Al rescate del cerebro

By |2018-08-26T17:34:11+00:0026 agosto, 2018|Fenómeno sectario|

Diario Vasco (España), Javier Guillenea, 23.08.2018

María se dio cuenta hace poco menos de un año de que todo en lo que había creído durante un lustro era mentira. Descubrió que el líder en quien había depositado su confianza solo era «un psicópata» en busca de «poder, dinero y sexo». Cuando por fin abrió los ojos vio que el paraíso era en realidad «una cámara de los horrores, un campo de concentración».

María es el nombre ficticio de una mujer que cayó en manos de una secta y huyó de ella «por instinto de supervivencia, cuando el nivel de maltrato y abusos se hizo insoportable». Desde entonces intenta regresar a la normalidad con la ayuda de un psicólogo especializado con el que trabaja para recuperar su personalidad. Es un proceso lento, un camino repleto de miedos que también deberá transitar Patricia Aguilar, la española que a principios de julio fue rescatada en Perú, donde vivía tras ser captada por el líder de una secta.

El caso de esta joven ha sido mediático, pero hay otros muchos que no se hacen públicos. Se calcula que en España hay 400.000 personas (el 1% de la población) integradas en algún tipo de secta. «Es una realidad oculta, un goteo diario. A nosotros nos llegan todos los días peticiones de ayuda de familias, los psicólogos que se dedican a esto no dan abasto», afirma el sacerdote Luis Santamaría, miembro fundador de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas. El problema, sostiene Margarita Barranco, psicóloga experta en sectas de la asociación Redune, es que los especialistas «se pueden contar con los dedos de una mano».

El perfil de los adeptos es el de «un joven idealista con ganas de ayudar y con carrera universitaria», explica Miguel Perlado, especialista en dinámicas de sectarismo y coordinador del grupo de trabajo sobre Derivas Sectarias del Colegio Oficial de Psicología de Cataluña. Es un dato inquietante porque esa descripción coincide con la de los hijos de millones de padres que piensan que sus chicos son demasiado inteligentes para cometer la estupidez de caer en manos de una secta. Luis Santamaría advierte de que «es un gran error sentirse invulnerable». «Las sectas -añade- se aprovechan de las carencias y debilidades de la gente, pero también de sus virtudes. Su adepto ideal es un joven militante, luchador y utópico que quiere hacer algo bueno por el mundo».

Una de estas personas es María, cuyos estudios superiores y su conocimiento de idiomas no le impidieron entrar en la boca del lobo. «Recuerdo que en los años ochenta algunos documentales decían que los que caían en sectas tenían taras psicológicas, pero nada más lejos de la realidad. Los que caen no son imbéciles, y es algo que es preciso repetir una y otra vez: cualquiera puede ser víctima de una secta».

Basta con que se produzcan algunas circunstancias a las que nadie es ajeno. Las víctimas, argumenta Miguel Perlado, pueden ser personas que «atraviesan momentos delicados, separaciones, la muerte de algún ser querido o situaciones de crisis o de cambio, que se encuentran en una situación de vulnerabilidad y son seducidas por personas especialmente preparada para hacerlo». También pueden ser, dice María, «personas con inquietudes filosóficas que se plantean más las cosas». Como ella. «Yo entré porque quería llevar una vida más tranquila, mejorar mi carácter y ayudar al Tercer Mundo y a los necesitados. Algunas de esas cosas las haces pero en dosis pequeñas, no te das cuenta de que eso es una excusa para tenerte prisionera».

Hasta que llega un momento en el que, ayudado por sus familiares o por sí solo, el adepto toma conciencia y acude a la consulta de un especialista. «Vienen dañados, rotos, con una gran hemorragia emocional. Es como si les hubiera pasado una apisonadora por encima», apunta Miguel Perlado. Los que llaman a su puerta son individuos «con una identidad recubierta por otra; es como si estuvieran encerrados en un envoltorio, como si su propio yo estuviera alquitranado». Son seres deshechos. «Para ellos, el trauma es terrible».

Hay que ponerse en su lugar. El adepto ha vivido durante años convencido de que la realidad que habitaba era la Verdad con mayúsculas y, cuando se da cuenta del engaño, comienza a preguntarse cómo pudo creerse tantas patrañas. «Se encuentra solo e incomprendido, su círculo social piensa que entró en una secta porque le fallaba algo en el cerebro o porque no era inteligente. De repente, siente vergüenza y se ve indefenso», describe Santamaría.

«Sin escrúpulos»

La apisonadora laminó a María. «Cuando entras comienzan a cambiar los pilares básicos de tu personalidad, cambian todos tus valores morales y, antes de que te des cuenta, empiezas a hacer barbaridades en nombre de la espiritualidad», admite ella. Después llega «el máximo maltrato psicológico, a veces físico». «El líder consigue que vayas contándole todos tus secretos y así te puede extorsionar, logra que cada vez que tienes que decidir algo lo pases por su filtro, acabas dependiendo de él -agrega-. Eso solo lo pueden hacer personas sin escrúpulos».

La mujer que pidió ayuda a un psicólogo especializado en la materia era «una marioneta» cuando entró en su despacho. María sufría un trastorno de estrés postraumático del que aún no ha logrado desprenderse, «una ansiedad terrible» que le impedía dormir por las noches. «Cuando empiezas a comprender que te han robado cinco años de tu vida, que todo era la estrategia de un líder al que has estado siguiendo ciegamente y que solo quería ejercer poder sobre ti, te empieza a dar vértigo».

«El proceso de recuperación es relativamente fácil si se hace bien, por eso es importante que el psicólogo esté formado», destaca Margarita Barranco. El adepto, añade, llega en un estado de alarma constante porque «cuando estaba en el grupo le decían que todo lo de fuera es malo, y ahora que está fuera le dicen que lo malo era lo del grupo». Miguel Perlado precisa que «cuando salen de la secta tienen las ideas confusas. No saben cómo enfrentarse al mundo, desconfían de los demás y carecen de amigos. Todo eso es un proceso que llevará tiempo». Tienen que volver a ser los de antes, liberarse del lavado de cerebro al que han sido sometidos. 

«Labor arqueológica»

«Es preciso hacer una labor arqueológica de recuperación de la personalidad; el paciente tiene que volver atrás y despojarse de la identidad de una persona con obediencia ciega, de una visión maniquea en la que el mundo está compuesto por buenos y malos, de su fanatismo y de la creencia de que todo gira alrededor del gurú», señala Luis Santamaría. «Tiene que recuperar la capacidad de pensar porque el grupo siempre le ha dicho ‘no pienses, actúa’», tercia Margarita Barranco.

El trabajo clínico consiste en hacerles ver que han formado parte de un grupo en el que han sido utilizados. «Hay que hacerles entender eso y que se den cuenta de las técnicas de manipulación que existen», prosigue Barranco. Es el camino que hace un año emprendió María. Durante estos últimos meses se ha enfrentado cara a cara con su pasado, y no ha sido fácil: «Ves que nada de lo que has hecho estos años era verdadero, vas descubriendo todos los engaños y entras en ‘shock’, te ocurre con cada descubrimiento que haces. Es como si tuvieras dentro un ‘alien’ que hay que sacar».

No todo termina ahí. «Cuando te sales no es el fin, sino un principio nuevo», confiesa María. No solo debe desprenderse de «pensamientos tóxicos», sino también recuperarse de la sangría económica que le ha supuesto su estancia en un grupo al que daba dinero cada vez que se lo pedían. Además, tiene que recomponer sus relaciones sociales y familiares, destrozadas tras largo tiempo de abandono. Pero al menos está fuera. Y ahora sabe que estuvo en las «malévolas manos» de un ser «de profunda podredumbre», que apresó su cerebro. Lucha por mantener la libertad recién recuperada, aunque algunas noches tiene pesadillas. «A veces no duermo porque sueño con el psicópata».