El retorno de los brujos

By |2010-09-05T12:21:46+00:003 septiembre, 1993|Fenómeno sectario|

Enrique Miret Magdalena es teólogo. El País,  03/09/1993

La televisión nos invade a veces con toda suerte de programas esotéricos, astrológicos, de curanderismo y de filosofías pretendidamente orientales, que fomentan el lado morboso de muchos seres humanos, en programas que lindan a menudo con la superstición. Nuestra época de racionalismo a ultranza se ha venido abajo; pero lo malo es que la hemos sustituido por lo peor. No se trata de saber, como señaló Hamlet: “Hay en el cielo y en la tierra más verdades que las que descubre tu fillosofia”: es, en cambio, la tergiversación de ese afán de superación y trascendencia que todo ser humano tiene, sirviéndole frecuentemente una deteriorada mercancía que engañosamente pretende satisfacer ese anhelo interior.Han proliferado también grupos de los más abigarrados nombres, que tienen ciegos adeptos. Se llaman astrólogos, gnósticos, rosacruces, templarios, teósofos, antropósofos, esotéricos y seguidores de nuevas corrientes de yoga o de budismo. Y no pocas veces estos movimientos, aunque frecuentemente inocentes e ingenuos, degeneran sin embargo en sectas peligrosas para el buen estado mental y moral de sus seguidores. Y, en el campo cristiano, no son pocos los nuevos grupos exagerados, apocalípticos y rigoristas que fomentan los dudosos carismas o las interpretaciones integristas de los textos religiosos. 

Yo soy amigo de sus seguidores, porque creo en su buena fe; pero no puedo estar conforme con sus ingenuidades. Y, por supuesto, digo lo mismo de esa proliferación de revelacionés, o de milagrería promovida por algunas almas sencillas que creen ver a la Virgen y a su Hijo, y que amenazan desde el cielo con sus más duros castigos a quienes no hacen caso de sus calamitosos mensajes. Cuando, sin embargo, en el cristianismo del Evangelio vemos todo lo contrario. 

En 1960 publicó el discutido periodista L. Pauwels Le matin des magiciens, sobre estos ambiguos fenómenos. Y hacia los años treinta, un jesuita, con gran dosis de paciencia, sentido común, habilidad y tenacidad, había escrito en Estados Unidos Los fraudes espiritistas y los fenómenos metapsíquicos: un best seller digno de ser leído hoy, porque el autor reproducía los más sorprendentes fenómenos del más allá, sin necesidad de acudir a entes venidos del otro mundo. Y, además, descubrió que la mayoría de los médiums eran habilísimos prestidigitadores, que sólo algunas veces hacían ejercicios parapsicológicos, pero puramente naturales y nada sobrenaturales. En 1931, un inteligente psiquiatra español, el doctor Novoa Santos, publicaba también sus experiencias con los que estuvieron en trance de muerte y luego revivieron, como mucho más tarde divulgaron autores como Moody, que dejan flotando en el aire la creencia imposible de que hayan sido resucitados, y vienen a contarnos lo que vieron en la otra vida. La diferencia está en que el doctor Novoa Santos explica científicamente, y de modo natural, lo que otros ingenuos terminan por creer a pies juntillas que son mensajes optimistas de la otra vida. 

Yo no creo que haya trasvase alguno entre la otra vida y ésta, entre otras cosas porque el más allá, si es algo como yo pienso, está fuera de nuestras dimensiones, porque desaparece nuestro espacio tridimensional y nuestro tiempo lineal. Y para el que acepte la Biblia como un conjunto de hondas experiencias religiosas, sabrá que es contraria a toda aparición de personajes de la otra vida, como si en nuestras manos estuviera el poder ponerse en contacto con ellos visiblemente. Es más, tampoco creo en las llamadas revelaciones privadas de personas tenidas por santas. Soy en eso discípulo del pensador religioso que más aprecio: san Juan de la Cruz. Su idea está bien clara: hay que desechar toda revelación por su carácter ambiguo; que, además, no puede añadir nada a lo que dice el Evangelio. 

Estas visiones “nos las ha el alma de querer admitir”, y “el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios”. Fuera de lo que Jesús nos enseñó, termina Juan de la Cruz diciendo en la Subida al monte Carmelo, el resto “es nada”. Lo mismo diríamos del demonio, y de los casos llamados de posesión. Dos investigadores católicos, el padre Haag y el jesuita J. B. Cortés, demuestran que los endemoniados del Evangelio eran enfermos mentales u obsesos; y que Jesús usaba ese lenguaje para que sus coetáneos entendieran el mensaje espiritual que les quería transmitir. 

Y nada digamos de los considerables errores que contienen las revelaciones piadosas sobre los más serios temas religiosos, como es la Pasión de Jesús o algunos dogmas católicos. San Vicente Ferrer, hace más de 500 años, predijo que el fin del mundo era inmediato. Santa Catalina de Siena y santa Verónica aseguraron que la Virgen les había dicho que no era inmaculada. Los niños de Fátima oyeron del ángel que debían hacer un sacrificio a la divinidad “teológicamente inadmisible” (K. Rahrier, SJ). Los azotes que recibió el Señor varían, según estos santos videntes, entre 39 y 15.000; y verdugos, entre 1 y 12. La exactitud de las revelaciones brilla por su ausencia, y las hace de este modo a todas de nula fiabilidad. 

Me adhiero plenamente al investigador P. Thurston, dedicado toda su vida a estudiar los casos maravillosistas que se atribuyen al mundo sobre natural. Su conclusión es la siguiente: “Si con frecuencia me he inclinado a una explicación racionalista de fenómenos comúnmente considerados como sobrenaturales, puedo afirmar que mi juicio en esta materia ha sido influido por el hecho de que fenómenos análogos, autentificados con buenas pruebas, se encuentran en los anales de investigaciones psíquicas” que nada tienen que ver con la religión. Y observa que “los santos físicamente vigorosos (…) no fueron favorecidos con los estigmas, a pesar de su devoción por la Pasión”. Los cree producto de “desórdenes nerviosos”, porque nunca existieron hasta que empezó a representarse a Cristo crucificado y sanguinolento en los crucifijos, hacia el siglo XIII. Todo puede y debe ser explicado por “contagio mental, “sugestión”, “alucinación” y otros fenómenos parapsicológicos. Recomiendo para ello el libro reciente del psiquiatra doctor Alonso Fernández sobre Estigmas, levitaciones y éxtasis. 

Necesitamos algo más que lo material, como descubrió el profesor Maslow con los niveles de necesidades que constituyen al ser humano; pero no podemos fomentar este ambiguo iluminismo, ni estas recetas confusas para alcanzar el nirvana en vida. Bastaría llegar a estar despiertos a todo, como quería el Buda; pero no es esto lo que fomentan muchos grupos que atraen a los sedientos de algo menos prosalco, sirviéndoles una mercancía falsa.