La Vanguardia (España), 27.12.2007

Las sectas han cambiado mucho desde que aquellas que eclosionaron en los Estados Unidos en los sesenta y cuyas principales derivaciones se conocieron una decena de años más tarde en diversos puntos de Europa. Lejos ha quedado el cliché de iluminado con túnica blanca que organiza actividades en un lugar apartado. Las sectas de hoy día son más difíciles de identificar que antaño, lo que ha dado lugar a cierta invisibilidad del fenómeno.

La progresiva diversidad y complejidad culturales, se han visto acompañadas de la proliferación de grupos camaleónicos capaces de adaptar su presentación al discurso dominante, estando registradas muchas de ellas como asociaciones, entidades de ayuda, organizaciones no gubernamentales e incluso como iglesias o empresas, como si tales reconocimientos supusieran cierta garantía de bondad. Como el mismo Lipovetsky observa de esta época hipermoderna en la que nos encontramos, todos los límites que conocíamos han saltado por los aires y la impostura está a la orden del día. En este sentido, hace escasamente dos meses, los medios de comunicación se hacían eco de la autorización a registrarse como entidad religiosa a la Cienciología, mientras que en Alemania se debate si ilegalizarla o en Bélgica se enfrentan a un importante proceso judicial, como ya sucediera en otros países.

Si bien tradicionalmente los grupos considerados sectarios han sido caracterizados por un sistema jerárquico, piramidal y con un liderazgo carismático identificable, en la actualidad lo que observamos es la proliferación de organizaciones cada vez más difusas, así como de pequeños grupos que giran alrededor de una persona o bien relaciones duales abusivas que se constituyen como si de una secta se tratara. Al mismo tiempo, los procedimientos de atracción se han diversificado y debido a esta progresiva sofisticación de la seducción sectaria, la entrada en estos grupos es silenciosa y no tan abrupta como sucedía años atrás. Entre otras cosas, este hecho dificulta aún más el diagnóstico precoz del problema, dado que el potencial adepto podrá hacer un recorrido más o menos largo por toda una serie de actividades que quizá por sí mismas no generen mayor resultado que el placebo, pero cuyo efecto acumulativo termina llevando al adepto a un enganche de mayor riesgo para su salud mental.

De hecho, los grupos de hoy día otorgan una gran importancia a la persona, sin romper todos sus vínculos de forma inmediata. Igualmente, y si bien los grupos de hace años se fundamentaban predominantemente en el dogma, actualmente se orientan hacia las experiencias de los adeptos, entrando en su mundo interior para reinterpretar sus sentimientos y pensamientos de acorde a la agenda oculta del grupo. La estrategia a largo plazo es desmontar y vaciar al sujeto de forma dulce e insidiosa; que éste no se percate o mejor aún, que sienta que ese cambio era indispensable, para que de este modo la transformación que termina operándose sobre la persona resulte inadvertida. Lo que se busca, finalmente, no es tan solo el dinero, sino predominantemente, el control del otro, su esclavitud psíquica.

Como señalaba el eminente psicólogo social Philip Zimbardo, los métodos de influencia de estos grupos no constituyen formas exóticas de control de la mente del otro, sino que son intensificaciones de tácticas mundanas que cualquier persona u organización social podría emplear.

En el caso de las sectas, estos procedimientos sobrepasan el límite de lo éticamente tolerable, ya que finalmente buscan someter y parasitar al otro, lo que da lugar a una forma de abuso emocional continuado. El tipo de relación establecido de dominio – sumisión se acerca a esas modalidades de abuso que encontramos en la llamada violencia de género, aunque en el caso de las sectas la marca traumática que dejan no es visible como un hematoma.

A nivel del daño que pueden generar estos grupos, toda la investigación realizada hasta el momento muestra que, las personas se vinculan con estos grupos por muy diversas razones, aunque de forma predominante en momentos de crisis personal, en donde los propios valores se resquebrajan y la necesidad de una convicción se hace más acuciante; la confianza básica en nuestras propias posibilidades queda en entredicho y progresivamente se establece una confianza ciega e incondicional al mensaje del otro, un mensaje que se promete como absoluto. Adicionalmente, la mayoría de los estudios realizados muestran que las sectas afectan diferencialmente a las personas (en tanto que cada uno de nosotros tenemos nuestra propia historia familiar y personal), aunque ciertos grupos tenderían a afectar de un modo característicamente negativo a la mayoría de sus miembros.

El daño sobre las familias, los ex miembros y algunos miembros en activo tiende a dejar secuelas muy asociadas a la vergüenza y la culpa, sentimientos tan intensos que dificultan posteriormente la elaboración de estas relaciones y la posibilidad de hablar con tranquilidad sobre lo vivido. La pérdida de toda una serie de sensaciones que se vivieron con el grupo, especialmente esa sensación de ser alguien especial, así como la confusión emocional y el miedo intenso a afrontar nuevamente la vida fuera de la secta, son otros elementos característicos de las personas que pueden salir de estas relaciones.

Si bien gran parte del proceso sectario podría ser mejor comprendido desde la óptica adictiva, la salida de una secta no deja de ser una ruptura traumática. El miedo y el silencio son las resultantes. A ello contribuye la poca voluntad de los organismos gubernamentales para encarar una situación que pese a afectar a un aproximadamente 1% de la población, genera un daño emocional devastador no sólo a los adeptos, sino también a sus familias, poniendo al mismo tiempo en jaque a la democracia.

Y este último aspecto no deja de ser menos importante que el daño sobre el individuo, ya que las sectas buscan también introducirse en áreas de influencia cada vez mayores como una forma de legitimarse y de ir extendiendo sus propuestas. En la práctica, muchos grupos se están introduciendo en sectores sanitarios (médicos y psicológicos) o parasanitarios (preferencia por las terapias alternativas), captando la atención de personas en crisis (toxicomanías, enfermedades terminales, catástrofes naturales, etc.), pero también extendiéndose hacia entornos educativos (escuela en casa, escuelas alternativas. etc.) y hacia organizaciones sociales respetables. Más recientemente, empiezan a detectarse a nivel europeo ciertas derivaciones sectarias en ciertos foros de decisión, desde donde buscarían respaldar sus propuestas (foros europeos de religión, organizaciones no gubernamentales europeas, etc.).

La banalización social del fenómeno, junto a su mayor invisibilidad, están conduciendo a un escenario en el que todo vale y en el que la impostura se ha instaurado como un modo de relación no solo entre los individuos, sino también entre las organizaciones. Es una tarea de todos como ciudadanos y miembros de organizaciones sociales, atender a la transparencia y a unas prácticas éticas que hagan del individuo una persona responsable y ya no una cosa a la que se le pueda manejar.

Asimismo los Tribunales de Justicia deberían de ser más sensibles ante el daño que estas organizaciones generan. No debería bastar con que una entidad varíe su nombre, sus estatutos o cambie a sus portavoces para legalizar, en cierta manera, su situación jurídica. Es imprescindible que por parte de los Tribunales se valoren otras muchas cuestiones, como podría ser por ejemplo, lo que ocurre en el resto de Europa con determinados grupos de manipulación mental. Se da la paradoja de que mientras en nuestro país se legalizan a determinados grupos, en forma de religión, asociación, etc., estas mismas entidades tienen sentencias condenatorias en otros países de Europa.

Quizás al final todo sea consecuencia del enorme vacío legal existente al respecto y la falta de interés político en solucionarlo

Miguel Perlado. Psicólogo. Psicoterapeuta.