba incluso “qué posturas debías practicar con tu pareja”, explica, además de que “la homosexualidad era demoníaca y era el hombre quien tenía el poder”. La secta conseguía recursos económicos a través de la venta de libros, y “cuantos más vendieras mejor cristiano eras”, explica Juan Lledó.

El joven se enfrentó a una crisis de conciencia. “Si Dios es amor, ¿cómo puede dejar morir a un niño por no hacerse una transfusión de sangre o cómo la gente podía morir por no someterse a un tratamiento médico?”. Entonces le hicieron un juicio por apostasía y le expulsaron por haber pecado. “Dejas de existir”, cuenta. En su caso no padeció síndrome de Estocolmo, pero es algo que puede ocurrir al salir.

Caer es mucho más fácil de lo que parece, según los testimonios del documental. “Entras tan suave que ni te percatas. Te han seducido”, explican quienes han sido víctimas. Unos motivados por terapias de pareja, otros por encontrar ayuda a su depresión en una supuesta psicóloga, otros atraídos por las prácticas budistas… Seis millones de españoles han estado en contacto con organizaciones consideradas como sectas o conocen a alguien que ha tenido relación con ellas. Y a pesar de ello, España carece de una legislación específica. Las autoridades pueden actuar hasta donde los límites de la ley se lo permiten.

Cómo ayudar a una persona que pertenece a una secta

El especialista Miguel Perlado os ofrece algunas claves:

  • No entres en pánico.
  • Abre la comunicación al máximo con esa persona, como observador: “Quiero saber”.
  • No entres en una crítica directa porque cerrará la comunicación. Al adepto se le prepara y le dicen que habrá gente fuera que le cuestione. Muchas veces vemos que no está hablando pero mueve los labios, se está repitiendo a sí mismo eslóganes. Si le críticas sólo reafirmará las premisas que le han dado.
  • Elimina de tu lenguaje “secta”, “te están lavando el coco”, “no te enteras”, porque eso nos sitúa en una situación desigual y el adepto cerrará la comunicación porque pensará que no le estás entendiendo. Y, efectivamente, no le estás entendiendo, porque estamos hablando de una influencia externa de la que no se da cuenta.
  • Empieza a informarte con fuentes fidedignas, contrástalas, lee cosas del propio grupo y también de fuera del grupo.
  • Busca ayuda especializada. “Este es un proceso que desgasta, que quiebra a las familias y quiebra a las parejas. No trabajo para desprogramar, sino que trabajo con la red de amigos y familia para ayudar al adepto a hacer el clic”, explica Perlado.

Señales y entornos que nos pueden ayudar a identificar una secta:

  • Cuidado con propuestas que no sabes de quién dependen.
  • Actividades y propuestas que se realizan en sitios apartados.
  • Propuestas que se realizan en lugares en los que no tienes fácil acceso a las comunicaciones.
  • No sabes cómo, pero te están haciendo sentir culpable. Quieres moverte pero no sabes cómo.
  • La clave: “El elevado grado de control coercitivo. Cuando se controla en exceso la vida e intimidad de las personas”, explica Perlado.
  • Y el consejo de Magali: “Cualquier sospecha de que te quieran anular la identidad, huye”.