El Mundo, José A. Cano, 20.06.2010

Las mujeres y los alumnos, deben admirarme en un 50% y temerme en el otro 50%». Es una frase que, según sus detractores, acompaña los discursos de Swami Shankaratilakananda, el nombre adoptado por Antonio Javier Plazas. Familiares de 20 de sus discípulos acusan al gurú de dirigir su templo como una «secta» y de «esclavizar» a sus seguidores. El Defensor del Ciudadano de Granada, Melchor Sáiz, ha denunciado esto a la fiscalía. Y se comienza a descubrir la verdad de su historia.

Este monje, investido de títulos tan peregrinos como barrocos, del tipo «experto en psicología aplicada a la religión y en psicosomatología», tiene interpuestas varias querellas por estafa y explotación laboral, así como una disputa legal sobre la propiedad de la empresa de uno de sus ex acólitos. Cincuentón, sus alumnos y seguidores lo tienen por una persona «fundamentalmente buena, que siempre tiene una sonrisa o una broma en la boca». Sus detractores le atribuyen un «lavado de cerebro» completo a sus acólitos, fundamentalmente mujeres, de los que viviría, obligándoles a entregarle sus sueldos y patrimonio personal. Entre las acusaciones más escabrosas, la de obligar a mantener relaciones sexuales con él a sus alumnas.

«Aunque [Antonio Plazas] habla de la shakti, de la mujer como diosa, realmente las trata de forma muy vejatoria. Si se enfada con alguna el castigo puede ser estar años sin tener relaciones sexuales. ¿Acaso no es violación emocional y un maltrato en toda regla que a una de sus tres mujeres, de unos 35 años, por tan sólo tener la duda de que le podía gustar un hombre, la humille delante de más de 20 personas gritándola hasta la saciedad y se la coloque en su regazo, le baje los pantalones y con una zapatilla la golpee hasta dejarle el culo literalmente en carne viva?», eso se lee en el blog de sus acusadores. Su título de Swami implica celibato y renuncia de los bienes materiales. «Y su estilo de vida es todo lo contrario a eso», afirman.

Estudioso del vyayam, una gimnasia tradicional de la India con un par de milenios de antigüedad, en la que se sincroniza el ritmo de la respiración con determinados movimientos, llegaría a ser discípulo de uno de los grandes de esta disciplina: Swami Tilak. Su primera hazaña fue registrar el vyayam como si fuera una disciplina propia.

Dejó su tierra y recorrió miles de kilómetros para aprender los secretos de Tilak en 1976. En los ochenta, fundó su templo en Granada. Ha dado y recibido clases desde la India hasta EEUU. A los conocimientos mencionados antes, y obtenidos a finales de los 70 en su viaje a la India -según su web oficial-, se unen estudios de sánscrito, las escrituras sagradas védicas, el ayurveda o el Arte de Lucha y Estrategia. Es autor de varios libros y documentales.

El templo de la Comunidad Védica se encuentra en el municipio de Armilla, en Granada. Es un chalé que funciona al mismo tiempo como academia de yoga y residencia para los acólitos -monjes y novicios-, que conservan sus trabajos o bien se dedican a impartir yoga o meditación. Cerrado desde que arrancó la polémica, Crónica consigue entrar y ver parte de sus instalaciones. Está repleto de motivos hinduistas y se pide a los visitantes que se descalcen antes de entrar. En el corazón del lugar, con el incienso y las fotografías de los gurús de quienes Swami Plazas obtuvo su sabiduría, convive un televisor de pantalla plana. Hay un jardín con una zona habilitada para la meditación. En un área al que no nos dejan acceder se realizan los retiros espirituales.

En el blog abierto por la asociación de víctimas, se habla de seguidores que, por pasar jornadas de meditación, han llegado a pagar más de 1.000 euros por fines de semana en los que duermen en un saco en el suelo. Los padres de una de las actuales novicias afirman que cuando la chica ingresó para residir a tiempo completo la frase de bienvenida de Swami fue: «Venías buscando un libro y te has encontrado una escoba». Quizás por eso el formulario de la web oficial -sos pe cho samente- pregunta por las «habilidades para ocupaciones que puedan ser útiles para la escuela».

La Comunidad de la Dharma Védica de Granada está registrada como entidad religiosa. Sus acólitos son adultos que deciden libremente entregar sus bienes para compartirlos con el conjunto de la misma -las dádivas son una figura habitual en el hinduismo-. Sin embargo, quienes denuncian sostienen que a ese punto se llega tras un largo proceso de captación a través de la técnica de persuasión coercitiva, en la que castigos y premios consiguen minar la confianza de personas en crisis y fácilmente sugestionables, a las que, con la excusa de ayunos y vigilias, se mantiene en un estado de debilidad falto de comida y sueño.

Ante el Defensor del Ciudadano de Granada se presentó, a comienzos de este mes, un caso ilustrativo. Los acomodados padres de una estudiante cuentan que su hija entrega su sueldo íntegro a la comunidad y que les pidió «heredar en vida para contribuir a la construcción de un nuevo templo».

Acólita junto a ella es la hija de Ramiro, uno de los padres más activos en la denuncia. Lo acusa de hipócrita en la medida en que «se dice monje renunciante, pero tiene varias motos y coches de alta gama (BMW, Mercedes descapotable), la mayoría a nombre de su madre».

MÁS DE 1.000 SEGUIDORES

«Están rapadas y anórexicas», dicen otros familiares sobre las chicas que lo siguen. En la actualidad, los denunciantes calculan en unos 30 los discípulos en Granada, de los cuales más de la mitad residirían a tiempo completo. En las tres décadas que lleva ejerciendo como gurú y profesor de yoga, algunos se atreven a calcular más de 1.000 personas que han seguido sus enseñanzas (sumando los cursos en Barcelona, Madrid y Navarra).

Antonio Plazas y su organización niegan todos los cargos. Demandarán a los que acusen sin pruebas.

En el punto más oscuro de la leyenda negra del Swami está la muerte de un antiguo seguidor, acae cida en 2008. Este estudiante de Geología de 34 años, que cinco atrás había abandonado el grupo, fue encontrado en su piso, la cerradura sin forzar, con una bolsa en la cabeza, las manos atadas a la espalda y claros signos de violencia. Aunque no llegó a acusarse a ningún miembro de la comunidad védica, sí que fueron investigados e interrogados, ya que la familia del fallecido declaró que éste había recibido muchas presiones para regresar al grupo. El caso continúa sin resolver.

Sus seguidores lo defienden sin dudar, incluso negando los testimonios de sus padres. Plazas, tras dar la vuelta al mundo, en medio del huracán, está aprendiendo que no siempre se es profeta en su tierra.