Última Hora (España), Miquel Piris, 12.01.2021

Convendremos que una estrella está formada, esencialmente, por hidrógeno. Que a diferentes temperaturas y presiones, dentro de esa estrella, se van formando casi todos los elementos de la tabla periódica a lo largo de millones de años. Y que, acabada su vida, al explotar (si lo hace), se crean el resto de los elementos que conocemos en la Tierra. Me parece un punto de partida a partir del cual podemos hablar de otras cosas. La científica Cecilia H. Payne fue la primera en explicar la composición de las estrellas en 1925, estas fábricas de materia, de mundos como el nuestro.

Tengo que reconocer que algunos de los profesores que tuve en el instituto superaban en conocimientos y capacidad explicativa a algunos de los que soporté en la facultad de periodismo. Me costaba entender cómo, en una universidad de prestigio, era posible que impartieran clase personas tan liosas. Evidentemente, eran la excepción y la mayoría eran auténticos pozos de sabiduría y erudición. Aquí la cosa me cuadraba. Pero con los negados, no, en una universidad como esta, no. Espero, estoy seguro, que ahora ya estén a la altura de las circunstancias. ¿Por qué digo todo esto? Porque hay personas con «estudios», que incluso se han dedicado a la docencia, que exponen públicamente conceptos parecidos a los de aquellos hombres que, al mirar al cielo, veían fuegos de otros campamentos como el suyo: ¿qué otra explicación podía haber? Faltaban milenios para que la ciencia, de la mano de Payne, diera una explicación, si me lo permitís, mucho más mágica que la de los pueblos primitivos.

Me cuesta de entender cómo gente instruida, incluso profesores, pueden llegar a hacer las afirmaciones acientíficas que en estos días de pandemia intentan transmitirnos a través de las redes y algunos medios que se prestan a ser altavoz de su discurso, convirtiéndose en aliados de la mentira de la mano de líderes políticos como Trump, Bolsonaro o Abascal. ¿Cómo es posible que tengamos gente con formación universitaria (incluso científica) haciendo afirmaciones del todo paranormales? Además, algunos intentan convertirse en mesías, encontrando el apoyo popular para continuar difundiendo información contraria a la que, en teoría, han tenido que aprender (o, en todo caso, han recibido la formación necesaria para reconocer sus límites y poder encontrar aquellas fuentes que les demuestre que están equivocados).

No seré tan naif de obviar los que se ganan la vida con esto, siendo conscientes que mienten. Por supuesto, tienen que comer y, como que, en principio, no matan, hay un «dejar hacer». En el mundo hay más de 300 universidades no acreditadas vendiendo títulos. Una empresa dedicada a auditarlas consiguió matricular un gato en 2004 y ahora tiene un máster por la Trinity Southern University*. Consulté al Consejo de Universidades de Cataluña acerca de si tenían conocimiento de estas universidades y les pregunté también cuál era su posición. Me enviaron el redactado de la ley que las prohíbe. Los contesté que no habían resuelto mis dudas y todavía espero respuesta.

Pero, ¿y si no es ninguna de estas posibilidades? ¿Y si realmente creen lo que dicen? ¿Y si realmente piensan que están salvando a alguien del 5G, los chemtrails, las radiaciones electromagnéticas o las vacunas contra la Covid?. Para resolver tantas dudas he encontrado a Miguel Perlado, especialista en sectas y otros movimientos adoctrinantes desde hace más de veinte años, a la vez que es el supervisor de la Asociación de Profesionales para la Investigación del Abuso Psicológico (AIIAP). El año pasado publicó «Captados. Todo lo que necesitas saber sobre las sectas», donde ya indicaba que en situaciones de crisis personal o social, las sectas proliferan, a la vez que también el pensamiento sectario. Preguntado sobre lo que hablamos, me aclara que en esta época de pandemia, han proliferado todo tipo de explicaciones de carácter conspiracionista porque ante la incertidumbre necesitamos respuestas, aunque sean estrafalarias.

Añade que, ciertamente, no solo han aparecido iluminados o vendedores de humo a escena, sino también personas preparadas y cualificadas que sostienen todo tipo de teorías alucinantes por varios motivos. Por un lado, «están convencidos de su discurso, no son charlatanes de feria todos ellos. Lo cual, junto con una calificación profesional, hace que su discurso se pueda volver en una certeza absoluta, casi como si fuera una convicción religiosa. Si bien esto no implica que el movimiento conspiracionista pueda ser tildado de secta per se. Pero, ciertamente, dentro de este amplio movimiento, han florecido algunas sectas, como puede ser el caso de Qanon; y otros grupos han utilizado el contexto actual para reajustar su narrativa». Por otro lado, «también observo la necesidad narcisista de destacar de algunos de estos personajes, que se puede ver mezclada con un discurso de carácter paranoide, donde el enemigo está afuera, los gobiernos nos esconden información o bien nos quieren inocular algo para controlarnos remotamente. Estos personajes pueden tener un carácter visionario o casi mesiánico, que se creen poseedores de una verdad absoluta que tan solo un pocos conocen, como si fueran unos escogidos que tienen que instruir al resto de la humanidad».