Los predicadores indios se enfrentan a la justicia

By |2018-04-29T10:24:18+00:0027 abril, 2018|Fenómeno sectario|

El País (España), Ángel Martínez,  27.04.2018

El predicador Asumal S. Harpalani, de 77 años, ha sido condenado a cadena perpetua esta semana por la violación de una seguidora, de 16 años. En prisión desde 2013 por éste y otros tres casos similares, el conocido como Asaram Bapu (apodo respetuoso que significa padre en hindi) es uno de los muchos ‘hombres-santos’ de India. Reverenciado por millones, sus devotos han amenazado a familiares de víctimas y jueces; y, según medios locales, asesinado a varios testigos. No es el primer caso entre gurús indios, que amasan tanta fortuna y admiradores como conexiones políticas y delitos de diversa índole.

En verano del año pasado, el también autoproclamado gurú Gurmeet Ram Rahim Singh fue condenado a 20 años de prisión por la violación de dos de sus seguidoras, también menores, en 2002. La condena provocó entonces un estallido de violencia entre sus devotos; que se saldó con un total de 38 muertos, 200 heridos y 1.000 detenciones en el norte del país. Precisamente, la sombra de aquellos acontecimientos han hecho que se refuerce la seguridad en los estados de Rajastán, Gujarat y Haryana, donde los muchos feligreses del recién condenado Asaram han anunciado manifestaciones en defensa de su líder espiritual.

Como ha ocurrido con Rahim Singh y Asaram, las denuncias a predicadores por agresiones sexuales son frecuentes. Una decena de ellos han sido arrestados, pocos condenados, por diversos crímenes en la última década. Entre los conocidos, abundan los cargos por violaciones, como es el caso del propio hijo de Asaram, pero también son muchos los delitos por fraude o asesinato; incluido el del gurú Chandraswami, condenado por estafa y presuntamente involucrado, post-mortem, en el asesinato del ex primer ministro Rajiv Gandhi.

A estos moralistas de la espiritualidad, la compasión y el celibato no solo les unen sus crímenes, sino fortunas generadas a costa de la ciega devoción de sus seguidores, acunados, en su mayoría, en el norte del país. Los estados del cordón hindú de India coinciden en tener los índices socio-económicos más pobres; donde la falta de educación e infraestructurasse combina con una elevada tasa de natalidad que explica el número de fervientes devotos de estos considerados gurús. Alrededor de 40 millones de seguidores ha conseguido tener Asaram desde que empezase sus sermones en Rajastán, mientras que otros 60 millones son los fieles que seguían las arengas de Rahim Singh desde su Punjab natal.

Según las estimaciones, solo el estado de Punjab cuenta con entre 3.000 y 10.000 deras [casas, en hindi]. Desde estos hogares reconvertidos en santuarios, los predicadores envían diferentes mensajes espirituales según la región. Pero todos coinciden en hacer campaña contra las drogas, el alcoholismo, la discriminación por castas o la violencia doméstica; ideas con las que calan en el imaginario colectivo. Con el paso del tiempo, sus deras se industrializan para ofrecer educación y atención médica a precios asequibles y, sobre todo, inclusivos, para poblaciones marginales como los dalits, quienes constituyen el 32% de la población de Punjab según el último censo. Ante el fracaso del estado del bienestar y el rechazo de las instituciones del gobierno, los más desamparados convierten a estos ‘hombres-santos’ en “intermediarios entre dios y los hombres”, según el politólogo Pramod Kumar.

Como describe el estudio del profesor de la Universidad de Punjab, Ronki Ram, las castas bajas hacen de estas deras lugares de “resistencia ante la exclusión social”, frente a la discriminación de las religiones predominantes. Transformados en fortalezas de culto para millones, los predicadores valen su peso en oro. Literalmente, los feligreses llegan a contribuir con bienes y monedas equivalentes a los kilos que pesan estos santos durante las celebraciones religiosas en las zonas rurales de este país. Las remesas enviadas por indios expatriados en el extranjero terminan por enriquecer a los predicadores, que adquieren los medios necesarios para ofrecer trabajo a sus seguidores locales. Así, la fortuna de Asaram se estima en más de 1.200 millones de euros, según el diario Economic Times. Mientras que el emporio de Rahim Singh acumula tantos o más millones, además de una extensa red de negocios que van desde la educación local hasta las discográficas.

Encumbrados entre el prestigio local y el enriquecimiento económico, los predicadores se convierten en los intermediarios perfectos para las élites locales. Así, los políticos regionales conciben alianzas con estos gurús para suplir el abandono político de la región y movilizar a millones de electores. Según un estudio del Instituto de Desarrollo y Comunicación de Chandigarh, capital de Punjab, las deras de este estado influenciaron los resultados electorales de más de 50 circunscripciones. Como antes lo hiciesen candidatos del partido del Congreso, los representantes locales del Partido Barathiya Janata (BJP) también presentaron sus respetos al gurú Ram Rahim Singh para afianzar su carrera electoral. Para las elecciones en el vecino estado de Haryana, una encuesta realizada por el Centro para los Estudios de Sociedades en Desarrollo (CSDS) demostraba que “los seguidores de las deras siguieron los dictados del voto al BJP casi en bloque e independientemente del candidato”, según el medio local Tribune.

La influencia de los gurús en la sociedad india es tan antigua como el fervor religioso de los que están privados de educación y medios, y tan profunda como la indiferencia de los líderes políticos ante las necesidades de los más vulnerables. En este caldo de cultivo, su reputación trasciende la lógica y los exime ante seguidores, independientemente de sus delitos. Ya a finales de los 60, Maharishi Mahesh Yogi llegó a tener millones de devotos por el mundo, incluidos Los Beatles. Precisamente, la banda le dedicó el tema ‘Sexy Sadie’ después de una visita a India y a raíz de un comportamiento sexual reprobable. Actualmente, los delitos sexuales se pagan con penas de cárceles y no canciones. Pero el patronazgo político y económico del que disfrutan a costa de los más necesitados sigue tan vigente como hace décadas.