EL Mundo (España), Gabriela Balarezo, 25.05.2016

La ‘hermandad’ de Las Doce Tribus

Encontramos en el norte de España a las comunidades donde a los niños los educa la tribu, como decía la diputada de la CUP Anna Gabriel que le gustaría si tuviera hijos. Una madre que en 2007 sacó a sus pequeños del grupo nos relata en primera persona su experiencia en la ‘hermandad’ de Las Doce Tribus: “Un niño en la sociedad es lo que quiere ser según sus capacidades; en la tribu, lo que le dejan ser”. A los rebeldes los disciplinan con varas. Nadie supervisa una educación que no siempre imparten profesores titulados, o en la que no se enseña Historia porque consideran que “la escribieron los vencedores”. ¿Te convence, Anna Gabriel?

Un niño en la sociedad es lo que quiere ser -en la medida de sus capacidades- y uno en la comunidad [de las Doce Tribus] es lo que le dejan ser. Mis hijos, en los primeros años de sus vidas, se criaron y educaron bajo el segundo parámetro. Durante parte de su infancia, crecieron alejados del mundo exterior: sin televisión, sin juguetes -nada de muñecas, camiones o maquinitas- y tampoco libros… Y es que allí [en la tribu] los críos aprenden los conceptos justos y necesarios para desarrollarse más o menos en la vida y punto. Nada de especialización. Nada de carreras.

En la comunidad [hoy de unos 175 habitantes], los días arrancan muy temprano. Antes de la salida del sol, los adultos, los jóvenes y hasta los más pequeños ya estábamos en pie. Todos, sin falta, hacíamos una oración a Dios y después nos reuníamos en círculo para, una vez más, dar gracias al Creador.

Las actividades empezaban tras el desayuno. Los que estábamos en edad de trabajar -mayores de 13 años- salíamos a encargarnos de nuestras respectivas labores. Los hombres, a amasar el pan, a cultivar las huertas y las mujeres, a cocinar, coser o asear la ropa. Los chavales, a estudiar. Las clases las tenían en el mismo domicilio [en el que convivían varias familias]. En cada casa con niños había un sitio habilitado para enseñarles.

Cuando llegué a Las Doce Tribus, veinteañera y movida por su forma de vida alejada del consumismo, las aulas [improvisadas] tenían apenas una mesa y distribuían a los pequeños -unos seis, entonces- a su alrededor. En ese tiempo, todos recibían las mismas lecciones, sin importar su edad. Ahora sé que tienen salones con pupitres y pizarrones. Sin lujos, ni adornos, ni material didáctico. En la sociedad tienen paneles en las paredes y mesas de colores porque los niños necesitan fijar la atención en algo y tienen distracciones externas. Allí no hay perturbación alguna.

Con el tiempo, se les separó por rangos de edades. Aunque no todos los niños de un grupo tenían la misma edad, tampoco mezclaban a los de 6 años con los de 12. Y es que en la comunidad eran conscientes de que cada estudiante tenía necesidades escolares diferentes. La escolarización o training, como ellos lo llaman, empezaba a los 6 años y culminaba a los 12 o 13. No había diferenciación por sexo, ni cambios de ciclo. Es decir, que no cursan un primero, un segundo…

Una o dos personas en cada casa se encargaban de las labores de enseñanza. Losmaestros, que no tenían experiencia en docencia, eran miembros de la comunidad. Lo que implica que no estaban del todo cualificados. Entre los miembros de la secta había tanto gente con educación universitaria como sin ella. El Consejo [los jefes de Las Doce Tribus] les elegía por sus habilidades, y no siempre eran los mismos. Un habitante de la comunidad bien podía pasar de hacer labores domésticas o cotidianas, a hacer de profesor. Incluso yo asumí este rol. Debía enseñar a los más pequeños el abecedario. También a leer y a escribir. Fue por un periodo corto de tiempo. No era una situación profesor-alumno, sino de convivencia. En el sentido en el que convivíamos a diario con los críos.

Mis hijos no usaban textos escolares. Sí tenían cuadernos, bolis y lápices de colores. Aprendían con manuales -adecuados por edades- que los miembros del Consejo elaboraban dependiendo de lo que se quería enseñar y lo que no. Los contenidos de estos manuales se decidían por consenso. No es que una persona por sí sola resuelve qué van a aprender los críos… como un individuo [que es parte de la comunidad] tampoco decide qué quiere comer, o qué quiere vestir. Todas esas disposiciones dependen del Consejo. Todo en la tribu es consensuado.

Las asignaturas, asimismo, eran las básicas: en los primeros años, leer, escribir y caligrafía; después, matemáticas, lengua, geografía. A los miembros de la comunidad les importaba que los niños conocieran los diferentes países del mundo, pero no historia. Porque ésta la escribieron los vencedores y es algo subjetivo. Mis hijos, que nacieron allí, mientras fueron parte de Las Doce Tribus no aprendieron ni de Carlo Magno, ni de la Primera y Segunda Guerra Mundial. En su lugar, los maestros dictaban lecciones del Antiguo Testamento y de la Biblia.Ése era el único libro permitido. En ese sitio se vive por fe. Lo que no esté de acuerdo con sus creencias simplemente no se enseña.

Entre los trainings de la mañana y de la tarde [de seis y dos horas respectivamente] los chavales tenían recreos. En esos periodos de descanso, lo habitual, porque las comunidades se asientan en lugares algo aislados y cerca de la naturaleza, era dar paseos por el monte y ya está. Salían todos juntos a caminar, no a jugar cada uno a su rollo. Eso no. Reinaba el compañerismo entre ellos.

Los deportes en sí no estaban permitidos, salvo la natación [la comunidad tenía una piscina] y el voleibol. El fútbol no, porque es competitivo. Sin embargo, para la comunidad era muy importante enseñarles música a los niños. Música suave y melódica que se tocaba para agradar a Dios, de alabanza. Los críos conocían solfeo, para poder componer y leer, y también para tocar algún instrumento. El mayor de mis hijos aprendió a tocar el acordeón, el piano y el violín…

Sin exámenes ni notas

Mientras estuvieron en Las Doce Tribus para mis niños no existían los exámenes y tampoco calificaciones. Cada uno avanzaba a su ritmo. No había evaluaciones ni notas en los trabajos, porque no querían que uno se sintiera inferior o superior a otro. Así los alumnos no conocían la rivalidad o la competencia. La enseñanza dependía de la evolución de cada uno como persona.

En general, los profesores no enviaban deberes escolares. Claro que si yo, como parte de la comunidad al convivir con los críos las 24 horas y considerarlos parte de mi familia, creía que alguno necesitaba un empujón, le podía decir: “A ver si lees esta tarde esto, y así”. Pero las tareas, como una obligación, no tenían cabida. Además, tanto en las aulas como en la vida cotidiana los chavales recibían disciplina con una vara si se portaban mal. En los espacios adecuados para las clases los estudiantes sabían que debían poner atención. No había alboroto ytodos eran muy obedientes. Me imagino que porque querrían evitar el castigo.

Al inicio el training no era muy reglado. Los niños debían ayudar a los adultos en sus labores, si había alguna necesidad. Esto lo hacían desde pequeñitos. Entonces,les estaba permitido faltar a las clases. En general, quienes se formaron en la triburesultaron ser muy educados, pero sin llegar a conocer cosas muy específicas. La enseñanza llegaba hasta un punto, hasta los límites que quien hacía de profesor tenía. Un niño con 14 años no podía aspirar a mucho en la comunidad porque no tenía estudios para poder ser médico o abogado. Tampoco tenía ningún papel o documento que acredite sus horas de aprendizaje.

Al salir de Las Doce Tribus a mis hijos les hicieron un examen que demostró queestaban capacitados para el nivel del curso escolar correspondiente a su edad. De hecho, el mayor estaba más avanzado de lo normal. Académicamente, los críos están preparados, pero no socialmente. Y no es que mis niños estuvieran totalmente alienados, pero sí les costó mucho adaptarse a la sociedad.

El chaval que sale y tiene potencial e inquietudes seguirá estudiando, como es el caso de mis hijos y otros tantos. Conozco un chico que salió de allí -con el que conviví- que ahora tiene una beca para irse a China, porque es una eminencia en informática. Hay quienes tienen talentos innatos, pero en la comunidad no les dan la oportunidad de desarrollarlos. Ya ha pasado una década desde que me fui y hoy mi hijo mayor estudia derecho, también pinta y continuó sus estudios musicales, y el otro ha decidido seguir periodismo.