R. MANTECÓN / AGENCIAS – Tokio – 17/05/1995 

Más de 20.000 policías han sido movilizados en Tokio ante el temor a un nuevo atentado de la secta La Verdad Suprema, cuyo guru, Shoko Asahara, fue detenido ayer mientras meditaba en un escondite de proporciones minúsculas construido recientemente, en sus instalaciones de Kamikuishiki, en la falda del pintoresco monte Fuji. Tras el espectáculo televisado de su detención, el pánico se adueñó del corazón de Tokio al hacer explosión horas más tarde un paquete bomba en el Ayuntamiento de la capital japonesa, un edificio en el que trabajan los 13.000 empleados de esta ciudad de 12 millones de habitantes.Las autoridades acusan a Asahara de ordenar a sus discípulos la fabricación del gas letal sarín y de organizar el ataque mortal en el metro de Tokio, que el 20 de marzo pasado produjo 12 muertes y 5.400 intoxicados. En el incidente de ayer, cuya autoría aún se desconoce, resultó herido el funcionario municipal Masaki Utsumi. 

El primer ministro, Tormiichi Murayama, tras reunirse con el Gabinete de crisis, convocó una rueda de prensa para elogiar la labor investigadora y policial. Murayama trató de tranquilizar a la población y aseguré que la vigilancia se mantendrá ante la posibilidad de que quede sarín almacenado, circunstancia que negaron diversas fuentes policiales, que, sin embargo, no descartan la posibilidad de una venganza de la secta por la detención de su líder. 

La investigación criminal de La Verdad Suprema ha sido la más costosa, y la más extensa del Japón de la posguerra. De ser encontrado culpable en un proceso que puede durar años, Asahara se enfrenta a una eventual condena a muerte. 

2.000 agentes 

Su detención se produjo al alba del martes (lunes por la noche en España), en el edificio Satyan del amplio recinto que el grupo religioso posee, a unos 100 kilómetros al oeste de Tokio. En la espectacular operación participaron 2.000 agentes que desde la madrugada cercaron la nave de tres pisos donde Asahara había fijado su residencia familiar. Muchos telespectadores se despertaron y desayunaron con las imágenes en directo del progreso de la actividad policial, ya que todas las emisoras adelantaron a las cuatro de la madrugada el comienzo de su programación habitual. 

Más de 300 informadores, envueltos en una espesa niebla, muchos de ellos apostados enfrente del edificio Satyan (verdad, en sánscrito) durante toda la noche, asistieron con las primeras luces del alba a la llegada al trote de las unidades antidisturbios, cuya salida en plena noche de sus cuarteles en la capital también fue seguida por las cámaras. La policía utilizó motosierras eléctricas, palancas y soldadores para abrirse camino a través de tres laberínticos pisos, compartimentados en numerosos cubículos, que servían de alojamiento a Asahara y a otros altos dirigentes de La Verdad Suprema. 

Cuatro horas después de iniciarse la búsqueda se escucharon los suspiros aliviados de algunos agentes que exclamaban: «Asahara está dentro. Sí que está». Algunas fuentes informaron que en un primer momento las autoridades pasaron por alto el zulo de nueve metros cuadrados y uno y medio de altura en donde el maestro de la secta, vestido con su habitual túnica rosa, estaba entregado a sus prácticas religiosas. Otros 13 dirigentes de La Verdad Suprema también fueron detenidos. 

«Soy la salud. No me toquéis. Tampoco pongáis las manos sobre mis seguidores», fueron las primeras palabras de Asahara a los agentes. Poco después negaría su participación en el atentado con sarín diciendo: «¿Cómo se puede decir que una persona ciega como yo ha participado en un ataque semejante?». 

Cuando a media mañana Asahara fue transportado a la comisaría central de Tokio, el público se agolpaba sobre las pasarelas y en los altozanos que dominan la autopista para observar el paso de la comitiva policial, acompañada desde lo alto por numerosos helicópteros de los medios de comunicación.