Cuando la fe es artimaña de un infame pederasta

Diario Avisos (España), Tinerfe Fumero, 30.07.2017

En ocasiones, lo terrible del crimen radica tanto en la naturaleza del mismo como en la artimaña que le sirve de herramienta. Un buen ejemplo de ello en Canarias es el caso del artista austríaco Otto Muehl, ya fallecido, que cumplió una pena de siete años de cárcel en su país natal por, entre otros delitos, abusar sexualmente de menores de edad. Para tan pérfida acción, que troca la inocencia en sufrimiento, el criminal echó mano de la esperanza de la gente y su miedo a morir: de ahí nació, en 1972, La Comuna, que con el paso de los años acabó instalándose en El Cabrito (La Gomera), sobre unos terrenos hoy propiedad del Estado.

EL VIOLADOR EN MASA

“Con Nadja lo hizo a los 13 y 14 años, una dos veces por mes”. “Virgin tenía 13 y no funcionó porque aún era muy angosta”, clamaba el fiscal Karl Rabong durante el proceso celebrado en 1991. Rabong también acusó entonces a Muehl de haber utilizado la violencia para tener relaciones sexuales con Livía, de 14 años. “La arrojó sobre el sillón y la forzó”, dijo el representante del Ministerio Público, en testimonio publicado en El País por la corresponsal Vivianne Schnitzer sobre algunos de los viles crímenes que fueron probados en aquel juicio gracias al testimonio prestado por exmiembros de la secta.

Reo por delitos de abuso sexual de menores, violación, tenencia ilegal de drogas y de intentar influir en los testigos, Muehl ya era conocido en Austria y Alemania mucho antes de saberse que se trataba de un pederasta, por cuanto fue uno de los cofundadores y mayores exponentes del movimiento accionismo vienés, variante austriaca del happening y la performance de los años sesenta. Mucho antes, en su biografía resalta que sirvió desde 1943 en la Wehrmacht al servicio de la Alemania nazi.

Allí se registró para la formación de oficiales. Fue ascendido a teniente y en 1944 fue enviado al frente occidental, donde participó en los combates de infantería en el curso de la ofensiva de Las Ardenas, un atrevido e ingenioso contraataque con blindados que arrasó las líneas de los sorprendidos aliados y que fracasó súbitamente al no contar con abastecimiento de combustible para tal avance.

LA PROPAGANDA

A Muehl, como a Bernd Stein (administrador de La Comuna, condenado a 18 meses de cárcel) no se les puede acusar de no seguir el paso a las modas ideológicas. Cuando crea La Comuna, en 1972, los discursos que llegaron a creerse más de medio millar de seguidores en países como Austria, Alemania, Francia, Suiza, Noruega y Holanda versaban sobre el amor libre o el entonces popular discurso antiburgués en el afán de crear un nuevo modo de convivencia que, en realidad, solo fue la tapadera para, cual señor feudal retrasado por centurias, ejercer un derecho de pernada sobre las púberes hijas de los incautos que le creyeron. Eso sí, cuando llegaron los años 80, eso de la colectivización de la propiedad y tal estaría muy bien años atrás, pero La Comuna tornó su ideario hacia los negocios y las inversiones financieras en plena fiebre de los yuppies.

EL DESEMBARCO

Siempre con un ojo en el devenir, el traslado a La Gomera se excusa por la llegada a Austria de la nube radioactiva generada por la catástrofe de 1986 acaecida en la central nuclear de Chernóbil. Con más de tres lustros de experiencia al frente de la secta, a Muehl tuvo que resultarle sencillo convercer a sus fieles de la necesidad de instalarse en un paraje gomero al que solo se podía acceder por el mar. Qué mejor para violar a niñas sin testigos incómodos. Al escenario de sus crímenes lo llamó el Atelier del Sur.

SODOMA Y GOMERA

Así, tan brillante como dolorosamente para cualquier canario, tituló la revista alemana Stern un reportaje donde los primeros exadeptos de La Comuna desvelaban lo que en realidad pasaba en aquel cómodo retiro donde no faltaba el dinero para la creación artística, incluidos talleres con artistas invitados y hasta un Museo. Tras la denuncia llegó el escándalo y el consiguiente juicio. Muehl cumplió su pena de cárcel y luego creó otra pequeña comuna en Portugal, donde falleció en 2013.

Que sea Ingrid Jelinek, la juez que presidió el tribunal de Eisenstadt que lo condenó, quien rubrique su epílogo con esta frase, incluida en la sentencia: “En esa comuna hubo un terror psicológico inexplicable”.