ALBERTO CARDIN PROFESOR DE ANTROPOLOGÍA CULTURAL| El Mundo, Opinión, 14.08.1990

PARA horrorizado morbo del público que no se atreve a espigar en las bien nutridas secciones porno de nuestros quioscos, o que sencillamente no las ve (es un mecanismo bien conocido en psicoanálisis, que suele recibir el nombre de «renegación»), algunas de nuestras revistas más audazmente denunciantes han reproducido un buen surtido de folletos de la secta «Niños de Dios», que en nada desmerecen de los tebeos pornográficos al alcance de cualquiera, como Fauno, Mujeres peligrosas o, incluso, El Víbora salvo por estar cargados de mensajes religiosos desculpabilizantes. Unos representan felaciones acompañadas de divisas religiosas como «Dios te ama», otras defienden la masturbación como podría hacerlo cualquier manual de sexología moderna, o bien, en términos más religiosos, y alterando levemente la iconografía protestante del Paraíso, muestran a Adán y Eva gozándose en el Edén, mientras Yahvé-Dios los observa complacido, y todo ello explicado con la frase: «Antes de la caída, Adán y Eva disfrutaban del sexo sin pecado».

LA PELIGROSIDAD.-

Las imágenes en sí no pasan de tener una pretensión ingenuamente lasciva, presidida por ese mal acabado de regusto cutre, que no siempre es fruto de la impotencia técnica del dibujante, sino que semeja un rasgo necesario del género. Lo que las convierte en muestras de una intención diabólica, ejemplos patentes de una perversidad que se aprovecha de los más bajos instintos humanos no es, sin embargo, el mensaje religioso añadido (que podría incluso ser una broma, o un detalle «travieso» en el contexto de una «sex-shop»), sino el hecho de ser propaganda de una secta religiosa presentada como «totalitaria», «destructiva», y «considerada como una de las más peligrosas del mundo». ¿Pero en dónde radica la intrínseca maldad de los Niños de Dios, y de las demás sectas, como Bhagwan Rajnee, Ceis o Edelweiss, en las que sexo, comunitarismo a ultranza y mensaje religioso aparecen íntimamente entremezclados? Pepe Rodríguez, máximo especialista nacional en sectas, lo explica en uno de los artículos en los que ha tenido que multiplicarse los últimos días: «en síntesis, desestructuran y anulan la personalidad de sus adeptos; destruyen los lazos afectivos y efectivos de éstos con. su entorno social habitual -familia, pareja, amigos, etc.- y conculcan buena parte de los derechos jurídicos inalienables, como la libertad y la intimidad». Así resumida, la acusación suena muy convincente. Pero habría que preguntarse cómo reclutan esos adeptos a los que supuestamente someten luego a todo tipo de manipulaciones psicológicas y vejaciones sexuales. ¿Los secuestran, como hacían los piratas berberiscos, para luego convertirlos a la fuerza al Islam y someterlos a las bajas pasiones de los dueños del serrallo? ¿Los cazan a lazo, con nocturnidad y alevosía, para luego sacrificarlos a Kali, como hacían los thugs? ¿Los apresan policial o paramilitarmente, para someterlos a un proceso de «reeducación», como con afán encubridor solía denominarse al «lavado de cerebro» en los regímenes comunistas, tanto los instaurados como los todavía en fase de guerrilla?

METODOS HABITUALES.-

Se me argüirá que no es preciso llegar a tanto, que son muchos los medios de captación sutiles, y variadísimas las formas de envolver al futuro adepto en una red de dependencias difícil de romper, todos ellos descritos en los manuales de los «desprogramadores» (dignos sucesores de Eymerich, seguramente sin saberlo). Pues bien, los métodos de captación están en la calle, y no son muy distintos de los empleados por múltiples asociaciones políticas, parapolíticas y religiosas. Yo, personalmente, tengo la experiencia de ser abordado prácticamente todos los días por miembros (ahora ya no disfrazados) del Hare-Krishna, que intentan venderme el comentario del «Baghavad-Gita» de Bhaktivedanta Swami, o me dan tarjetas para ir a comer a su «ashram»; varios domingos he tenido que aguantar, más temprano de lo deseable, la visita de uno o varios testigos de Jehová, que venían «a compartir con usted la palabra de Dios», o he tenido que aguantar a taxistas de la misma secta, que pretendían convencerme de que Cristo había anunciado en «Mt. 27» la Segunda Guerra Mundial y de que se acerca un nuevo Armaggedon; todos los días, durante una larga temporada -hasta que cerraron el centro- he estado pasando por delante del centro de Dianética de Barcelona, adonde se empeñaban en hacerme subir para descifrarme mis engramas con la maquinita inventada por Ron Hubbard; e historias parecidas podría contar de las restantes sectas que practican el proselitismo activo y callejero, sin contar aquellas otras que se dedican a la pura propaganda cartelera, como Nueva Acrópolis, Rosacruces, etc. Sin embargo, hasta la fecha no me he convertido en adepto.

LOS SEDUCIDOS.-

Sin el interés entre perverso y profesional que personalmente me mueve a interesarme por el tema, la mayor parte de la gente se desentiende de estas solicitaciones, bien sea mandando a freír espárragos a los apóstoles de la fe sectaria, o recitándoles la clásica frase del anticlerical español: «no creo ni en mi propia religión, que es la buena, voy a creer en la tuya». ¿Quiénes son, pues, los seducidos que acaban cayendo en las redes envolventes de las modernas sectas? El perfil de los reclutables es tan nítido que resulta por demás extraño que, quienes se dedican a denunciar a las sectas no empiecen por describírselo al gran público, en vez de dedicarse a asustarlo con un coco que a la mayor parte de la población de Occidente se la trae al fresco: se trata de personas desagregadas (no necesariamente desequilibradas), cargadas de obsesiones culposas o simplemente anonadadas por la falta de sentido que la cotidianidad occidental les regala, y que buscan desesperadamente recuperar lo que V. Turner llamaba la «communitas», es decir, el sentido de una relación trascendentalizada yotu, la inclusión en un grupo de convivencia donde las más insignificantes acciones están orientadas en un sentido globalizador y gratificante. Esta añoranza de la «Gemeineschaft» perdida es la que ha movido a todos los fundadores de órdenes religiosas en la Iglesia Católica, la que incitaba a los socialistas utópicos a fundar Icarias y falansterios, y la que -con un espíritu mucho más tecnocrático y menos vivencial- fundaba el «programa máximo» marxista. Lo que ocurre es que, esta utopía, salvo que se convierta en un programa de cambio social global -que la acaba desvirtuando, como ha pasado con todas las revoluciones socialistas-, o se transforme en la institución sublimada que son las órdenes religiosas, acaba pervirtiéndose inexorablemente en la diabólica dialéctica que habitualmente se desata entre una sociedad dominante que no tolera grupos cerrados con metas morales radicalmente contrapuestas a las imperantes, y la dogmatización creciente (acompañada de todo tipo de automatismos clandestinizantes) del grupo que se siente perseguido e intenta defenderse. Que las intenciones de los fundadores de muchos de estos grupos no fueran puras (¿quién puede distinguir bien las fronteras entre perversión y filantropía?), es algo que no importa, en la medida en que la estructura que ofertan da acogida a quienes buscan a tientas ese sentido de la communitas. Y que, en las condiciones descritas sean muchos los adeptos decepcionados de encontrar en el interior del grupo sectario relaciones de dominación en vez de simetría perfecta, es un resultado bien conocido en la historia de las religiones de salvación: eran los apóstatas y traditores de los primeros siglos cristianos los que proporcionaban a los perseguidores paganos datos supuestamente fehacientes sobre los «tria crimina» (incesto, canibalismo y ateísmo), de los que los apologistas se defienden. En cuanto a la parte de sus prácticas que más escandaliza, el sexo: ¿tanto han cambiado las cosas que las propuestas de educación sexual (contactos naturales entre adultos y niños, incluso de tipo sexual, permisividad frente a la masturbación infantil, e incluso fomento de ella, etc.) de Reich y Vera Schmidt, que hace sólo unos pocos años eran suscritas por buena parte de los educadores laicos, ahora resultan abominables? ¿Es posible que pueda hablarse -implícitamente, por supuesto, no de manera clara porque aún estamos en una sociedad que no ha renunciado del todo a la liberalización sexual de los 60-70- de «sexodependencia», como explicación de las relaciones personales intrasectarias?

RAZONAR LOGICAMENTE.-

Si, en vez de razonar según la lógica de la moral dominante -la tardoburguesa de raíz cristiana- que exige responsabilidades personales sin dar los medios de formar personas libres y críticas, y que arroja al mundo cuerpos individualizados que no tienen la más mínima posibiliad de convertirse en individuos autónomos y libres, razonáramos según la lógica de las carencias civilizatorias, en la que el individuo socialmente desagregado y falto de criterios, que forma la mayoría estadística de la cultura Occidental, busca en ocasiones seguridad y sentido de la vida, a cambio de perder parte de su libertad, en grupos cerrados y dogmáticos (tanto más visibles y vituperables, cuanto menor sea su tradición y su fuerza numérica: esa es en sociología de las religiones la diferencia real entre secta, denominación e iglesia), veríamos que las sectas religiosas, antes que grupos socialmente dañinos, resultan ser grupos de acogida, altamente integrados, de elementos potencialmente asociales y hasta peligrosos.