Tokio – El País, 23/03/1995

Para los fieles de La Verdad Suprema, su principal imagen es Shiva, el dios hindú de la renovación y la destrucción, a Hitler se le califica de profeta y el gas sarín, el arma letal empleada el lunes en el metro de Tokio, ha sido glorificado como arma de extraordinario poder por su líder, Shoko Asahara, en sus propias palabras el “único iluminado” entre los 124 millones de habitantes del archipiélago.

Los tonos apocalípticos de Asahara, un personaje robusto y barbudo de apariencia hippy, que dice levitar, continúan con la proclamación del fin del mundo para 1997 y una larga de consignas para alcanzar la iluminación a través de exhaustivas prácticas de yoga, muy similares a tablas de ejercicios físicos, que al decir de los fieles consiguen suprimir el apetito.

El misticismo promovido por la secta, de carácter tibetano, promete sensaciones extrasensoriales en el camino al éxtasis religioso. Entre los ritos atribuidos a los diferentes procesos de iniciación, se citan beber sangre derramada por su máxima autoridad o la administración de sustancias químicas a los discípulos, de los que, según cifras del propio grupo, hay 10.000 en Japón, 20.000 en Rusia y un número indeterminado en Nueva York, Sri Lanka y Bonn.

Tras una estancia en el Himalaya, Asahara, alcanzó -siempre según su propio testimonio- la iluminación que le liberó de la esclavitud de la tierra y fundó en 1986, la primera variación de lo que se ha convertido en La Verdad Suprema, pasando por varias metamorfosis de nombres y denominaciones, incluido el del fundador, cuyo nombre real es Chizuo Matsumoto.