Interviú (España), Carlos Barrio, 3.05.2016

Francisco Martínez Martín, líder de Dharma Tradición, un centro de meditación malagueño de influencia budista, se enfrenta a una petición de nueve años de cárcel por abusos sexuales contra una menor. En el juicio, que se celebra en la Audiencia de Málaga, están acusadas también una tía y una prima de la víctima y una mujer más que vivían en la casa donde ocurrieron los hechos, entre 2003 y 2007. “Nos convertía a sus seguidoras en esclavas sexuales. Silbaba y acudíamos a su dormitorio”, cuenta a la revista Interviú una testigo que denunció al gurú.

«El Centro Dharma Tradición ha sido fundado en 2003 por Paco y sus amigos”. Esto es lo que se lee en la web de esta organización dedicada a la enseñanza espiritual, sucesora del Centro Buda de la Medicina de Málaga y cuyo líder es Francisco Miguel Martínez Martín, nacido en Brasil en 1957 y residente desde su infancia en la ciudad andaluza. “Paco” está siendo juzgado estos días en la Audiencia Provincial de Málaga por un delito continuado de abusos sexuales contra una menor a la que empezó a someter a tocamientos cuando esta tenía 13 años, en la misma época en que fundó el centro.

También están encausadas una tía y una prima de la víctima, así como una mujer más. Todas ellas, según el escrito de acusación de la fiscalía al que ha tenido acceso Interviú, vivían en el domicilio de la abuela de la menor, donde ocurrieron los hechos, y que “venía siendo utilizado para que el procesado les diera a estas y otras asistentes charlas y enseñanzas sobre temas, supuestamente religiosos, y aprovechando que la menor acudía a casa de su abuela con gran frecuencia”. El fiscal pide para Martínez nueve años de cárcel y otros cuatro para cada una de sus amigas.

Abusos sexuales a una menor

En su escrito, el ministerio público detalla cómo “a la edad de 13 años, la menor, a fin de ser iniciada en las prácticas sexuales del grupo formado por los procesados, empezó a ser vestida con trajes cortos, ajustados, transparencias y tacones a fin de satisfacer al procesado, al tiempo que le manifestaban que este era el único hombre para ella”.

En 2003, y siempre según el fiscal, “el procesado empezó, con ánimo libidinoso, a efectuar tocamientos y caricias por todo el cuerpo de la menor”, interviniendo en tales prácticas sexuales “la prima de la víctima (…) para prepararla y darle confianza”. A los pocos días participaron también la tía y la otra procesada, “llegando a mantener relaciones sexuales todos los procesados entre sí, delante de la menor, a la que hacían observar las masturbaciones y actos sexuales plenos, con indudable perjuicio para el desarrollo evolutivo de la reseñada”.

En el escrito de la acusación particular, al que también ha tenido acceso esta revista, se detalla que la menor llegó a observar cómo Francisco introdujo “cuatro pinzas de madera de la ropa en la vagina” de una de las hoy acusadas, “llegando a pinzarle los pezones con dichas pinzas”.

En el mes de noviembre, Francisco Martínez “comenzó a mantener relaciones sexuales con la menor, consistentes en masturbaciones a la misma, llegando, en al menos dos ocasiones, a introducirle los dedos en la vagina”, según relata el fiscal, que añade que la situación se prolongó “durante varios años, y la menor la soportó ya que los procesados le manifestaban que era lo correcto y porque tenía miedo al castigo divino si dejaba de acudir a esa casa”.

Fue el 16 de abril de 2007 cuando Paco fue a más, manifestando a la menor, que entonces tenía 17 años, “que ya estaba lista para consumar el acto sexual y que lo harían el fin de semana siguiente”. Ella, asustada, decidió no volver a la casa. Más tarde, lo denunció a la policía y tuvo que ser atendida en una unidad de salud mental del Servicio Andaluz de Salud, donde se le diagnosticó “daño psicológico”. Necesitó tratamiento, si bien hoy, y según ha podido saber esta revista, se encuentra recuperada y hace vida normal.

“Esclavas sexuales”

Una testigo que declaró hace unos días en el juicio cuenta para Interviú cómo fue su vida en lo que ella califica de “secta en la que se mezclaban todo tipo de ideas religiosas”. Ana –nombre con el que oculta su identidad– empezó a seguir a Paco “desde antes de fundar Dharma, cuando lideraba el Centro Buda de la Medicina, en el año 2000, apadrinado por un lama que vive en Italia. Allí conocí también a quien hoy es mi ex novio y que aún sigue en la secta, junto a otros quince o veinte seguidores y seguidoras. Viven separados por sexos”.

De sus vivencias dentro del centro destaca cómo Paco Martínez “se fue haciendo con la voluntad de todas las que le seguíamos, hasta convertirnos en sus esclavas sexuales”. Ana recuerda que el líder de Dharma Tradición “siempre me miró con recelo porque no me veía del todo convencida. Y era cierto. El no sentirme totalmente captada me ayudó a poder abandonar el grupo”.

Según la testigo, “Paco se acostaba con varias a la vez. Nos hacía vestir como auténticas putas, con minifaldas, tacones altos y grandes escotes. Decía que así se nos quitaban las ganas de salir y de ser mujeres modernas, a las que detesta”. Era tal su fijación por la vestimenta que, según relata la mujer, “un día se enfadó porque me ordenó que comprara un liguero y adquirí uno negro mientras que él lo quería de colorines”.

Algunos días, Paco entraba en trance, “ponía voces como de otro mundo y nos pedía que le adornáramos con brazaletes, collares, bastones… Él no se consideraba budista, sino más bien sufí, un místico del islam, aunque ni siquiera seguía la ortodoxia de los rezos de esta religión”. Cuenta la ex adepta que “siempre comía solo o acompañado de las más jóvenes, a las que daba las sobras. Nosotras tomábamos pasta o verduras. El pollo o el cordero estaban reservados para él”.

El descubrimiento de algo más

Cuando quería satisfacer sus necesidades sexuales, “silbaba y acudíamos una o varias mujeres a estar con él en su dormitorio”, recuerda Ana. “Yo aprendí un truco, que era mirarlo con desprecio. Como no le gustaba, buscaba a otra”, añade la testigo. Pero hubo un día clave, en septiembre de 2005, en que, recuerda Ana, “Paco silbó y no acudió ninguna chica al dormitorio”. Extrañada por tal situación, y “temerosa de un castigo”, decidió abrir la puerta.

“La escena no se me olvidará jamás. Él estaba desnudo, boca arriba, con los pies cubiertos con unos calcetines blancos. Y ella, la menor, desnuda también, a horcajadas sobre su vientre, con los brazos caídos y la cara desencajada”. La intromisión no le gustó nada a Paco, que no esperaba que estuviera Ana en la casa y de la que, según ella, “se sentía receloso porque veía que no me terminaba de entregar como a él le hubiera gustado, me decía que estaba endemoniada y me trataba con más dureza que a las demás, llegando a humillarme con los castigos más absurdos”.

Tras la escena del dormitorio, cuenta la testigo que “la chica se fue a la cocina, donde no paraba de llorar. Paco, consciente de la cara de reproche con que le miraba, le dijo a la pequeña que estaba llena de lujuria y que lo que hacía con ella era para intentar sacarle esa lujuria del cuerpo”. Este último detalle también figura en el escrito de la acusación particular: “Los abusos consistían en masturbaciones (…) introduciéndole los dedos en la vagina y diciéndole a la menor «qué había que hacer para eliminar la lujuria que todo el mundo lleva dentro y solo lo podían hacer con él, ya que la mujer estaba hecha para eso»”.

Tras abandonar al grupo de Dharma Tradición, y pasado un tiempo considerable “hasta que conseguí comprender que me había metido en una secta”, Ana decidió presentar ante la policía una denuncia en la que se detallaba cómo Francisco Martínez había ejercido sobre ella “y una serie de mujeres que han estado y aún están en la secta, una fuerte presión psicológica y en algunas ocasiones ha llegado a realizar daños físicos a las integrantes de la organización”.

Asimismo, en su denuncia a la Brigada de Información de Málaga detallaba “que aprovechándose de la influencia que ejerce sobre los miembros de la secta, les obliga a que entreguen grandes cantidades de dinero en efectivo e incluso donen sus propiedades al Centro Dharma Tradición”. Ana no sabe si se llegaron a investigar estos extremos.

Abuso grupal

Las procesadas ya negaron, en la vista que se inició el pasado enero, pertenecer al grupo religioso y de meditación, así como que hubiera relaciones sexuales entre ellos. El acusado sí admitió ser líder del centro de meditación, pero se desvinculó de haber cometido cualquier práctica sexual. El 27 de abril declaran los peritos que examinaron a la niña. Según ha podido saber Interviú de fuentes cercanas a la causa, se ha constatado que la menor sufrió un trastorno de estrés postraumático, abuso psicológico grupal –con elevados niveles de fiabilidad y validez en el testimonio–, así como síntomas de ansiedad paranoica y depresiva, con unos índices entre moderados y altos.

A falta de lo que dictamine la Justicia, cobra ahora sentido el lema que el líder de Dharma Tradición transmitió a sus discípulos en la Navidad de 2014: “O luchas contra tus malas tendencias, o ellas te destruirán”.

“Me tuve que suicidar en vida”

Trece años estuvo Manuel –nombre con el que oculta su verdadera identidad– integrado en Dharma Tradición. “Todo gira en torno al líder, capaz de aniquilar la personalidad de sus seguidores. Yo me tuve que suicidar en vida para poder seguir viviendo”, dice este hombre, hoy felizmente casado y desligado de los muchos problemas psicológicos que le supuso estar, hasta 2013, “al servicio de un señor feudal al que teníamos que pedirle permiso incluso para salir de la provincia de Málaga”.

Cuenta Manuel que “en Dharma los hombres viven en unas casas y las mujeres en otras, no hay contacto entre sexos, aunque él sí mantiene relaciones con las mujeres”. El ex adepto, que vivía con sus padres, “aunque pasaba muchas horas en las casas y naves de Dharma”, confiesa haber sufrido y visto todo tipo de vejaciones: “Tenía dos compañeros a los que Paco, en su visión feudal de la vida, incluía en la casta de los siervos. Un día los vi tumbados para que él pasase por encima de ellos como si fueran una alfombra. A uno de estos siervos le solía pegar”.