Clarín (Argentina), 7.11.2019

Como esos hombres y mujeres que llegaron a un condado para refundarlo porque “venía un gurú llamado Osho”, en un mismo ejercicio de anuncio de la buena nueva, pero sin parafernalia, esta comunidad llamada  “Las Doce Tribus” (por las doce tribus de Israel) tomó un mandato proveniente de California, donde moran sus creadores, y se instaló en 1999 en una zona boscosa de General Rodríguez. Justo enfrente del convento de la hermana Aparicio, donde José López pretendió esconder bolsos con 9 millones de dólares.

En esa zona el grupo, que rechaza dar entrevistas, tiene hoy dos cosas: un predio de 5 hectáreas donde viven más de cien personas y, a pocos minutos, detrás de la planta de La Serenísima, un restaurante gourmet que funciona de domingo a viernes las 24 horas. “Las puertas de nuestra casa siempre deben estar abiertas para dar refugio”, explican. Muchos porteños, buscadores de ocio, empiezan a considerarlo el secreto mejor guardado del oeste bonaerense, una posta de comida orgánica en un corredor de fines de semana que solo admite el olor de las parrillas.

Se llama Yellow Deli, como los otros doce restaurantes similares que la comunidad posee en otros doce países del mundo. El local de fachada amarilla sólo cierra el séptimo día, el día que Dios, según predican los mozos de la comunidad, citando al Antiguo Testamento, vio todo lo que había creado, dijo que “era bueno” y finalmente descansó.

Pero ahora, a las 6 de la tarde de un viernes, en el predio comunitario la celebración va a comenzar. Aún trinan las aves y un olor a leña quemada impregna de naturaleza todo. Adentro de una gran cabaña octogonal hay familias, niños, niñas, vecinos. Convidan a los invitados un almíbar fresco que riega la algarabía extendida. Una seña clave de los integrantes de las Doce Tribus, según reportes del grupo que existen en Internet y según la propia experiencia de Clarín: la cordialidad extrema.

Los hombres visten jean holgado con la botamanga doblada hacia afuera, camisas a cuadros y vincha. Una moda anacrónica o una moda sin tiempo. Las mujeres, vestidos hasta los pies, túnica sobre la cabeza y la misma vincha por encima de la túnica. Ellos parecen granjeros. Ellas vírgenes. La idea de la ropa es que no haya insinuaciones “ni invitaciones al pecado”, explica un miembro de la comunidad.

Empiezan a cantar en lenguaje bíblico. Arman un círculo, se toman de las manos, saltan a un lado y otro. Es el inicio de un ritual que repiten cada viernes y que opera como frontera entre el tiempo de trabajo que termina y el tiempo de sosiego que se abre: el sabbat.

Se sientan en círculo. Sacan sus biblias. Un muchacho delgado se pone de pie: “Acá -intenta explicar-, en Isaias 32, dice que hay un muro, pero no un muro para aislarse, sino un muro protegido por ángeles… si, es muy bueno lo que dice porque significa que no hay vidrios para arriba como en los muros, sino ángeles… y creo que esos muros son… son…”.

​”Son de diferentes piedras”, aporta una mujer joven rodeada de hijos y todos revisan sus biblias y asienten. Y así, encajando los dichos de unos y otros, en una construcción horizontal, desordenada y colectiva, el auto convencimiento toma forma y se impone el mensaje de que solo de ese modo “sin contaminación” es posible conocer “la verdad”. Fin de la ceremonia y la cena: presas de pollo orgánico con verduras de la huerta que le tocó cocinar para todos a una de las familias del grupo. Anochece en General Rodríguez.

Un té con Jaír

“Pero no es judaísmo”, aclara Jaír el primero de los integrantes de las Doce Tribus que habló con Clarín. Un muchacho de treinta y pico proveniente de Centroamérica que como los demás miembros de la comunidad cambió su nombre original por uno bíblico.

Hace muchos años, Jaír no era Jaír. Viajaba en busca de un destino, cuando le contaron que en el oeste de Buenos Aires un grupo de personas vivía esperando al mesías, cultivando la tierra y lejos de los anzuelos del consumo.

Supo más Jaír: que nadie manejaba dinero y que si alguien necesitaba zapatillas o medias, una especie de ecónomo se ocupaba de comprarlas. Que comían lo que producen y que compartían desde el pan de la mañana hasta la educación de sus propios hijos.

Lo invitaron a estar con ellos y pudo comprobar Jaír que cada cual asumía su rol: los esposos como esposos, las esposas como esposas, los solteros en su lugar, los niños libres, corriendo entre limoneros, cobijados dentro de los límites del predio y fuera de todo sistema educativo formal; los ancianos ni líderes ni sabios. Sin vacunas, sin escuelas, sin televisión, sin Internet, pero muy pendientes del otro, en una cofradía de cariño edificada a base de renunciamientos. Evitando los pleitos y trabajando por una misma causa: la recreación en la Tierra de un posible Reino de Dios. Para Jaír, todo eso tuvo sentido. Se quedó. Atiende el Yellow Deli por las mañanas.

“Pero no es judaísmo”, insiste y busca ser gráfico: habla de una matriz con forma de círculo. “Suponte que el círculo son las religiones… bueno, nosotros somos un cuadrado, que no encaja en ningún círculo”.

¿Una secta?

El siguiente texto encabeza la página web oficial de la organización:

“Todo empezó hace treinta años cuando un pequeño grupo de personas abandonaba la cultura del mundo para vivir de una manera diferente… Por aquel entonces casi todos eran solteros… fue añadiéndose gente que entregaba su casa, negocios y granjas para que esta nueva vida fuera posible… Esta cultura se mantiene pura porque no permite que entre en ella nada extraño o sucio que pueda contaminarla… Nos dimos cuenta que todo lo que estábamos haciendo iba a resultar en vano si dejábamos que nuestros niños fueran influenciados por la corriente del mundo…y de ese modo nos íbamos diferenciando más y más del mundo…”

Las Doce Tribus no figuran en el Registro Nacional de Cultos. Sus integrantes admiten que no son una religión. Carecen de doctrina. No hay sistema de creencias. Pero sí acumulación de símbolos y rituales: para los expertos, reúnen las características de una secta. Hay muy poca información sobre ellos en la Web y algunas crónicas los dejan en un lugar polémico.

En Alemania, “un dirigente de la secta Doce Tribus, de 54 años, ha sido declarado culpable de causar daño corporal a un niño al golpearlo con una vara de 1,2 metros”, informa la agencia Associated Press. Durante el juicio, un joven de 23 años, que en el momento de los hechos tenía 14, declaró que el hombre lo golpeó con la vara media docena de veces.

En Francia, las autoridades investigan al grupo por negarse a escolarizar a sus hijos.

En España, el diario El País titula “La sospechosa espiritualidad de las Doce Tribus” y cita el relato de un arrepentido. ” Yo les conocí cuando vendían sus productos en una feria en un pueblo de Guipúzcoa. Fueron tan amables, tan generosos… Parecían gente muy buena. Nos regalaron unas galletas y un folleto. A los pocos días fuimos aceptados por la comunidad y nos bautizamos por inmersión, como antiguamente”, dice un ex miembro que se hizo llamar Nejmad. “Es una secta porque se aliena a las personas. Allí no tienes libertad de expresión, estás sometido las 24 horas del día y no puedes cuestionar nada. Se vive una especie de hipnosis colectiva que te lleva a perder la capacidad de tomar decisiones”.

En Argentina, aparecen solo dos noticias: la que los pone cerca de la escena de José López y una denuncia por la desaparición de una joven en Moreno. Rumores, finalmente descartados, de que podría estar viviendo en la casa quinta del grupo.

Los reportes de especialistas explican que la organización se financia con donativos que piden a las familias de sus integrantes. Creen en el “trabajo esforzado”. Los jóvenes que llegan por curiosidad son muy bien recibidos. Se los invita a pasar la noche. Promueven intercambios con miembros de otros países. Se capacitan ellos mismos sobre todo en temas de pedagogía para ser educadores de sus hijos. Creen en el escarmiento. Practican la circuncisión.

“No nos gusta mostrarnos: podés venir y estar con nosotros, pero no damos entrevistas ni fotos. Te pido que no nos filmes. Acá se dicen cosas, muchas son ciertas, muchas no, pero verás que en Rodríguez la gente nos quiere mucho”, explica Kefa, un uruguayo amable que también se quedó y armó su familia en la comunidad.

Fue el anfitrión en las visitas que Clarín hizo al predio de la comunidad. Mostró las huertas, las cabañas que tienen algunas familias. Explicó cómo funciona el manejo de dinero: lo administra una persona. “Cuando hay un problema, nos juntamos y lo resolvemos entre todos”, señaló también. “Ahora, desde que abrimos el Deli, hay menos gente, la demanda de trabajo es mucha”, aclaró. “Pensamos que la gente está equivocada, la enceguece el dinero, comprar cosas. No queremos nada de eso, somo felices así”, agregó.

Tiene tres hijos, Kefa. La más pequeña lo acompañaba, medio resfriada, durante las caminatas. Comía una mandarina. Kefa se detuvo entre las plantaciones y señaló: “¿Ves esos niños que corren? Están en clase”.

-¿Y quiénes son las maestras?

– Nuestras esposas mismas.

Los niños y “las maestras” jugaban una especie de carrera de postas.

– ¿Vacunan a los niños?

– No

– ¿Y cómo curan una gripe?

– Con propoleo y te.