EL PAÍS – El País, Madrid – 19/06/2006

Hace una década, una secta mística-apocalíptica japonesa, La Verdad Suprema, atravesó todas las barreras al utilizar las llamadas armas nucleares de los pobres -por su bajo precio y potencial de destrucción- en un ataque indiscriminado contra la población civil en tiempos de paz. Las armas químicas y biológicas se habían usado en guerras, aunque la comunidad internacional ha intentado erradicarlas en varias convenciones.

El atentado más conocido se produjo el 20 de marzo de 1995, cuando varios paquetes con gas sarín depositados en plena hora punta en el metro de Tokio causaron el pánico y mataron a una docena de personas. Unas 5.000 tuvieron que ser atendidas por los efectos de este gas, 20 veces más letal que el cianuro, que ataca el sistema nervioso, y fue desarrollado por los alemanes antes de la II Guerra Mundial. Los síntomas iban desde el dolor de cabeza hasta convulsiones, pérdida de consciencia y fallo respiratorio.

El ataque vino precedido de un ensayo, nueve meses antes, en la ciudad de Matsumoto, que causó siete muertos e intoxicó a 600 personas. Según investigaciones posteriores, la secta perpetró nueve ataques bacteriológicos previos, que no causaron víctimas, e intentaron adquirir el virus del Ébola en África. El mismo año del atentado en el metro, varios ataques con gas volvieron a desatar el pánico en Japón. En uno de ellos, también en el metro de la capital, se usaron cuatro artefactos, dos de ellos con gas cianuro, que sólo causaron cuatro heridos, aunque una de las bombas tenía capacidad, según la policía, para matar a 9.000 personas.

En otoño de 2001, tras el 11-S, otra ola de ataques, esta vez biológicos, desató el miedo en EE UU. El atacante, al que no se ha identificado después de 8.000 interrogatorios, envió cartas con la bacteria del ántrax, que causaron cinco muertos, 17 heridos y provocaron el acopio de antibióticos.

El gurú de La Verdad Suprema, Shoko Asahara, que predecía el fin del mundo para 1997, espera el resultado de sus últimas apelaciones antes de que se ejecute su condena a morir en la horca, dictada en 2004 por varios delitos, entre ellos la muerte de 27 personas. Sus hijas, según la BBC, han pedido que se le perdone la máxima pena, alegando enfermedad mental.