F. SALES – Barcelona – El País, 27/04/1983

La secta Raschimura, dedicada a la meditación y a negocios macrobióticos, está siendo investigada en Barcelona, Tarragona y Madrid por la denuncia de uno de sus ex miembros. A Raschimura se le acusa de delitos económicos que van desde el alzamiento de bienes a la estafa, y de delitos relacionados con la libertad, el honor y las costumbres. Pero sobre todo se acusa a Raschimura de intrusismo profesional y de ejercer sin garantías y permiso la medicina.

Un sólo miembro de la secta permanece por ahora detenido, mientras no se configuran indicios de criminalidad para los restantes. Ayer el responsable y fundador del grupo, Pedro Vivancos, accedió a ser entrevistado. Después abandonó la comunidad para retirarse a orar. En su trayecto hacia “un lugar desconocido” ordenó la disolución de la secta. Fue un largo adiós, que tuvo como escenario un gimnasio de kárate y como protagonistas a una docena de seguidores y 18 hijos, concebidos por siete mujeres diferentes.Su vida es un permanente combate. El mismo lo reconoce mientras permanece sentado, descalzo, en la postura del loto sobre la lona, rodeado de los miembros de su comunidad. Lo era mucho antes de que descubriera las luchas marciales, el kárate, el taekwondo y el judo y de que en Japón le bautizaran con el sobrenombre de El brazo más rápido de Tokio. Empezó a combatir en Melilla, cuando tenía quince años de edad. Sus padres le hacían trabajar de camarero en el restaurante familiar. El decidió dejarlo todo para dedicarse a la música, a la danza y al flamenco.

Los que lo conocieron por esa época aseguran que nunca fue una primera figura, aunque, eso sí, consiguiera buenos contratos en los puntos más dispares de Europa. Bailó primero en el ballet de Antonio. Después con su propio grupo. Tampoco logró destacar como profesor de guitarra clásica. Ni como maestro. Ni como padre de familia. Quizás porque tampoco buscaba el triunfo. Por un momento se ha detenido en el espacio y ha hecho una larga referencia a su vida matrimonial, con su mujer y sus hijos, que un buen día desembocó ante el Tribunal Eclesiástico, donde le dieron la separación y le apartaron de sus tres hijos.

-“El juez me preguntó qué quería. Me ofreció el televisor, los muebles, la casa… Lo único que yo quería eran mis hijos. Era lo único que no me daban. Creí morir. Ahí están mis llantos, recogidos en tres libros de poemas. Jamás serán publicados”, ha continuado explicando Pedro Vivancos García en el extremo de la lona, mientras del fondo del gimanasio llega el lloro de un pequeño. Una mujer se ha levantado y corriendo ha cruzado la estancia, musitando una y otra vez “Josuá, Josuá, Josuá”.

 

La escuela de Sant Cugat

 

Su vida es también una permanente y constante pirueta en busca de una familia perdida, ayudando a los desahuciados, a los degradados mientras enseñaba música, artes marciales y danza. Fue así como levantó su escuela de Sant Cugat, que bautizó con el nombre de la Escuela de las cuatro artes, su primera experiencia en el mundo de la enseñanza.

De esa época guarda el entrañable recuerdo de aquellas comidas, efectuadas en comunidad, en las que se compartía lo poco que se podía adquirir con 150 pesetas, y que en la mayoría de las ocasiones consistía en higado de cerdo y verduras. Recuerda también que entonces la única regla, la única ley, era la de su propia fuerza. Todos le respetaban por temor.

Hay también por esa época un consultorio de masajes chinos en la calle Balmes, muy cerca de la clínica del Pilar. Donde no cobraba nada y donde colocó una caja vacía de zapatos con una ranura. Así conseguía recaudar las 25.000 pesetas que precisaba cada mes para la pensión de su esposa y de sus hijos. Hay también por esa época un parvulario que se levantó en una torre de Sant Cugat, propiedad de la nieta de Pilar Franco.

Se ha vuelto a detener en el espacio y con todo detalle ha explicado este deseo íntimo, personal e irrefrenable. Precisaba tener hijos. Por eso se lo dijo a Paloma -la nieta de Pilar Franco-, la dueña del edificio donde albergaba su parvulario. Utiliza la palabra fecundar y habla de semilla, para a continuación referirse a la agonía de aquella escuela, cuando Paloma estaba ya embarazada.

-“Los padres de los niños vinieron un día y dijeron que querían hacer una asamblea. Sabía que lo que ellos querían era afearme la conducta con Paloma. Soy un guerrero, exclusivamente un guerrero. Me afeité la cabeza, me vestí de negro, cogí la espada de samurai con la izquierda y me presenté en la reunión. Permanecí así, sentado con el arma medio abierta, escuchando sus quejas. Me hablaron de la falta de papel en el water, de los niños descalzos. Cerré la espada. Señores esto es un circo, exclamé”, ha esbozado una mueca y ha buscado en la mirada de Isabela una señal de asentimiento. Los dos han sonreído, mientras Javier, el constructor de órganos, ha enderezado la espalda y ha cruzado los brazos sobre el pecho.

 

 

Curaciones milagrolas

 

 

Hay también una permanente peregrinación, de escuela en escuela, de centros y experiencias, que culminaron con la apertura de una escuela de yoga y acupuntura. Asegura que allí empezó a ganar “demasiado dinero” y que algunos días calculó unos beneficios superiores a las cien mil pesetas. Cerró la escuela sin más explicación y empezó a introducirse en el mundo de la medicina naturista.

Por esa época empezaron a llamarle maestro. La voz empezó a correr por Sant Cugat y cada sábado centenares de personas acudían para verle y tocarle. Dice que hubo curaciones hepáticas, renales, de artrosis e incluso de cáncer. Con sistemas tan sencillos como el de los ayunos. Surgió así el mito de Raschimura.

Cada una de estas experiencias se saldó con un nuevo miembro en la comunidad y con unas residencias estables que estructuró en Rubí.