Granada Hoy, 28.12.2010

De las sectas se puede salir. Algunos lo han conseguido y sus testimonios suelen ser estremecedores. Lo son sin duda en el caso de la comunidad védica hinduista Vaidika Pratishtana, cuyo líder, Antonio Javier Ruiz Plazas, ha sido denunciado por la Fiscalía Provincial por un delito de asociación ilícita y tantos contra la integridad moral como personas hayan resultado afectadas por sus prácticas.

Pero esta no es más que la punta del iceberg, según todos los indicios, porque detrás de la figura de ese granadino que se hace llamar entre los suyos ‘El que renuncia’, hay un hombre que tiene cuentas bancarias en diez entidades financieras, cuatro motos de gran cilindrada y cinco coches, entre otras cosas.

Este periódico logró ayer el testimonio de dos antiguos acólitos, así como del hermano de una que continúa dentro. Coinciden en resaltar su capacidad para hacer daño y confían en que la investigación ahora en marcha consiga su desmantelamiento definitivo.

Salió de la secta en 1988, después de ocho años sometido a los caprichos del supuesto gurú. Oculta su nombre, no tanto por él mismo como porque ha rehecho su vida, tiene dos hijos menores de edad y no tiene ganas de que se le relacione con la secta.

El anonimato es sólo en la prensa, aclara, porque en la vida pública sí va a luchar con todas sus fuerzas por acabar con la organización. También por sus hijos. “Ahora que soy padre veo lo que sufrieron los míos cuando yo estuve captado. No puedo quedarme quieto y decir que la cosa ya no va conmigo, a pesar de que ya hayan pasado 22 años, porque sí que va”, explica.

Entró en contacto con Ruiz Plazas en 1980, cuando él (el acólito) era un veinteañero que empezaba a enfrentarse a la vida adulta y estaba desorientado. Su señuelo fue el yoga. “Yo no había estudiado, trabajaba desde que tenía once años, y precisamente entré para lograr una formación”, cuenta.

No aprendió nada de yoga, ni de hinduismo, ni de meditación trascendental, pero sí probó en sus carnes lo que era trabajar, en jornadas que tranquilamente se prolongaban durante catorce horas. Durmiendo no más de tres horas al día y pasando al menos una noche de vigilia a la semana “para escuchar una charla del maestro o simplemente esperándolo en vano”.

Utilizaron bien sus conocimientos en albañilería y construcción. “Yo hice prácticamente la casa de yoga del Zaidín, y también una herboristería, un restaurante… Dinero no me sacaron, porque no tenía, pero trabajo, todo el del mundo. Desde luego mucho más que él, que no ha trabajado en su vida. Y todo lo que tiene se lo ha comprado la gente de allí dentro”.

Aunque se sometía a gusto, al menos al principio, porque progresivamente le fueron lavando el cerebro. “Es como si te metieran un policía en tu cuerpo, como si tuvieras el guardián dentro de ti. Estabas secuestrado, aquello era como un campo de concentración. Te limpian por completo y te meten un demonio dentro. Allí yo era otra persona, mi yo estaba poseído por ella, era un engendro creado por ese miserable”, narra.

Logró salir dos veces de la secta, pero volvió porque el gurú mandó a sus compañeros más afectos a buscarlo. “Él sabía qué gente éramos más afines y cómo tenían que convencerme para que regresara, cómo debían tocar mis puntos más vulnerables, cómo apelar a esas ideas que me habían inculcado y que estaban en mi subconsciente”.

Se llegó a casar con otra prosélita. Fue en 1986, con una chica de la que se enamoró perdidamente. Ella estaba a punto de terminar Periodismo cuando la captaron, en 1983. Fue para pasar dos o tres días con vistas a hacer un artículo “y nunca más salió, sigue allí”.

“Lo vendieron como la primera boda dentro de una comunidad védica, pero sólo fue una forma de convencerme para que me quedara”, continúa el afectado, que sólo después de desvincularse totalmente de la secta, en 1988, descubrió la terrible verdad: su mujer era sólo una concubina del maestro, que se la había “cedido” para que continuara en el centro.

“Por entonces él ya veía que yo era muy crítico con la jerarquía, que me enfrentaba a ellos porque no avanzaba nada en mis estudios de hinduismo, que era para lo que entré, y entonces ideó lo de la boda”, prosigue, para añadir que su mujer, y eso lo supo más tarde, mantenía relaciones sexuales con el gurú. Desconocía ese extremo, por supuesto. “Si lo llego a saber allí dentro, no me cabe ninguna duda de que lo mato”, afirma.

Se salió del grupo una vez más y, aunque volvieron a buscarlo fuera, ya habían transcurrido más de tres meses y en ese periodo había logrado lo que denomina “estar limpio”, recurriendo a la ayuda de un psicólogo. De eso hace ya 22 años. Ha vuelto a su tierra, en la provincia de Cádiz, y es razonablemente feliz.

Pero no fue la última vez que supo de Antonio Javier Ruiz Plazas. Se lo encontró en varias ocasiones, cuando regresó al centro con la idea de recuperar a la mujer de la que se había enamorado. Fue inútil, ella sigue allí, pero por lo menos se pudo desahogar. “Me enfrenté a él y le dije de todo: que era un energúmeno, un don nadie, que todo el poder que tenía era el que le habíamos dado nosotros. No le di opción a replicar porque sabía que podía apelar a mis puntos vulnerables y porque ya llevaba ocho años oyéndole yo, así que ahora le tocaba escuchar”.

El consuelo de verle humillado no le vale; quiere que pague por todo el daño que ha hecho “y que sigue haciendo”, y no sabe si agradecer o lamentar su buen carácter.

“Más de una vez he estado tentado de ir a buscarlo y matarlo de la forma más brutal posible. A veces pienso que le habría ahorrado mucho sufrimiento a mucha gente que continúa bajo su poder, engañada. Pero también es verdad que eso habría arruinado mi vida, que por suerte he conseguido rehacer, y por otra parte habría creado un mártir y alguien le habría sustituido. A lo que tenemos que ir ahora es a cargarnos esa secta entre todos”, propone.

Ese “todos” incluye por supuesto a los jueces, de los que espera que estén más receptivos de lo que fueron en 1988, cuando un grupo “de cinco jóvenes a los que tomaron por chalados”, denunciaron por vez primera las prácticas de la secta. “El juez dijo que éramos mayores de edad, que allí habíamos entrado por nuestra propia voluntad, que nos dejamos engañar y que no era un delito tan grave. Se lavó las manos, sin plantearse todo el daño que podría haber evitado”, resume.

Ahora espera tener más suerte. “Creo que esta denuncia sí puede salir adelante porque las circunstancias son muy distintas, entre otras cosas porque el mismo maestro se ha confiado. Antes no quería que entrara en la secta gente de Granada o de familias con dinero o con cierto poder. Con el tiempo fue olvidándose de sus cautelas y ahora sí hay personas que tienen fuera a gente más o menos influyente, bien relacionada, y además hay muchos ex acólitos que se han unido, que son personas muy valiosas. No son cinco locos como fuimos entonces. Y está la policía, la fiscal, psicólogos, la prensa…”, concluye.

Lisardo González (él da su nombre sin problemas) estuvo en la secta desde el año 2000 hasta 2008. Cuando fue captado, también con el yoga como excusa, era un ingeniero que trabajaba como gerente de una empresa de tecnología, en Madrid. No llegó a trasladarse a Granada, pero casi, porque terminó viniendo cada fin de semana y pasando meses en India, país al que acudía para acompañar a su maestro, en realidad para pagarle todos los gastos, que no eran pocos.

“Él dice que renuncia a todo, pero yo he visto el armario de su chalé de Monachil y está lleno de ropa de marca. Es un comprador compulsivo, aunque en realidad él no toca el dinero; son regalos que le hacen sus acólitos. Yo le compré una BMW para convencerle de que se hiciera gerente de la empresa que había montado”, reconoce.

“Le regalé acciones y terminó haciéndose con el control junto con mi compañera de entonces, que sigue allí y es, de hecho, la directora de la casa yoga, aunque no me consta que fuera su concubina”, continúa González, que después de ocho años eclipsado por el supuesto poderío del maestro, terminó dándose cuenta de qué ocurría. Calcula sus pérdidas en unos 300.000 euros. “Dilapidó la herencia de mi padre y no le importó arruinar a mi madre”, recuerda.

“Si le dice a alguien de allí dentro que mate, matará”, comenta para recalcar el grado de control que tiene sobre sus acólitos. Una manipulación psicológica que, entiende, debe servir para imputarle delitos de estafa “porque se podrá demostrar que la gente le ha dado su dinero en contra de su voluntad”.

Por lo pronto le ha conseguido ganar el primer asalto judicial, que precisamente inició el gurú al demandarle -después de rogarle encarecidamente que le mantuviera en la empresa y que siguiera pagándole 6.300 euros al mes “por no hacer nada”- por sustraer supuestamente documentos. “Me acusa de robar”, recuerda. “El primer juicio lo han archivado porque los denunciantes no estaban legitimados para demandar”, comenta, satisfecho en parte de haberle visto “gritando y temblando”, al notarse acorralado.

“Hasta negó que tuviera un cargo y que cobrara, cuando había documentos firmados por él como gerente. Es su técnica: siempre envía a alguien por delante, él nunca sabe nada. Se cree más listo que nadie, pero ya muchos lo hemos calado”, finaliza.