JAVIER VALENZUELA – Washington – El País, 11/10/1997

Todos los domingos, cuando Bill Clinton está en Washington, el Servicio Secreto envía equipos tempraneros a tres iglesias diferentes. Los guardaespaldas del presidente norteamericano no saben a cuál irá, pero saben que irá. Como nueve de cada diez de sus compatriotas, Clinton, un baptista, cree en Dios y, como la mitad de ellos, acude a un servicio, religioso al menos una vez por semana. Estados Unidos es un país de creyentes, en el que periódicamente se producen explosiones de fervor religioso como la protagonizada el pasado sábado por los Guardianes de la Promesa.La concentración en Washington de entre 400.000 y 700.000 varones convocados por los Guardianes de la Promesa ha sorprendido en la vieja y descreída Europa occidental. «Los europeos», dice Alfred Ross, coautor de un libro sobre los Guardianes de la Promesa, «tienen problemas para entender que este país sigue siendo fiel a sus principios fundacionales religiosos. Como la libertad y la laboriosidad, la religiosidad está en el corazón mismo del espíritu norteamericano».

Hace una semana, Clinton, que se enorgullece de que su país conserve «una profunda y vibrante religiosidad» y que tiene como guía espiritual al televangelista Robert Schuller, el fundador de la Catedral de Cristal, felicitó en un discurso radiofónico a los Guardianes de la Promesa por su «compromiso con la familia». Él mismo debe en buena medida su reelección al hecho de haberle arrebatado a la derecha republicana el muy popular tema de la «defensa de los valores familiares». Por su parte, Hillary Clinton ya había elogiado a los Guardianes de la Promesa en su libro It takes a village.

 

 

Superada la gran crisis de conciencia nacional de los sesenta y primeros setenta, EE UU es de nuevo el país conservador en materia religiosa y moral de siempre. «No hay nación en todo el mundo con mayor porcentaje de práctica religiosa, ni país con más parroquias por habitante», escribió Vicente Verdú, en El planeta americano.

 

 

Existe en EE UU una amplia minoría descreída a la europea, pero, en esto como en otras cosas, Hollywood y Nueva York no son puntos exactos de referencia de lo que ocurre en la mayoría del país. Desde el lema del dólar -«Confiamos en Dios»- hasta la fórmula con la que el presidente jura su cargo -«Que Dios me ayude»-, pasando por la frase «Dios bendiga América», las referencias al Ser Supremo impregnan la vida norteamericana.

Los norteamericanos confían en Dios y también creen que Dios confía en EE UU. Dios, piensan, mima a su nación favorita, porque le resulta grato el que sus habitantes intenten hacerse millonarios a base de espíritu emprendedor y trabajo duro. Incluso aunque sea vendiendo la imagen y la palabra de Dios.

 

 

Trustworthy’s, en Baltimore, es uno de los cientos de megastores (grandes almacenes) que existen en EE UU dedicados exclusivamente a la venta de artículos religiosos, desde biblias hasta videos, pasando por las pegatinas Jesús me ama y rompecabezas con escenas bíblicas. Según The Washington Post, las ventas de la industria de artículos religiosos se cifran en más de 3.000 millones de dólares (450.000 millones de pesetas) anuales. Por no hablar de las radios y televisiones consagradas a la religión, en las cuales se han hecho populares predicadores como Jimmy Swaggart, Pat Roberson, Jerry Falwell, Robert Schuller y el maestro de todos ellos, el septuagenario Billy Graham.

En ese caldo de cultivo han crecido los Guardianes de la Promesa, que no constituyen una iglesia organizada, sino un movimiento de renovación religiosa de los varios -los llamados revivals- ya registrados en la historia norteamericana. Desde su fundación hace siete años por Bill McCartney, ex entrenador del equipo de fútbol de la Universidad de Colorado, de 57 años, esta «fraternidad de creyentes», como prefiere definirse, ha ido calando en el seno de la clase media blanca.

El movimiento cuenta con poderosos padrinos, como Ja mes Dobson, el predicador radiofónico más popular del país; Pat Roberson, el telepredicador que aspiró a la candidatura republicana a la presidencia, y la Coalición Cristiana, el grupo de presión próximo al Partido Republicano. Su método de expansión consiste en la celebración de actos de masas en estadios deportivos, en los que miles de varones confiesan en público sus pecados -haber engañado a la esposa, ojeado una revista pornográfica, descuidado a los hijos, contestado mal a un negro…- y hacen propósito de enmienda. Las muchedumbres concluyen cantando himnos con letras como ¡Oh, victoria en Jesús, mi eterno Salvador!

 

 

El eje de su filosofía es la constatación de que el varón norteamericano se enfrenta a «una crisis espiritual sin precedentes» a causa de la emancipación de la mujer, la extensión del divorcio y la legalización del aborto. Los varones, según los Guardianes de la Promesa, deben volver a asumir el papel de autoridad en el seno de la familia que les atribuye la Biblia. Ni que decir tiene que son duramente criticados por su misoginia.

¿Alcanzaron su cénit al reunirse en Washington? Allí escenificaron imágenes milenaristas, con cientos de miles de hombres juntando sus brazos en alto para confesar sus pecados, o exhibiendo Biblias con el mismo fervor con el que en Teherán se esgrimía el Corán en los tiempos más febriles de la revolución jomeinista. ¿Se disolverán o se consolidarán tras esa apoteosis?