El nada humanitario negocio de captar socios para una ONG

By |2015-10-15T10:51:02+00:0012 octubre, 2015|Esquemas Piramidales|

El Estado Mental (España), Esteban Ordóñez, 12.10.2105

Minutos después de las diez de la mañana, un veinteañero saltó sobre la rampa del parking público de la Plaza de la Montañeta de Alicante. Meneó los brazos, sacudió la cadera, bailó. El vehículo que ascendía la cuesta buscando la calle se detuvo en seco. El chaval agitó la cervical y guachapeó con las piernas cubiertas por la dignidad de un pantalón chino. Arriba, en la acera, un grupo de jóvenes reía. Algunos jaleaban, “eh, eh”, aplaudían, “eh, eh”, se palmoteaban el lomo, “eh, eh, eh”.

Yo estaba entre ellos, pero no aplaudía. Era nuevo en Skyline Marketing y no entendía nada.

“Qué crack, está muy loco”, celebró Raquel G., la chica que me iba a guiar en mi día de observación entre los captadores de socios para Save the Children. El coche seguía parado. “Mira, mira, cómo flipan”, señaló a las ocupantes del Citroën con una sonrisa benefactora: creía que les estaban alegrando la mañana. Sin embargo, dentro del vehículo, sólo había dos caras perplejas que calibraban, con cierto terror, el grado de amenaza que suponía un loco al subvertir de esa forma el clima de un día laborable.

El cambio, el clic, ocurrió cuando las mujeres del Citroën levantaron la mirada y descubrieron un mar de cabellos abrillantados y de camisas limpias. Además, para mayor tranquilidad, alguno se había colocado ya el peto de la ONG. Entonces se relajaron, claro, y la copiloto sonrió, incluso se animó y ritmó un par de palmadas.

Cada poco, el bailarín se giraba y buscaba la aprobación de sus colegas con un rictus de gozo.

Creí captar que el chico, con la danza, estaba cumpliendo algo, no confirmé si un castigo o un desafío. Llegamos a un coche. Al cerrar las puertas y engancharme el cinturón, comprendí que el ver-cómo-trabajamos-en-zona que había anticipado el entrevistador el día anterior mutaba en un viaje al municipio de Altea, a 50 minutos de trayecto, para disfrutar —sin cobrar, sin asegurar y sin escapatoria— de una jornada laboral de ocho horas. La gasolina corría por cuenta de los comerciales si no alcanzaban unos mínimos.

Mis cuatro compañeros ostentaban su felicidad grupal, sobre todo Félix A. y Raquel G.: se soltaban pullitas que retraían a aventuras comunes y exhibían una amistad acostumbrada que no necesitaba expresión, que se avivaba como una brasa en cada codazo y en cada conspiración humorística. Por supuesto, me incluían en el jolgorio, pero yo andaba abstraído recapitulando las señales y los riesgos que no había detectado en la entrevista de trabajo.

Harto de que la Licenciatura de Periodismo me agriara la boca como el alioli caducado, había decidido probar otra cosa y resbalé a las arenas de Infojobs. Una agencia buscaba “personas resolutivas y eficaces para innovar en las soluciones demandadas por los clientes” y “jóvenes dinámicos con habilidades comunicativas”. El término ‘puerta fría’ no figuraba; tal vez, si rascaba en los palabros de la oferta, podía deducir que, acaso de uvas a peras, había que invadir algún hogar que otro.

Me inscribí.

Me llamaron. El mismo día.

La mañana de la entrevista me recibió una joven con unas piernas largas como baguettes, con escote azul y voz azul. Me entregó un bolígrafo, una carpeta de pinza con un par de impresos, un recogerse el pelo tras la oreja y desapareció, poquito a poco, sobre sus dos barras de pan. Mientras rellenaba mis datos y respondía a un formulario, la sala de espera se atestó de candidatos.

El Jefe de Organización nos convocó por parejas. El despacho proyectaba la imagen nítida del éxito y la desinfección. Él lucía un pelo chorreado de gomina y mecía la cabeza maquinalmente para distribuir su mirada entre los postulantes. Cada nueve o diez segundos ejecutaba un estiramiento labial: una sonrisa. Detalló las certezas del triunfo: los ascensos son rápidos y dependen de uno mismo, de la motivación; hay albañiles que en un año gestionan equipos e incluso abrirán sus propias oficinas. Consultó nuestra disponibilidad para viajar. Sondeó nuestro interés por la actividad de Save the Children, Oxfam Intermón o Cruz Roja, porque Skyline guarda un fuerte compromiso con las causas nobles de sus clientes. Alabó a sus empleados y aseguró que íbamos a encontrar más amigos que colegas. Propuso una cuestión sobre la importancia del contacto directo con el público en un mundo tan mediatizado. Yo me recosté en el respaldo, un poco pedante (ésa me la sabía), y diserté sobre la saturación publicitaria. Dijo que saltaba a la vista mi capacidad comunicativa y salí del edificio embalsamado por un sentimiento de injusticia reparada.

Aparcamos en Altea. Nuestra labor consistía en llamar a la solidaridad puerta por puerta. No íbamos a esperar en la calle como otros captadores, abordaríamos el territorio íntimo de la gente. Los vendedores se enfundaron el peto de Save the Children, se colgaron al cuello una tarjeta acreditativa con el DNI y cobijaron en la mano una extraña cereza de gomaespuma. “¿Y eso?”, pregunté. Raquel G., muy divertida, enganchó la bolita a su nariz y aniñó la voz: “Somos los payasos que visitan a los enfermitos en el hospital”. Ese artilugio cómico servía para ablandar el ceño de los alteanos. Estos magos de la venta me enseñaron cómo impostaban una voz infantil para simular una apariencia inofensiva, me introdujeron en la técnica del ‘cortahielos’ y expusieron con orgullo la infalibilidad del ‘factor oveja’.

Tiempo después iba a descubrir que Save the Children no interviene en recintos hospitalarios animando las convalecencias. Esa labor corresponde a Payasos sin Fronteras. Un ex trabajador del departamento de ONG de Skyline Marketing y Appco Group que no quiere dar su nombre[1] me aclararó que aquella fórmula no era una innovación de mi compañera, sino una de las técnicas que muchos formadores enseñan para ‘abrir’ las puertas de las casas. Una asociación de imágenes, una usurpación que generaba confianza: “No nos enseñaban a vender, sino a manipular. Cuando una persona está manipulada, puedes hacer con ella lo que quieras”. Sólo en el verano de 2014 él aprendió que aquella actividad no correspondía a Save the Children. El gerente de una de las oficinas del norte de España les prohibió que usaran ese speech: el argumento era totalmente falso.

Las técnicas eran fáciles. Raquel G. llamó a una vivienda: “Holaaa, me han dicho las vecinas que aquí vive una mujer muy simpática que me va a invitar a un helado… Nooo, es broma. ¿Le suena esta imagen?”. Se pinzó la napia de gomaespuma y su discurso adquirió gravedad: engranó un par de cifras ilustrativas, inventó que los vecinos del bloque habían contribuido. “Déjeme una mesita para apoyar los papeles y le explico cómo funciona”. Y la pobre señora nos invitó a entrar.

Raquel G. se alivió cuando cazó su primer socio: “Ya me he librado”. “¿De qué?”. “Del no soy digna”. Si terminaba a cero o la fastidiaba con los impresos, tenía que hincar las rodillas en el suelo de la oficina y rezar, subiendo y bajando los brazos: “No soy digna, no soy digna”. Por el mismo motivo podía ganarse un tartazo en la cara, un folio inundado de nata aplastado contra sus facciones. Un símbolo lácteo del fracaso.

A la hora de comer nos reunimos con el grupo. Pedimos bocadillos. Yo había fingido que no contaba con un céntimo y Félix A. me prestó dinero con un ojo entornado y matizó que lo hacía por ser el primer día. Mastiqué con malicia y orgullo de mendigo. Descubrí que mi limosnero era el coordinador del equipo. “Por la tarde me lo llevo yo”, se refirió a mí. Raquel G. abrió la boca y la cerró sin decir nada. Felix A. no empleó un tono tajante, pero hubo un silencio reprensivo.

De puerta en puerta, me relató su leyenda. Había malvivido muchos años atascado en un curro de albañil y, ahora, gracias a Skyline Marketing ganaba buena pasta y soñaba con abrir una oficina propia. Su semblante romo y su aroma de haber dejado a medias la vendimia lo autorizaban para regalarme varios clichés sobre crecimiento personal. Obviamente, no se reconocía al recordar su vida anterior. Su existencia se había partido en dos.

Mi nuevo guía pulsaba los timbres con voracidad. Si los socios potenciales cortaban su exposición y lo rechazaban, se apreciaba cómo le martilleaba las sienes una furia ontológica.

Al fin atravesamos un umbral; la pieza de gomaespuma había enternecido a un padre solitario que, a su vez, había advertido de su delicada situación: no tenía un euro que aportar. Félix no se rindió, no hay objetivo difícil, sino falta de motivación. El hombre nos acomodó en un par de sillas bajo la penumbra del salón.

Mi compañero desplegó su arsenal de ternura en lata. El padre sin recursos agachó la cabeza, deprimido, y se disculpó: con los ingresos del paro, apenas podía comer y pagar las medicinas de su hijo. “¿Medicinas?”. El albañil rebautizado, por supuesto, se interesó por el niño. El otro comprobó si estaba despierto y lo trajo en sus brazos. Lo cargaba con una lentitud hipnótica. La criatura sufría una parálisis en un lado de la cara. El futuro gerente balbuceó un par de carantoñas y, sin apartar las pupilas de la boca rígida del bebé, preguntó si no le gustaría alegrar la vida de otros niños enfermos como el suyo.

Habría resultado fácil sublevarse y condenar la suciedad moral de la recaudación, pero el capitalismo sabe enredar contradicciones para atribular nuestra conciencia crítica: ¿Cuánta miseria se calma gracias a estos sueños ciegos de prosperidad que empujan a manipular y a guarrear con la sensibilidad de la gente?

En el trayecto de regreso a Alicante, la euforia y el jugueteo se mantuvo, aunque en las mandíbulas se encallaba un principio de bostezo. Confieso que en algún momento del día me ganó una suerte de calorcito tribal que me hizo sonreír más de la cuenta o encanallarme como ellos. No obstante, a última hora, un balón de indignación y vulnerabilidad pesaba en mi estómago. Un aguijoneo cercano al miedo agrietaba mis nervios cuando, ya de vuelta, me senté en el despacho del jefazo. Aún quedaban un par de años para que un experto en abusos psicológicos me enseñara que las estructuras sectarias promueven periodos de aislamiento extenuantes, te alejan de tu marco de referencia y te empujan a tomar decisiones inmediatas.

Finalmente pude escapar. Mordido. Agotado. Débil.

Cerré los tímpanos desde el primer segundo de reunión. Dije que ése no era un trabajo para mí, y asistí a los regates del líder, a la desarticulación de cada uno de mis argumentos. Desoí la seducción de un arroyo de billetes y esquivé promesas de seguridad vital. “¿Te lo puedes permitir?”. “Sí”. Soporté una cara burlesca de incomprensión capaz de proyectar en mi mente una imagen ridícula y lamentable de mí mismo. Fui un minusválido… Raquel G., sentada a mi lado, había perdido su sonrisa macarra y atractiva. Verla así me desazonó, no sé por qué.

Me apoyé en la parada.

Llegó el bus de la línea 24. Nunca me había fijado en que su chapa azul destellaba una luz casi maternal.

Mucho tiempo después, mientras me documentaba para este artículo, descubrí que Felix A. había conquistado su oficina. En la página web de Skyline Marketing aparece su fotografía debajo del nombre de una de las gerencias: su cara luce un rubor y una placidez de animal empachado. Seguí navegando y me topé con la imagen que complementa uno de los lemas de la empresa: “cualquier persona con potencial comercial puede desarrollar una próspera carrera profesional”. En la ilustración, cinco seres vectoriales sin cara y con la corbata tiesa rodean un globo terráqueo.

Skyline Marketing pertenece a Appco Group (vástago de International Cobra Group), una gran empresa de marketing directo entre cuyos clientes figuran Iberdrola, Aldeas Infantiles, Save the Children, Oxfam Intermón, Cruz Roja o World Vision. Oxfam Intermón negó por email haber recibido noticias de comportamientos negligentes y vejatorios y aseguró que estudian el cumplimento de las condiciones legales por parte de las agencias, así como del Código de Buenas Prácticas de Captación de Fondos de la Asociación Española de Fundraising al que están adscritas todas las ONG[2]. Actualmente, dos juzgados de Barcelona investigan a Appco Group por haber creado, presuntamente, un plan estratégico para defraudar a la Seguridad Social, eludiendo los pagos de casi 4.000 trabajadores a través de decenas de sociedades pantalla.

Como haber pasado un día entre captadores de Skyline tal vez no era suficiente información, anuncié en dos muros de Facebook que iba a empezar a trabajar para la empresa y esperé a ver qué pasaba. Lo primero que recibí fue comentarios insultantes y acusatorios hacia mis supuestos empleadores. Varios samaritanos me aconsejaron que huyera. Minutos después me escribió Isidro Micó, un ex miembro de Appco Albacete, de 35 años. Le conté por privado que estaba escribiendo un artículo contando mi experiencia y quedamos en vernos.

Cuando me encontré con él en una cafetería de la Gran Vía alicantina yo no pensaba en los fraudes, sino en la euforia del bailarín, en los castigos colectivos, en la sumisión (“No soy digna, no soy digna”), en los hilos de la manipulación atravesando el nombre de varias ONG.

“Lo que te decía ayer: lo que sirva para limpiar la imagen del oficio… Por culpa de las empresas sectarias y abusivas, la gente nos juzga a todos”. Isidro Micó hablaba con normalidad, pero había un canturreo en su voz, un sustrato musical y una gestualidad capaces de manejar mi atención, de enfocarla y desenfocarla. La crisis lo apartó de su oficio de panadero y desde hace cinco años sobrevive como comercial. Hoy ejerce en una empresa seria en la que priman las relaciones de carácter laboral y en la que no se llama al orden a los empleados ni se les muestra la salida por no sonreír con la exaltación que inflama el espíritu de la compañía.

Micó escuchó el relato de mi día de observación y aclaró que para captar promotores “los responsables hincan el cuchillo en las carencias económicas o emocionales”. Se subvierten los códigos habituales de las entrevistas de trabajo, es la empresa la que persuade al candidato. Se deshacen en elogios sobre tu potencial y te caldean la autoestima mirándote a los ojos, pero, más tarde, o te pliegas completamente al grupo o estás fuera.

El antiguo panadero aterrizó en Appco Group en 2010 y duró seis meses. Una conocida le había insistido, hablándole de dinero fácil y rápido. El primer día encontró a más de veinte jóvenes desayunándose a gritos, dirigidos por la batuta del orador, saltando, “¡somos los mejores!”, vibrando, “¡viva Appco!”, inflamando venas, “¡viva Iberdrola!”, proclamando cuánto iban a vender.

Al novato le resultó extraño. No obstante, tantas caras embotadas de energía y tanto acuerdo en el éxtasis le convencieron de que el raro era él. Se adaptó con fluidez, más aun cuando no dejaban de adular su potencial y su naturaleza predestinada a la gloria.

Disfrutó de la competitividad y de la integración. Envidió con ferocidad las carpetas verdes de Iberdrola de sus compañeros: él, como principiante, cargaba un cartapacio sin carácter, de gomillas. Su jefe lo espoleó: “Mira, tú estás abajo ahora mismo”, al parodiarlo, Micó elevó una ceja con suficiencia, “si no quieres llevar una carpeta de mierda, hazme 15 contratos a la semana e irás como ellos”.

En la cafetería, todavía se le ilusionaban los ojos cuando recordaba que conquistó su carpeta verde de Iberdrola en la primera semana, aunque admitió que ahora percibía con nitidez el lado absurdo de todo aquello. Isidro Micó es aficionado al rap y comparte sus letras en las redes sociales. Tal vez por eso, sobre el tono persuasivo y correcto de su vocalización, habitual en los comerciales, cabalga a veces una agitación contestataria y honesta.

En algún lugar había leído que el narcisismo y la autorreferencia dominan nuestra sociedad y granjean espuertas de depresión y desasimiento. Luego, de vuelta a casa, localicé al autor de aquel argumento: el filósofo coreano Byung Chul-Han. Estas agencias —cuyos ideólogos tal vez conozcan al pensador de La sociedad de la transparencia— aportan al individuo integración personal, inflación emocional instantánea y una ilusión de consistencia existencial, y logran, con destreza, vincularlas a sus objetivos. Agitan el individualismo y anestesian sus daños colaterales.

Isidro Micó buscaba clientes para Iberdrola, pero las técnicas coincidían con las utilizadas para las organizaciones sin ánimo de lucro. Ambos sectores reciben la misma formación. La distinción radica en el blanco de la diana: con las eléctricas se apela al bolsillo y con las ONG, a la fibra sensible.

En mitad de una respuesta, de pronto, Isidro recordó algo y desbloqueó su smartphone: “Traigo vídeos de las vejaciones: esto ocurre cuando llegas a cero”. Explicó que la grabación pertenecía a Appco Albacete. Aparecían de frente seis comerciales, el resto de empleados se carcajeaba. Alguien daba las instrucciones de la penitencia. Había risas, nervios, fastidio infantil: únicamente uno de los condenados exhibía una mueca de resistencia moral. De nada valía. Corearon una cuenta atrás y los seis se arrodillaron y rezaron: “¡No soy digno, no soy digno!”. Isidro cambió el archivo. Otro correctivo: tartazos en la cara tras una jornada extenuante, un bofetón de espuma contra unas facciones agotadas que sonríen para ocultar la sombra de la vergüenza.

—¿Y si te niegas?

—Imagínate que vas a una fiesta y todos se quedan en calzoncillos. ¿Vas a ser el único que no?

En una ocasión, a él le encasquetaron un capirote con un “tonto” en letras grandes. Le dolió. Lo mantuvo durante una hora de formación. No quería ganarse la cantinela del gerente sobre la actitud; además, temía que sus compañeros, sus amigos, le clavaran reojos agraviados y le rehuyeran como a un extraterrestre.

Las imágenes de rituales punitivos en los que las víctimas no dejaban de sonreír irradiaba una luz de religiosidad, de alegre sumisión y de alienación que obligaba a consultar con un experto en abusos psicológicos. Contacté por teléfono con Miguel Perlado, psicoterapeuta especializado en relaciones sectarias que ha realizado intervenciones con centenares de adeptos y sus familiares. Dirige HemeroSectas, una base de datos de noticias sobre estos grupos.

Perlado explicó que las amonestaciones y la exigencia de adhesión total más allá de elementos contractuales evidencian el sesgo sectario de una organización. Seguramente detectó la bisoñez de mis preguntas y me ayudó a desarticular ciertos prejuicios: “Estos grupos cuidan la estética para minimizar la percepción de riesgo. Ya no siguen a un gurú, apenas quedan túnicas blancas, ahora realizan presentaciones en grandes hoteles y visten de traje”.

También describió los procesos de captación: los bombardeos de amor, la activación del sentimiento de culpa, los ciclos de seducción y frustración, la aparición de testimonios ejemplares de individuos que resurgieron de sus cenizas gracias al grupo, el alejamiento del entorno habitual, las presiones para tomar decisiones rápidas. Una secta no requiere un mesías, basta con mostrar adoración plena a un objeto o a un sistema perfecto e inviolable: “Si hay algún error en él, corresponde siempre al individuo; la empresa tiene razón y es incuestionable. El sujeto va quedando cada vez más confundido”.

Tras hablar con Perlado recordé una expresión que había usado Isidro Micó: “Los ‘rebativos’ hacia arriba”. Significa que cualquier asomo de crítica contra la zona asignada, el producto o la empresa debía comunicarse a los superiores, que sentenciarían que no existe más problema que la falta de ganas. Quedaba prohibido comentarlo con los iguales y, por si acaso, las delaciones de algunos colegas compactaban este orden.

Para compensar, para añadir una dosis de ‘seducción’, muchos viernes, en la oficina, se llenaba un recipiente de botellas de alcohol y se enchufaba una PlayStation. La organización también sedimentaba la unión y la competitividad de esos egos excitados por la promesa del ‘pelotazo’, alejándolos de su entorno familiar durante una semana y hospedándolos en apartamentos de otras ciudades.

El sistema de Appco Group era tan infalible, se infiltraba de tal forma en la identidad y la dignidad de sus vendedores que, al marcharse, Isidro Micó tardó seis meses en asimilar que su tasa de éxitos y su valía no dependían del aura de la agencia.

Nota: Felix A. y Raquel G. son seudónimos.

Las imágenes aparecen en los muros de Facebook de Skyline Marketing y Appco Group.
Los vídeos fueron subidos a YouTube por extrabajadores de dichas empresas.
[1] Se trata de un chico de 22 años que trabajó hasta hace seis meses para Skyline Marketing y Appco Group, y que asegura saber de primera mano que entre las dos empresas intercambian personal cuando hay sobrecarga de trabajo.

[2] La Responsable de Captación de Socios de Oxfam Intermón, Marisa Argimón, recuerda que todavía no hay resolución judicial contra Appco Group y asegura que su agencia sigue de cerca el desarrollo de las investigaciones. Asimismo sostiene que nunca, en 13 años de trabajo face-to-face, se ha recibido información de los comportamientos descritos en el artículo, ya sea a través del Observatorio de Buenas Prácticas, de las vías de comunicación abiertas para los colaboradores o de cualquier otra vía de seguimiento. Save the Children ya no mantiene relación con Appco ni Skyline.