JOSE MANUEL VIDAL| MADRID| 18.03.1995

MADRID.- Hubo de todo. Hasta «canonizaron» a Francisco Umbral. Los fundadores de las comunidades neocatecumenales, movimiento conservador que «gusta» tanto al Papa, casi llegaron a las manos. Y todo para que el arzobispo de Madrid, monseñor Rouco Varela, siguiera los pasos de su antecesor Angel Suquía (amigo y protector de las comunidades).

Son los «kikos», conocidos por el nombre de fundador, Kiko Argüello, y se les considera como «una Iglesia paralela, fanatizada y sectaria».

Los «kikos» montaron esta semana en el Hotel Convención de Madrid una «encerrona» de más de tres horas ante la atónita mirada de un Rouco desconcertado ante testimonios sangrantes de realismo, explicaciones de su «experiencia religiosa», peleas entre los dos «cofundadores», canciones interpretadas por el propio Kiko y la «canonización» de Francisco Umbral.

En medio de un clima enfervorecido, la confundadora de los «kikos», Carmen Hernández, dio lectura a la columna del escritor sobre el Cristo de Medinaceli. «Os voy a leer esto que acaba de escribir Francisco Umbral, que tiene muy mala leche, pero escribe como los ángeles. Y, además, esta vez, con toda la razón».

En su crónica, el columnista hacía una exaltación, sumamente irónica, de la religiosidad popular, simbolizada en las grandes colas del Cristo de Medinaceli.

Carmen Hernández fue desgranando uno a uno los acerados comentarios de Umbral. El arzobispo puso cara de pasmo. Sus fieles, siempre sumisos y devotos, no daban crédito a lo que estaban oyendo.

Alguien se atrevió a susurrar: «¡Cómo se atreve a leer un escrito de ese rojo, ateo y comecuras, delante del señor arzobispo!».

El otro cofundador, Kiko Argüello, se movía nervioso en su silla. Hasta que se levantó furioso y le dijo: «¡basta ya, deja de leer esa porquería!» A lo que, confundida y apenada, Carmen Hernández miró al arzobispo y dijo: «Es usted testigo de que a mí no me deja hablar nada, mientras él se pasó casi dos horas diciendo chorradas».

ESPECTACULO.- Sus seguidores no daban crédito al bochornoso espectáculo y el señor arzobispo, como buen gallego, no entraba ni salía en estas «peleas familiares». Y eso que, en la sala, estaba lo más granado de los «kikos»: 500 responsables, con sus respectivas esposas, de las comunidades neocatecumenales de Madrid, arropados por 30 párrocos diocesanos y 50 presbíteros.

El acto estuvo presidido por un gran cuadro con el icono de la Virgen del Perpetuo Socorro, un gráfico con el proceso que siguen en su caminar cristiano y un enorme mapa de la diócesis de Madrid.

Señaladas en el mapa, como si de una campaña militar se tratase, las posiciones ya conquistadas: 50 parroquias y 213 comunidades. Su implantación es evidente en todas las Vicarías (zonas en las que está dividida la diócesis), excepto en la de Vallecas.

Kiko presenta el Camino neocatecumenal como la «única salvación para esa gente a la que la televisión lava el cerebro contra la Iglesia», al tiempo que acusa a algunos párrocos de Madrid, (ante las narices del arzobispo que se frota las manos nervioso y aguanta estoicamente el chaparrón), de perseguirles: «Persiguen a mis comunidades y las echan; en Vallecas, donde nacimos, no podemos tener ni una sola comunidad».

Una y otra vez reitera que el Camino es el único medio de salvación para la gente, sometida a las amenazas «del mundo, el demonio y la carne». Estos tres enemigos del alma se combaten con el «trípode del cristiano: la Palabra, la liturgia y la “koinonía” o el compromiso».

Para demostrar al arzobispo que no se estaba inventando nada de lo que decía, Kiko dio paso a una serie de testimonios personales de sus «huestes». Y al azar. «Meta su mano inocente, le decía al arzobispo, y extraiga un papelito». Así lo hizo monseñor Rouco.

«El número siete», dijo Kiko. Se levantó un joven y comenzó su relato: «Yo quería ser pintor, pero no podía. No creía en Dios para nada. Era un hombre destruido. Hasta que empecé las catequesis del Camino. Al principio pensé que era una secta, pero después me encontré tan a fondo con Dios, que me dolía el corazón de tanto quererle. Se me metió tan dentro que ahora le veo en todas partes, en una rama de romero o en el césped que corta un jardinero. Porque todo huele a Dios».

LA FURIA DEL INFIERNO.- Salvas cerradas de aplausos. Entre testimonio y testimonio, Kiko apostilla, ufano, dirigiéndose al arzobispo: «Esta gente es la que mandamos de dos en dos, como los testigos de Jehová, por todas partes a predicar».

Y añade: «Gracias a gentes como éstas, la furia del infierno no prevalece en sus familias. Todos ellos tienen una media de cinco hijos y, gracias a las celebraciones domésticas de todos los domingos, conservan intacta la virginidad de sus hijas e hijos».

Según la doctrina de los neocatecumenales, la familia tiene tres altares: la eucaristía, la mesa y el tálamo nupcial. «El tálamo es la habitación donde se hace el amor y se da la vida. En el tálamo no puede dormir ninguna otra persona y, antes de hacer el amor, las parejas neocatecumenales rezan al Señor. Porque el Camino les enseña la auténtica sexualidad. Tanto es así que muchas personas se curan de su frigidez en el Camino», asegura Kiko Argüello.

Ya acaba el encuentro. Rouco, con su fina diplomacia gallega, capea el temporal como puede: «La función del obispo es ser principio de comunión. ¡Que Dios os ayude a contribuir a que la diócesis de Madrid cumpla su misión evangelizadora!».

Kiko no está contento. El arzobispo no se ha echado en brazos de los «kikos». Entonces, para cerrar el acto, coge su guitarra (antes de ser «fundador», fue cantautor), entona una canción y reza «por Angel Suquía, que tanto nos apoyó» y «por Antonio Rouco, para que Dios le dé fuerza, coraje y discernimiento». Todos levantan las manos al cielo y rezan el Padrenuestro.

Kiko entona: «Jerusalén, Jerusalén, queremos edificarla». Un sacerdote periodista comenta: «¡Qué vergüenza! ¡Nunca pensé que fueran tan fanáticos y que tuvieran tan poca educación!»

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APOYO

«Solamente era un beato de padre y señor mío»

El movimiento neocatecumenal nació en unas chabolas de Palomeras, en 1964, explicaba su fundador, Kiko Argüello. Pero Carmen, la cofundadora, harta del autobombo de su compañero, cogió el micro y comenzó la pelea dialéctica:

-«Ya está bien. Me toca a mí. Dices que nació en Palomeras, pero yo digo que ni barracas ni nada, que nació antes. Tú es que ya pierdes el hilo y la memoria».

La gente se cansa. El arzobispo se inquieta. Kiko Argüello ya no sabe qué hacer: «Termina ya».

-«No quiero, el arzobispo tiene que saber que tú eras un novato, un cursillista que decías que se te aparecía la Virgen y nada más. Lo que está aquí no es invento de Kiko, sino de Dios. El Camino no nació en Palomeras, sino en el Concilio», continúa.

-«Termina ya de una vez», murmura Kiko al borde de un ataque de nervios.

Pero Carmen concluye: «Ahora se mitifica a Kiko y a su barraca. Pero Kiko no ha hecho nada. Kiko sólo era un beato de padre y señor mío».